Te amo con todo mi hígado

Romanticismo. ¿Siempre el corazón?
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La necesidad de hallar las palabras propias con el fin de afrontar cualquier texto literario es uno de los problemas más acuciantes para los noveles escritores... y los no tan jóvenes también. No es secreto para nadie que la fluidez de un cuento —por citar un ejemplo— viene de la mano con la concordancia del estilo. El tono, el ritmo, la selección de las palabras deben responder a un único sentido. No importa si se trata de los más enrevesados o sencillos vocablos. La alternancia en este caso no sería recomendable. Por ese lado la literatura es un sistema muy poco democrático.
Lo curioso es que al momento de narrar incluso una vivencia muy personal, recurrimos a las frases aprendidas de otras personas. De ahí que resulte tan familiar —y aprobado— dejarle en claro al enemigo que lo odiamos con todas nuestras fuerzas cuando, si de mucho odiar se trata, yo optaría por hacerlo no con mis fuerzas sino con las de Leo Ferringo —sin duda mucho más musculoso que yo.
El aparente chiste no es tal. No somos sinceros con nuestras opiniones sin importar que las causas y las intenciones de las mismas sí lo sean. En ese inviolable proceso de emitir y recibir un mensaje, el medio cobra absoluto protagonismo.
No olvidemos que si nuestra experiencia es única, también única ha de ser la manera de contarla. No permitamos jamás que alguien nos diga “yo sé lo que tú sientes”. Esa es posiblemente la falsedad más recurrente en el habla popular. Nadie siente lo que nosotros, nadie sabe lo que nosotros... Pueden intuir una emoción similar, un conocimiento más o menos abstracto sobre el fenómeno en cuestión, pero nada más. La muerte de un familiar o la alegría del primer beso —si acaso la hay— son impactos privativos de nuestra psiquis. Nadie puede arrebatarnos esa prueba de individualismo. De tal manera, tenemos que ser capaces de, con nuestros recursos, dejar en claro esa particularidad.
Por eso, aconsejo, en las más comunes relaciones de pareja, a la frase de “te amo con todo mi corazón”, ¿por qué no amar con toda la fuerza del bazo, el hígado o un riñón? Claro que algunos podrán alegar que no suena tan “bonito”, pero al menos, resulta más singular, personalizado... digamos, sincero. |