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Rubén y el chiste de la política

“El capítulo de eutrapelia, del divertimento espiritual es sumamente importante en la historia del desenvolvimiento humano; haciendo la historia de la ironía y del humor, tendríamos hecha la sensibilidad humana y consiguientemente la del progreso, la de la civilización. La marcha de un pueblo está en la marcha de sus humoristas”. Así hablaba en una fecha tan remota como 1913, el escritor español José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, más conocido por su seudónimo Azorín.

No hay duda de que el humor es un arma muy temida por funcionarios y políticos, de ahí su uso recurrente desde casi el inicio mismo de los anales periodísticos. Alguna vez dije —y hoy lo sostengo— que sólo la crítica revestida de gracia pone al implicado en una posición sumamente desagradable. Debe escoger entre dos únicas opciones. La primera, hacerse el tonto —nada vio y nada sabe— con la esperanza de que pase pronto el efecto causado por un comentario satírico o una caricatura mordaz. La segunda, responder simulando manifiesto decoro con el propósito de acallar las risas desde el principio del respeto.

Esta última elección es un arma de doble filo pues se corre el riesgo de atizar más el fuego en lugar de aplacarlo si la figura no inspira ese consabido respeto. Tal cual le sucedió recientemente a Rubén Moreira con la misiva enviada al periódico “Palabra” para defender su orgullo tras la publicación de un cartón donde lo ubican como dueño y señor de una marioneta que a todas luces es representada por Jorge Torres.

La carta ha levantado una oleada de comentarios, ninguno de ellos favorables para el presidente estatal del PRI. Si bien el humor es un recurso eficaz cuando se pretende hacer crítica, todo lo contrario puede achacársele al chiste fracasado o la ironía mal empleada. Evidentemente son muy contados los políticos que pueden jactarse de sostener un buen sentido del humor y acaba de quedar demostrado que Rubén Moreira no está entre ellos cuando intentó satirizar la importancia del diario norteño aludiendo a que lo utiliza como envoltura para la comida de sus perros.

Pregunto: ¿qué hubiese sucedido si no respondía con esa malograda carta? Lo de siempre: nada. Habría sido un dibujo más en una edición más que probablemente, a la semana, muchos olvidarían. ¿Qué sucedió ahora? Pues que muchos ya atesoran la caricatura cual reliquia para la posteridad.

La política, ahora podemos constatarlo, tiene mucho de humor. A veces no por las chistosas gráficas que la parodian sino, como en este caso, por las reacciones que provoca. Y para terminar según comencé, acá les va otro criterio en torno a la labor del caricaturista expresada por Gombrich y que se aviene muy bien al caso: “El dibujante por desdeñable que sea su calidad artística, tiene más probabilidades de impresionar en una campaña de odio que el orador de masas y el periodista.” Aquí la calidad la pone “Palabra”, el odio lo saca Rubén.

 

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