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¿Y a Dios, quién le enseña?

Están los músicos, los pintores, los escultores, los actores, diferentes tipos de artistas que, suele suceder, según sus áreas de trabajo adoptan cierto perfil que en ocasiones lo obligan a encasillamientos siempre criticables, pero —y esto es lo más doloroso de aceptar— no siempre errados. De todas las manifestaciones del arte, creo que la literatura y, por consiguiente, nosotros los escritores, respondemos a la peor de las caracterizaciones. Una buena amiga me confesó que no hay un escritor que, de un modo u otro, no sea autosuficiente o, en el mejor de los casos, egocéntrico. Su perceptiva tiene fundamentos lógicos: jugamos a ser Dios.

Desde nuestra conciencia y a través de nuestras manos circulan las historias de personajes que son los primeros resultados de nuestra creación. Otorgamos vida y muerte; unimos y separamos parejas; decidimos felicidades y desgracias; en ocasiones atados a los vaivenes de nuestra propia existencia.
Quizás por eso sea tan difícil hallar escritores que no quieran aceptar la recurrencia de otra ayuda fuera del talento individual. Aun cuando todos contamos con la asistencia de un “tutor” —llámese amigo, maestro, familiar o taller literario— lo común es que el autor de la última novela de éxito reniegue a compartir su logro con nadie que no lleve su propio nombre y apellido.

El viejo honor griego que buscaba enumerar famosos mecenas  para acrecentar la valía de discípulo ha sido destronado por el yoísmo exacerbado de la sociedad moderna y de la cual, nosotros tampoco podemos sustraernos. Quizás sea esta la máxima demostración de que nuestros poderes “divinos” son prestados y, para colmo, matizados por un entorno bastante pedrestre.

Es posible que muchos no quieran aceptar esta verdad, pero no somos Dios. Por tanto, confío en que la labor didáctica que las instituciones culturales están obligadas a desarrollar se mantenga. La necesidad de talleres, cursos, seminarios, conferencias y otras prácticas de enseñanza han sido las primeras en caer con el impacto de la crisis económica mundial. El dinero se piensa para llenar el estómago —así sea con alcohol—, algo sumamente curioso en un país como México, católico por antonomasia y que siempre tiene a flor de labios la frase “no sólo del pan vive el hombre”. Ojalá no sustituyan la harina por mentiras.

Y a los fundamentos lógicos de mi amiga quisiera sobreponer la caótica naturaleza del arte. Tal vez su distinción nos salve. Digo... al menos, tal vez.

 

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