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La cultura como válvula de escape

Desde la aparición del teatro bufo en Cuba —que llegó alrededor de 1868 y se convirtió de inmediato en un espacio de negociación de las tensiones raciales y étnicas en la isla— hasta la fecha, distintas manifestaciones artísticas han servido para mediar en los sinsabores políticos, económicos y sociales de la mayor de las Antillas.

Una literatura a veces escapista, a veces metafórica, como la esgrimida por Virgilio Piñera deja entrever códigos con los cuales muchos lectores se sentían identificados a propósito de ciertas ínfulas críticas que se infiltraban por el entramado de un sistema reacio al más leve roce del ala de una mariposa —“intelectual”, claro está—.

Con el derrumbe del campo socialista en Europa los espectáculos humorísticos cubanos echaron a un lado las estratagemas de camuflaje para abrir ráfagas satíricas contra todo lo referente a la realidad imperante que poco o nada se relacionaba con la imagen paradisíaca que se promovía en las revistas de turismo y, asimismo, descargaban su hastío contra la eterna promesa de un mejoramiento en la calidad de vida que se auguraba constantemente en los discursos de los políticos.

Ahora parece ser que la música pasa una nueva página y asume sus riesgos. Luego del polémico Concierto por la Paz que organizara Juanes en La Habana y su consecuente aprovechamiento publicitario por parte del gobierno de Castro se subió a la tarima Kool and The Gang pretendiendo, esta vez, estrechar lazos entre Cuba y Estados Unidos... lazos políticos, imagino, porque en términos sociales cubanos y estadounidenses no tienen nada que arreglar y se llevan mejor que cualquiera de las ofrendas de sus dirigentes.

Sin embargo, aun cuando es evidente que la cultura puede servir indistintamente a los intereses de uno y otro bando, no rescato las incidencias de la música desde ninguno de estos proclamados conciertos. Lo hago desde el corazón de un evento de sabor mucho más nacional y, por tanto, íntimo. Con la última entrega de los Premios Lucas —certamen que destaca el desarrollo del video clip criollo— se abrió la posibilidad de rendir una especie de sutil —pero inédito— homenaje a Celia Cruz.

En el cierre de estos reconocimientos la cantante Hayla interpretó varios temas de Celia y, por si alguien guardaba todavía alguna duda, se atrevió a exclamar el “¡azúcar!” que la otrora “gusana” popularizó en todo el mundo.

Sería ingenuo declarar aquí que tal cortesía no tuvo la anuencia de las autoridades pertinentes y es presumible que se tratase de una especie de reverencia acomodaticia en pro de equilibrar la presencia de Kool and The Gang en la isla, pero de todos modos, no deja de ser contrastante escuchar un “¡azúcar!” tan cubano en patio propio cuando, a la muerte de Celia Cruz, la única referencia emitida en la prensa nacional consistió en una nota de escuálido párrafo anunciando que había fallecido una detractora de la Revolución.

 

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