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Elvis y la negativa cubana

Tuve la suerte de contar a finales de mis estudios universitarios con una profesora de inglés nacida en Nueva York. Así pues yo tenía garantizado escuchar de mi educanda un inglés perfecto y, como valor agregado, aprender algo de  la cultura estadounidense gracias a las anécdotas e historias que, en muchas ocasiones, mi propia maestra protagonizara.

Elvis Presley
Así mismo. Elvis, excusa para negativas

Una de estas peripecias relata la primera vez que ella asistió a un concierto de Elvis Presley. Los sinsabores y no pocos peligros que debió superar para llegar al lugar donde se celebraría el evento, a tiempo y en una sola pieza, no vale la pena enumerarlos. Basta saber que fueron muchos, al  menos suficientes para que alguien como yo hubiese desistido de inmediato. Ella no, ¿la razón? Aún era la época en que al Rey del Rock and Roll solo lo transmitían en televisión de la cintura hacia arriba y ansiaba verlo completo. Los convencionalismos sociales norteamericanos no aceptaban los movimientos de sus piernas, mucho menos los vaivenes de su cintura. Atentaban, dicen, contra la moral de la juventud en aquel entonces.

No creo que pensaran lo mismo en Cuba, donde fueron ampliamente bienvenidos sus gafas oversize, los pantalones ajustados y la brillantina. Peor le fue a Los Beatles, por ejemplo, cuya rebeldía y pelo largo les valió permanecer en el ostracismo oficial —nunca en el popular— por causas políticas, que no sociales. En pleno triunfo revolucionario, los chicos de Liverpool, a pesar de no ser estadounidenses, eran una imagen demasiado tentadora del vecino del norte.

Personalmente, aunque soy admirador de las interpretaciones de Elvis Presley, la única ocasión en que mi nombre se ha relacionado con el suyo duró menos de tres segundos y nada le debió a la música. Sucedió a inicios de este siglo, en las oficinas de migración, en Cuba, cuando me negaron la salida del país porque yo no había pasado el servicio militar —en efecto, fui de los pocos que ingresó directamente del preuniversitario a la universidad por buenas calificaciones, algo que en su momento me pareció un beneficio para luego entender que era todo lo contrario—. Esa mañana me atendió una mujer, verde su traje militar, la pintura sobre los párpados y creo que hasta sus ojos. “Ciudadano...” —buscó mi nombre en el expediente que tenía en sus manos— “...Edgar, usted no ha cumplido con el servicio militar, algo que hasta Elvis Presley tuvo que hacer en su país”. Y ahí quedó todo... mi identidad junto a la del Rey del Rock and Roll y, de camino, mis aspiraciones para viajar a tierra azteca —no importaba que estuviese casado con una ciudadana mexicana—.

Por eso estas palabras. Porque me gustaría haber formado parte de los tres mil fanáticos que se reunieron el pasado 8 de enero en Memphis para recordar el nombre de esa gloria de las artes, su música, sus sueños. Especialmente ahora que, a pesar de la señora de verde, yo logré cumplir los míos.

 

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