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Cuba, Venezuela, Estados Unidos: la divina trinidad

La comunidad internacional y especialmente la región de Latinoamérica ve con ojos benévolos y esperanzadores un posible acercamiento entre Estados Unidos y sus más ardientes opositores: Cuba —una piedra en la bota norteamericana que ya le saca ampollas hace más de medio siglo a los pies del Tío Sam— y Venezuela —que si bien no cuenta con el respaldo histórico y la capacidad de icono revolucionario de la mayor de las Antillas, tiene en cambio suficiente petróleo como para haberse convertido en el peor dolor de cabeza del imperio, por encima de sus fracasos en Medio Oriente—. El arribo de Obama a la Casa Blanca, su pretensión de reanudar los envíos de remesas a Cuba y la visita de familiares, la posición de algunos empresarios —fundamentalmente del estado de Texas— para restablecer y aumentar las posibilidades de negociación con el gobierno socialista, la anunciada voluntad de Raúl Castro de sentarse a dialogar con el nuevo presidente —siempre con el “pero” de la no intervención en los asuntos internos de su nación, lema por demás memorizado— y la reciente declaración del senador republicano Richard Lugar sobre el fracaso que representa el embargo impuesto a la isla desde 1962, hacen pensar que un cambio es posible.

Y claro que ese cambio ha de llegar en algún momento, pero no se trata de un “quita y pon” como ansían algunos criollos y temen sus gobernantes. La comunidad cubana en la Florida ejerce mucha presión y tiene un importante peso político —ya van dos elecciones que se deciden ahí— para permitir que los planes intervencionistas que han trazado y, podría decirse, malgastado por años se vaya a bolina por la “buena disposición” del gabinete que rige hoy en el gabinete obamista. Asimismo, a Castro le urge sacar provecho de cualquier pacto que pudiera establecerse en un futuro cercano con los Estados Unidos, en especial, si se trata de un beneficio político que pueda enarbolarse después en términos de victoria. La devolución de los cinco agentes cubanos acusados de espionaje en suelo norteamericano sería un buen punto para empezar.

En el caso de la nación bolivariana, tanto peor. A pesar de que el vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela, Alberto Muller Rojas, afirmó que se busca una aproximación con la administración estadounidense a fin de normalizar las relaciones bilaterales, nadie olvida los ataques orales de los mandatarios de ambos países, cuando Obama aseguró que Chávez ha impedido el progreso latinoamericano y este, a su vez, le contestó acusándolo de apoyar a sus adversarios políticos, los “pitiyanquis”.

Así las cosas, se hace casi imposible esperar avances significativos en esta complicada triada de naciones. Los ciudadanos optimistas tendrán que contar con algo más que fe para ver cumplidos sus anhelos. Puede que recién hayamos pasado el miércoles de cenizas, pero aún no estamos en época de milagros.

 

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