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Las significaciones en las obras literarias 1

...si las palabras son máscaras ¿qué hay detrás de ellas? Así respondía Octavio Paz a una pregunta hecha por Claude Fell a propósito de El laberinto de la soledad. Ya sea el medio que nos guía a un fin, o el fin mismo, la palabra resalta por su carácter imprescindible dentro de cualquier obra literaria. Es, a un mismo tiempo, esencia y cuerpo del texto.

Aun sin proponérselo de forma explícita, todo lector busca precisamente atisbar el mundo que subyace tras esas palabras y que da contesta a la pregunta de Paz. Una obra literaria (incluso en el caso de la novela o el cuento) no puede entenderse como el mero discurrir de la historia que se narra pues para nadie es secreto que la literatura encierra en sí misma el poder de la comunicación.

El propio Henri Beyle (Stendhal) aseguraba que una novela: es un espejo que paseamos a lo largo de un camino. Ya sea de manera consciente o no el autor de cualquier obra intenta transmitirnos una enseñanza (que no debe confundirse con una moraleja), hacernos partícipes de una reflexión o, en el más elemental de los casos, asegurarse de que su obra será asimilada por uno y cada uno de los mundos diversos que representa cada lector.

Para ello debe recurrir a códigos asequibles (los mismos que le darán un matiz universal a la obra) y que convenientemente incorporados al hilo de la historia ganan en significaciones. Pongamos por ejemplo una obra de Stevenson, El extraño caso del Dr. Jekyll y de Mr. Hyde, donde cada uno de estos personajes, que curiosamente cohabitan el mismo cuerpo, ha sido caracterizado como el antónimo perfecto del otro, con tal habilidad por parte del autor que ya han trascendido las estrechas fronteras de la trama para convertirse en el símbolo dual del bien y el mal que lleva incorporado en sí todo ser humano. Ya no se trata entonces de las simples peripecias por las que transita el Dr. Jekyll en su lucha contra Mr. Hyde, sino que la entendemos como nuestra propia contienda en un plano mucho más personal.

Asimismo en El proceso, de Franz Kafka, el personaje principal de la obra, José K., encarna al hombre, pero no como ente individual sino colectivo, y su angustia dentro de la obra es recibida cual la angustia del género humano ante el absurdo del mundo. La novela se transforma así en denuncia y su “nuevo” significado nos estremece porque nos sentimos partícipes directos del mismo. Nosotros somos también José K.

Por supuesto, los ejemplos que ilustramos en la primera parte de este trabajo y que incluían El extraño caso del Dr. Jekyll y de Mr. Hyde, escrito por Stevenson, o el archiconocido texto El proceso de Kafka. Ambos atendidos según la disponibilidad de los códigos semióticos (particularmente los lingüísticos) con relación a los lectores potenciales para lograr una fácil interpretación, resaltan debido a su probada eficacia y universalidad. Obras de esta clase, por lo general, no dan espacio a dudas, y su verdadero sentido (aquel que aventaja historia, personajes y discurso para tocarnos personalmente) nos llega a todos de idéntica manera y con similar efecto.

Sin embargo, quisiera detenerme en otro aspecto dentro de las significaciones presentes en una obra literaria y por el cual no en vano trataba al lector como un mundo distinto a los otros que le rodean. Este aspecto está muy ligado a nuestro propio sistema de interpretación que, casi siempre, viene sustentado por nuestras experiencias, cultura, imaginación y otros muchos factores imposibles de  enumerar y que abarcarían la vida completa del individuo que se enfrenta a un texto.

No es raro pues, que una obra sea entendida de diferentes maneras y que, por tanto, cada quien asuma su propia visión de la misma. De hecho, es algo bastante común en poesía. Un texto único pudiera tener cientos de significaciones acorde a los cientos de lectores que lo reciban.

Es decir, que la pluralidad de acepciones no es solamente una característica intrínseca a la obra literaria como resultado del genio más o menos avezado de su autor o las intenciones del mismo sino que es, de igual modo, resultado del análisis particular de cada persona que la enfrente. Esto, lejos de ser un defecto, lo entiendo como virtud, pues partiendo de la palabra abstracta como elemento conductor, logramos arrancar e incorporar las significaciones de un texto a nuestra vida, cual si se tratase de una ventana por la que podemos adivinar y conocer mejor otro mundo que, en esencia, es nuestro propio mundo. Pero claro, yo no escapo tampoco a la regla y en aras de ser justo, debo confesar que todo cuanto he escrito es apenas una interpretación más (la mía).

Notas

1. Texto publicado en dos partes (dias 4 y 11 de noviembre de 2008)

 

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