Del dicho al hecho y del hecho al dicho
Alguna vez el arte fue puro. Cualidad que difícilmente puede exhibir la política, por ejemplo. Sin embargo, es dudoso imaginar la santidad del arte en días como los que hoy nos tocan vivir, cuando el público no alaba las dotes de un artista mas sí comenta cualquier chisme que tenga que ver con la vida íntima de un actor, cantante, en fin…
La incidencia de los medios y su constante cacería de sucesos privados en torno a los (a veces) representantes de la cultura, sin lugar a duda implica un fenómeno hasta cierto punto paradójico. Suele suceder que aquellas personas ya establecidas en los escenarios, con un historial que los respalda y la mayoría de las veces con una larga cadena de reconocimientos en su curriculum, evita a toda costa aparecer demasiado en revistas de corte amarillista o en la pantalla si no es para hablar de su trabajo propiamente. Por el contrario, la otra cara de la moneda la personifican artistas emergentes o en franca decadencia que buscan afianzarse al estrellato a base de escándalos que, por lo general, a la corta o a la larga, terminan estrellándolos realmente. ¿Funciona o no este tipo de publicidad barata y a todas luces efectista?
Más allá de la respuesta que pueda darse a esta pregunta, lo cierto es que nunca fue tan rápido el camino recorrido entre el suceso banal (un divorcio, una infidelidad, una grosería) y el comentario al respecto. Hoy, pues, el arte se enrarece. Necesita de íconos con cierto carácter personal. Una especie de carnaval unipersonal que nada le debe a la verdadera manifestación creativa. El actor ya no reproduce personajes, encarna uno a diario para cada revista, emisora de radio o canal de televisión. No es arte, ni artista. Es excusa y materia prima para periodistas que, no pocas veces, derrochan más imaginación que un guionista profesional.
Por supuesto, como reza el dicho, en pueblo pequeño: infierno grande. Saltillo también tiene lo suyo. Resulta que ahora Brissia aparece en el rol de víctima por una madre desalmada. No digo que lo sea y menos pretendo negarlo. Mi atención va dirigida hacia un camino mucho más trillado y por eso menos original. En estos momentos nadie comenta las dotes vocales de la joven cantante y, por como se avecinan los acontecimientos, mucho tardarán en hacerlo. El propósito inicial puede que se haya logrado. Brissia pasó de la Banda Timbiriche (la nueva) y el “Te quiero Saltillo” —que bien sirvió para promocionarla— a este otro triste protagonismo mucho menos valedero, pero que logra mantener vivo su nombre.
Hoy los medios la elevan en su fatalidad de víctima de violencia. Si pronto no la salva su propio talento, terminarán por denostarla. En cuestiones de cuchicheo y farándula, puede que del dicho al hecho vaya un buen trecho, pero cuando el sentido es a la inversa no hay medio que demore lo suficiente para recorrerlo. |