Un SÍ por la vida
Era diciembre y era el año 1873. El corazón turbado de Manuel Acuña vencía los aciertos de la razón y dejaba de latir por voluntad del poeta. A partir de ese mismo instante habría de quedar en la memoria de los saltillenses el motivo de tamaña desgracia en la forma de los versos:
¡Adiós por la vez última,
amor de mil amores;
la luz de mis tinieblas,
la esencia de mis flores;
mi lira de poeta,
mi juventud, adiós!
Sin embargo, al mismo tiempo, germinaba como virulenta semilla un ejemplo atroz que se ha ido perpetuando en la conciencia de la gente hasta adquirir alarmantes dimensiones hoy en día: la posibilidad del suicidio.
Desafortunadamente los índices que reflejan el número de hombres y mujeres que se quitan la vida por propia decisión demuestran que Acuña nos legó algo más que excelente poesía. Este número va en ascenso en los últimos años y, por si no bastara, el rango de edad de los suicidas se ha extendido a jóvenes que apenas superan los veinte (y a veces ni eso) dando al traste con la acostumbrada versión de que los suicidas suelen ser personas de edad avanzada.
La sociedad ha enfocado su lucha contra este mal creando instituciones como la de Suicidas Anónimos; poniendo a disposición de sus ciudadanos una línea telefónica de apoyo para quienes se consideren hundidos en este tipo de conflicto; organizando eventos que cuentan con la participación de investigadores, profesores, escritores, psicoanalistas y hasta sacerdotes que hacen manifiestas sus impresiones sobre el tema.
Reflexionar, tomar medidas y hacer cuánto este a nuestro alcance para orientar a quienes se sientan tentados por la quimérica solución del suicidio debe ser considerado un gesto loable, pero no debemos engañarnos, el suicidio es CONSECUENCIA y por tanto son las CAUSAS del mismo las que debemos erradicar, de otra manera sólo estaríamos controlando este cáncer social en lugar de extirparlo de raíz.
Problemas económicos, familiares, profesionales, escolares, amorosos... cualquiera de estos o la conjunción de varios puede llevar a un individuo a grados extremos de depresión. En tal estado emotivo pareciera que todos los caminos de la vida se cierran y por tanto se pierde el sentido de la misma. Es ahí que aflora el suicidio como alternativa de escape.
La muerte, no obstante, jamás será solución para nuestras dificultades. El dolor con dolor no ha de marcharse. Y es eso lo que nos deja en herencia cualquier suicida. Sabor a ausencia, a derrota. Por eso me sumo a las palabras de José Martí cuando, a propósito de la muerte de Acuña, escribiera:
“Cerrada está a las plantas la superficie de la tierra: abrirla es violarla: nadie tiene el derecho de morir mientras que para erguir la vida que dieron le quede un pensamiento, un espanto, una esperanza, una gota de sangre, un nervio en pie. Para pedestal, no para sepulcro, se hizo la tierra, puesto que está tendida a nuestras plantas.” |