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Zelaya: entre las rejas y el poder

¿El jueves, el fin de semana o nunca? Para la aparición de esta columna se suponía que (¿cómo anunciarlo?, ¿el presidente?, ¿el ex presidente?) Manuel Zelaya estuviera de regreso en Honduras y desde la incertidumbre que solaza cualquier vaticinio, esperemos que su destino no implique ningún percance a su integridad física ni la de sus miles de seguidores.

De cualquier manera, parece ser que su viaje puede ser postergado para el fin de semana o ¿quién sabe? tal vez más allá. Sin duda, la situación para el depuesto líder no es nada agradable. Las consecuencias que le puede implicar su regreso representan hoy un verdadero enigma. Mientras en la mañana del 30 de junio el recién estrenado canciller Enrique Ortez aseguraba que "Zelaya no tiene vedado el ingreso a Honduras" y que para ello apenas tendría que pedir un permiso de entrada al territorio nacional —aunque sería tratado como un ciudadano común y no como gobernante—, ya en la tarde de ese mismo día, su adversario (¿cómo anunciarlo a él también?, ¿el nuevo presidente?, ¿el usurpador?), Roberto Micheletti, advirtió que de aventurarse a un regreso, “se tendrá que enfrentar con las diferentes órdenes de captura que tiene de parte de la Corte Suprema de Justicia, de los juzgados y de la Fiscalía”. En otras palabras, será detenido.

Si bien, en palabras de Hugo Chávez, durante su breve estadía de apoyo en Managua, Zelaya “mantiene la firmeza (de retornar)”, no es lo mismo tomar esa decisión a más de doscientos kilómetros de Tegucigalpa, tomado de una mano por el  propio presidente venezolano y abrazando con la otra a su homólogo cubano, Raúl Castro, que presentarse ante los tanques apostados frente a la Casa Presidencial acompañado, si acaso, por el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza... poca soporte, en realidad.

La suerte parece echada. Su deber como presidente constitucional es dar el pecho a la situación. Especialmente cuando sabe que cuenta con el apoyo de los países de la región e incluso de Estados Unidos. Si bien lo acusan de violar leyes para buscar la posibilidad de conformar una asamblea nacional constituyente que le permita a posteriori su reelección —la cicuta de los pueblos latinoamericanos—, dejarle libre el camino a los golpistas sería un pésimo ejemplo para el resto de las naciones y una peligrosa tentación para muchos que pudieran inclinarse por esta opción violenta cada vez que quisieran mostrar su desacuerdo con el gobierno en turno.

Lo más interesante del asunto es que cuando usted, desocupado lector, fatigue estas líneas, puede que ya tenga algunas de las respuestas a las interrogantes que le traspaso. Mientras tanto, desde el pasado, imagino las disonancias de un hombre que se juega su puesto de presidente frente a la pérdida de la libertad. Al tiempo.

 

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