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La no cultura y el suicidio político

Si algo he aprendido en México es que todas las administraciones tienen a la cultura por el “patito feo” en el estrecho rango de sus prioridades. Dato curioso si tenemos en cuenta que los políticos necesitan ser estimados por los ciudadanos —caldo de cultivo para futuros procesos electorales— y es precisamente la cultura la premisa que sienta bases en la sociedad.

Cuando se estudian los fenómenos de índole social, por ejemplo la economía o el arte, con frecuencia se comete el error de entenderlos por separado a pesar de que los teóricos han demostrado consistentemente que no hay práctica social desvinculada de las restantes, sino que se genera un todo complejo y heterogéneo de recíprocas influencias. De tal manera no puede explicarse a cabalidad la historia del arte si antes no se referencia a la historia económica, a la política, la moral o las creencias religiosas de la época.

El ser humano es incapaz de vivir como criatura aislada. Su existencia siempre ha mantenido estrecha relación entre los individuos que la conforman. Así ha creado su lenguaje, costumbres, es decir... su cultura. William Kilpatrick, estudioso de los procesos de aprendizaje, llegó a simbolizar la importancia del carácter socio-cultural del hombre con un planteamiento simbólico: “si la cultura desapareciera por algún mal milagro repentino, el hombre se moriría de hambre antes de descubrir la forma de alimentarse”.

Al igual que la atmósfera física requerida por todos los seres de la tierra para respirar, la sociedad humana posee una atmósfera espiritual, consecuencia directa de la cultura social.

Curiosa y paradójicamente, la política no es más que una arista derivada de este sistema. Ni siquiera cuando mencionamos el término democracia estamos pensando en los mismos estatutos filosóficos de los griegos de la antigüedad. Y es que así como resulta evidente la evolución del ser humano a partir de su historia, también se modifican los cánones por los cuales se rigen sus costumbres.

Llamo la atención entonces, a propósito de sucesiones administrativas, sobre el suicidio político que implica para los gobiernos de turno ejercer esta especie de “no cultura” con que se piensa pasar por alto una necesidad colectiva en aras de preponderar, en el mejor de los escenarios, ciertas exigencias económicas.

 

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