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México, un vecino incómodo


Entre vecinos.
¿Quién... yo? ¡A mí que me revisen!

Y resulta que ahora México es quien molesta. Casi podría decirse que, como reza el refrán, se trata de “los pájaros tirándole a la escopeta”, pero claro, Estados Unidos nunca ha sido el icono de la paloma blanca con la rama de laurel y México, en esta relación, jamás ha llevado en sus manos la escopeta. De cualquier forma resulta chistoso que el país más poderoso del mundo tome medidas para controlar la violencia que proviene de su frontera sur por causa de la batalla que el presidente Felipe Calderón mantiene en contra del crimen organizado.

Es, ante todo, un problema de enfoque. No se trata de las visitas que tiene programada La Casa Blanca con relación a Los Pinos y que traerá, prácticamente en estricta sucesión, a la secretaria de Estado, Hillary Clinton, el próximo 25 de marzo y luego, el 16 de abril, al mismísimo Barack Obama, a sabiendas que ambos tienen contemplado en su agenda el tema de la seguridad. Tampoco tiene que ver con la posibilidad de militarizar el sur de la nación para seguir la estrategia que los mexicanos han implementado al otro lado del borde. Ni siquiera hago referencia a los devaneos entre ambas administraciones donde una acusa a la otra de no poder controlar el narcotráfico mientras la primera se defiende alegando que la segunda provee armas y acuna a la inmensa mayoría de los consumidores. No. Insisto en que lo curioso es la manera en que la administración estadounidense enfoca el problema. Se trata de una especie de “si no queda otro remedio, pues tengo que entrar”.

Revisemos si no, detalladamente, las palabras del general  Gene Renuart, jefe del Comando Norte, en relación con el combate al crimen organizado que promueve Calderón: "Este es un problema de gobierno y pienso que la mayor respuesta es una aproximación integrada. Estamos trabajando en eso agresivamente". Sí, es verdad que se debe cooperar y sí, es verdad que se trata de un asunto que incumbe al gobierno. Pero la sutileza de su declaración deja entrever que el “problema” está en el lado mexicano. En reiteradas ocasiones los norteamericanos se han mostrado inconformes con esta acometida desde Los Pinos y el hecho de que hoy quieran integrarse a la lucha es una manera de justificarse ante el mundo: “nos metemos porque el vecino solito no puede”.

En realidad la “ayuda” viene azuzada por la presencia de cárteles en territorio estadounidense. De las cincuenta ciudades que su gobierno tenía bajo la mira en 2006 por el acuse de actividades relacionadas con el narcotráfico mexicano, en 2008 ya sumaban doscientos treinta. Es ahora la tranquilidad de los ciudadanos de Texas, California, Nuevo México —entre otras muchas regiones— la que está en juego. Eso y la idiotez de barreras físicas es lo que en realidad les duele. Para los cárteles el Muro de la Vergüenza debía llamarse el Muro de la Ridiculez pues no los va a detener.

Ojalá que al término —si llegamos a verlo— de esta contienda en conjunto el imperio del norte no le pase la factura al vecino del sur por las “molestias” causadas.

 

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