Apuntes inconclusos sobre la novela

Laiseca, con el hacha enla mano
Reduce a dos los tipos de novela
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A propósito de la novela psicológica, brevemente acotada en una columna anterior, alguien me cuestiona sobre los distintos tipos en que podemos catalogar este género literario, sin duda el más socorrido actualmente (por los lectores, claro está y, de camino, por las editoriales). La labor no resulta sencilla debido a la flexibilidad que permite a su creador, pero apoyado por los estudios del escritor Alberto Laiseca, al menos un par de apuntes cabe arriesgar.
Para el conocido argentino podríamos resumir en dos vertientes el universo de opciones cáustico: novela de acción, que se caracteriza por el relato de hechos puramente exteriores, y novela psicológica, en la que las acciones transcurren almas adentro de los personajes.
Sin embargo, desde el punto de vista de otros autores, la clasificación no es tan sencilla. Críticos como Edwin Muir distinguen tres arquetipos fundamentales: dramatic novel, fijándose en el predominio de la acción, character novel, si se atiende a una figura central o chronicles, a la conjugación de tiempo y espacio. Por otro lado, Wolfgang Kayser agrega otra tríada: la novela de acontecimiento, de personaje y de espacio.
Este último caso merece llamar la atención pues la modalidad del libro novelesco de viajes (haciendo alusión al espacio y entre los que destacan las historias representadas por “La Odisea” o “Simbad el marino”), en ocasiones se convierte en un fenómeno tan dúctil que la movilidad de sus personajes puede abarcar desde la traslación por varios planetas (con “Alien, el octavo pasajero”, por ejemplo, si bien la mayor parte de la trama tiene lugar en el interior de la nave) hasta el recorrido en el seno de una ciudad, tal cual sucede en el “Ulysses” de Joyce, donde una metrópolis equivale a un mundo y veinticuatro horas a toda una vida para su protagonista.
También encontramos la novela de ideas o de tesis, que fueron cultivadas con éxito por George Sand y Zola, en Francia, y Galdós y Blasco Ibáñez, en España. Dichas obras solían abordar y discutir de manera a veces implícita, otras denotadamente explícitas, problemas religiosos, científicos, nacionalistas y su argumento, realmente, evocaba una excusa para regodearse en el análisis de su objeto de estudio. Quizás no constituyen un espectáculo comercial, pero sí devienen alternativa adecuada para los lectores cansados de disparos, persecuciones y personajes acartonadamente heroicos.
En realidad, el tema excede por amplio margen el espacio para esta columna. Quedan en el tintero la novela ideológica, humanística, simbólica, filosófica... y otras que mi memoria es incapaz de rescatar en este preciso momento. Libros se han escrito y se volverán a escribir para tratar de ceñir mejor un dilema que siempre habrá de permanecer inconcluso. A fin de cuentas, germinarán tantos tipos de novela como intereses nazcan en los novelistas. |