Necesidad de expresión
Mucho se ha comentado —y se seguirá hablando de ello mientras no se solucione el problema— de la libertad de expresión. Es sabido que el acto de comunicación es parte de nuestra esencia y, por tal motivo, los seres humanos somos las únicas criaturas de la Tierra —hasta tanto me desmienta la “National Geographic”— que utilizamos nuestro lenguaje, no importa si oral o escrito, para rebasar el pragmatismo de la información y caer en el gusto del intercambio de sentimientos. Es decir, rebasamos el plano práctico-cuestionario para situarnos en los campos de la expo-espiritualidad.
Políticas a un lado, cercenar la voluntad de expresarnos no sólo nos restringe al momento de denunciar tal o más cual arbitrariedad por parte de un gobierno sino que lacera nuestra propia identidad y nuestro comportamiento como seres racionales.
Sin embargo, esta columna hoy pretende abundar el fenómeno de la comunicación y libre expresión desde otra perspectiva menos agotada. Ya no desde la coerción administrativa sino desde la impericia individual. Ambas, sin lugar a duda y a pesar de las diferencias en su tratamiento, resultan imprescindibles para que se lleve a cabo correctamente la secuencia emisor-mensaje-receptor.
¿Se ha preguntado usted cuántos vocablos usa diariamente? Las personas comunes se la pasan platicando unas ocho horas efectivas por jornada de veinticuatro horas—imagínese un discurso secuencial por todo ese tiempo— pero su arsenal de palabras dista mucho de cubrir adecuadamente ese período.
Me explico. Si grabáramos las conversaciones que sostenemos en un día y las escribiéramos a continuación, de inmediato íbamos a notar la cantidad de repeticiones y la poca imaginación que el ciudadano promedio emplea al momento de sostener una conversación.
Aquí les va una demostración. ¿Cuántas maneras tiene para saludar? No creo que pase de dos o a veces apenas una. Un “hola” o un “qué onda”. ¿Cuántas maneras tiene para calificar algo que le parece bien? Mismo número de respuestas. Puede que sea “bonito” o “padrísimo”, pero rara vez alguien se descubrirá alegando que es “maravilloso”, “magnífico” o “apoteósico”.
Asimismo, las combinaciones de vocabulario dejan mucho que desear. Sin ir más allá, ¿qué sigue al “qué onda”? Pues invariablemente, el “güey”. Es como el “salud” al estornudo, sin que ello implique comunicación necesariamente, aclaro.
Por tanto, acá va mi consejo. Es bueno luchar por la libertad de expresión, pero a la par debemos esforzarnos por primero saber expresarnos. Al menos ya sabríamos qué decir y cómo hacerlo. |