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Blogs como blogrbujas

Aún con el riesgo de pecar por tamaña insistencia quisiera retomar el auge de la literatura digital y, dentro de ella, específicamente el boom de los blogs. Ya en este mismo espacio, bajo el título de “El hijo bastardo de la palabra impresa” aseguraba que los blogs fueran posiblemente la versión más popular en términos de “literatura” digital. Las comillas, entonces, no pretendían discriminar el valor de esas pequeñas piezas textuales que conforman el universo blogmaniático sino deslindarlo de la intención del autor. La inmensa mayoría de sus ejecutores no piensa en esos pequeños encantos como piezas literarias sino como una forma de exteriorizar sus propios demonios, los cursis y los retorcidos.

Es la gran aceptación en la comunidad global el mejor triunfo de esta tendencia que muy pronto podría sorprendernos con su inclusión en términos de género literario cuando ya muchos lo tratan de periodístico. Obviamente no por el formato tecnológico —siempre propenso a cambios—, sino por los rasgos formales y discursivos que ya lo conforman. Su brevedad, intimidad temática, lenguaje sencillo, incisivo y una frecuencia de aparición que puede ir desde la publicación diaria hasta la catorcenal, enfilan patrones de su identidad.


Reconocimientos internacionales.
Otra manera de validar la opción "blog"

Esa misma aceptación que sostienen millones y millones de cibernautas que navegan y se zambullen entre ellos como burbujas ya cobra “oficialidad” en términos de reconocimiento público. Tenemos, por ejemplo, el premio “20blogs” con infinidad de categorías que van desde el humor, actualidad, erotismo hasta cultura y medio ambiente o el premio “Bitácoras.com”, posiblemente el más representativo gracias a su propio nombre. Y es que el blog, en buena medida, viene siendo justamente eso: una bitácora que nos abre ventanas a la privacidad de su creador o a la verdad de entornos que suelen estar vedados o se exhiben desde un prisma que no siempre se atiene a la realidad. Es una brecha al alma de cierto ser humano, una familia, una ciudad, una nación. Esa hendidura en la que podemos husmear implica la mejor de nuestras suertes. De pronto nos convertimos en fisgones de las experiencias individuales, subjetivas o prohibidas y comprobamos con el deleite y la aprensión de quien espía por la cerradura de un baño que las fronteras no son inviolables. Esa misma fisura puede terminar por extenderse y derribar los más poderosos e inútiles muros.

 

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