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¿Se puede “enseñar” hacer arte?

Sin duda, el título de esta columna es un dilema antiguo que a más de uno le quita el sueño y a otros, por el contrario, les causa ese curioso e intelectual tormento de dormirse aparentando que no les importa. Porque la verdad es que la vanidad y autosuficiencia de algunos artistas no puede echar por la borda la inquietud que genera aceptar que una persona, frente a un grupo de alumnos interesados, puede transmitir las mañas necesarias para, de la nada, sacar un resultado que la humanidad acepte como obra artística.

Recientemente, el escultor valenciano Miquel Navarro aceptó ingresar en la academia de Bellas Artes con el rol de académico. Su nombre, que lo identifica inconfundiblemente con esculturas e instalaciones citadinas, ahora también contestará a las responsabilidades de la docencia. Su entrada, sin embargo, no deja de crear polémica pues, entrevistado por El País, respondió a la pregunta “¿qué parte del arte es la que se puede enseñar?” con un axioma que ha levantado algunas ronchas. Dijo el escultor, “creo que se puede hablar de la propia experiencia, tanto técnica como conceptual. En realidad, el arte no se puede enseñar”.

Si tenemos en cuenta que tu mismísimo profesor asegura que el arte no se puede enseñar, entonces ¿para qué se para frente al salón de clases? Pues justamente porque es necesario. Salvando una distancia que parece inabarcable, algo similar les explico a mis estudiantes en cada taller literario. Puedo mostrarles los recursos con que cuenta un escritor al momento de llenar cuartillas. Puedo regalarles un sinfín de títulos donde se evidencian técnicas narrativas. Puedo mostrarles una lista de autores que ayudan a la comprensión de ese universo que es la literatura. Pero el talento, ese “monstruo” que debemos llevar dentro cada escritor o artista en su acepción más amplia, ese nace con cada quien.

No obstante, aclaro, tal aseveración no debe angustiar a nadie con la pregunta de “¿tendré o no ese ‘gen’ que se precisa” porque —así lo he dicho también en otras ocasiones— más posibilidades tiene de alcanzar el éxito alguien con poco talento y mucho trabajo que un superdotado natural que espera le caigan las palabras del cielo. Para eso, para pulir e impulsar están los maestros. Si el arte se enseña o no puede mantenerse en vilo y  bajo cuestionamientos filosóficos e individuales, pero en la práctica, con los pies bien plantados sobre la tierra, la importancia del docente es indiscutible.

Sirvan entonces estas pocas líneas para hinchar las velas de todos los creadores y maestros, justo ahora que el Papa Benedicto XVI se reúne escultores, arquitectos, músicos y cineastas de talla internacional para empezar un nuevo diálogo entre la Iglesia Católica y las artes. Un punto que bien amerita una nueva columna la próxima semana.

 

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