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Vocabulario de ocasión

¿Se puede pensar sin palabras? Confieso que he olvidado el origen y hasta el modo en que se manejaba la pregunta. Algo me dice que se trataba de una interrogante mucho mejor elaborada y, hasta cierto punto, graciosa. Realmente lamento que mi memoria sea bastante escasa para tales menesteres. Sin embargo, tampoco pienso lacerarme en demasía porque mi preocupación emerge de otra pregunta que irónica y angustiosamente se deriva de aquella otra: ¿Se puede hablar sin pensar?

Claro que lo menos importante es una respuesta por todos nosotros conocida. Abundan los ejemplos en que, como bien decía un amigo, “el cerebro no está conectado a la boca” al momento de esgrimir la más sencilla de las pláticas. Y es curioso porque, si lo miramos en sentido contrario, cuando caemos en el campo de la retórica, notamos que las palabras —desde su correcta selección hasta el modo en que las combinamos— pueden decidir o echar por tierra el propósito del hablante.

Es un error craso tomar la argumentación anterior en términos de “hablar bien o mal”. Algo que nunca he logrado aceptar como definición absolutista pues ¿qué significa con exactitud tal cuestionamiento? Por lo general, la gente piensa que se trata de hacer uso de ese vocabulario de ocasión al cual acudimos cuando queremos impresionar a la próxima “fiancé” (o nos entrevistan en la televisión). Vocablos que, en muchas ocasiones, ni siquiera conocemos a fondo y cuyo empleo nos hace sentir ridículos con nosotros mismos, ya no digamos frente a terceros.

Nuestro lenguaje, si bien perfectible, debe ser el diario. Bonito sería pedirle a un taxista que no respetó la luz roja de un semáforo y estuvo a punto de estamparse contra nuestro auto que “por favor, tenga más cuidado”. Hermoso, sí, pero poco efectivo. Ahí, “hablar bien” poco le debe a frases elitistas.
Se trata, asimismo, de mantener los labios unidos en el momento que sea preciso. Cuidado, ¡mucho cuidado!, con responder a lo que ignoramos por el mero hecho de no quedarnos callados. La inmensa mayoría de las veces, la pregunta se torna un arma letal, donde toda contestación servirá de excusa para hacernos caer en una trampa.

Y, por favor, por último y no menos importante: sepamos ante todo de qué estamos hablando. Recuerdo una amiga que para narrar “en sociedad” cierta odisea urbana, terminó por decir que el ómnibus en que viajaba le causó tal mareo que, aun cuando se tapó lo mejor que pudo la boca con un pañuelo, no pudo evitar “eyacular” todo el desayuno de la mañana. Suerte que tuvo, pienso yo.

 

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