Tenencia vehicular otra vez sobre el tapete
Dicen en Cuba que muchos se acuerdan de los santos sólo cuando truena, pero el fenómeno que implica esta mala costumbre no es privativo de la mayor de las Antillas. Acá, en tierra azteca, sucede exactamente igual.
Se acerca el inicio de un nuevo año y, con ello, regresa a la memoria ciudadana el agravio que representa el pago de la tenencia vehicular, estrategia que —ya se sabe y apenas se recuerda— sirvió para ayudar a financiar unas viejas olimpiadas. Y sí, puede que el magno evento deportivo descanse en la memoria de muchos, pero la necesidad de, cada año, depositar cuantiosas sumas por nuestros vehículos es algo que debiera permanecer constante en nuestras cabezas... aunque así no suceda exactamente.
Para suerte de políticos y gobernantes el asunto apenas se revive con cada ciclo de pago, no antes, no después. Eso sirve para librarlos de responsabilidades y promesas que muchos, el presidente Felipe Calderón incluido, hicieron en su momento en aras de abolir el gravamen, casi afrenta, que pesa sobre la sociedad mexicana.
Sin embargo, las noticias del momento, los problemas más urgentes, muy pronto echan tierra por encima de la molestia que trae aparejada este desembolso infinito. Lo efímero de nuestras memorias es el mejor salvoconducto de las autoridades para seguir haciendo lo que le venga en ganas.
Hoy circulan miles de emails por Internet buscando aunar voluntades para derrocar este impuesto. Me sumo a ellos como la inmensa mayoría de los internautas. Sin embargo, reconozco que lo hago más por voluntad solidaria que por la verdadera fe de un cambio.
No quisiera estar más equivocado, pero la fuerza centrífuga de este movimiento que hoy pretende convertirse en huracán para el mes de marzo será si acaso una leve brisa que acariciará a los responsables de la vigencia de la tenencia vehicular. Y que conste para todos. No vale la pena imputar culpas a diestra y siniestra señalando a las altas esferas de gobierno. En un país que se digne de ser democrático, las transformaciones tienen que ser acuciadas por sus integrantes, no por sus dirigentes. Los servidores públicos están justamente para eso: “servir”. No permitamos que alguien cambie los roles.
Que los emails se multipliquen, está bien. Que la voz ciudadana se haga sentir, está bien. Pero que no espere la sociedad el retumbar de los truenos para acordarse de sus funciones. Cada persona debe estallar como rayo, entonces y sólo entonces, que las autoridades sean quienes escuchen los truenos. |