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Cuba con o sin Castro

Se inicia un nuevo año y son muchas las inquietudes mundiales que esperan obtener respuesta en el 2007. Sin embargo, no cabe duda de que el caso Cuba post Castro es uno de los más llamativos, especialmente a partir del precario estado de salud que afecta a su presidente. Como lobos que acechan a su presa, hay infinitud de hombres y mujeres pendientes de la noticia del deceso de Fidel, tanto en Miami como en la propia isla y en no pocos países del occidente o el oriente del globo terráqueo, pues muchos cubanos, en su afán por salir del país, han minado cuanta nación existe.

Ahora, sería una mentira bastante ingenua afirmar que todos los habitantes de Cuba desean la muerte de su líder. Lejos de ello, son muchos los que imploran y hasta rezan (sí, literalmente) por la recuperación de éste. Basta recordar que aún queda un buen número de personas, la inmensa mayoría de origen humilde, a los que la Revolución Cubana favoreció por el año 1959, y quienes, lógicamente, han educado a sus hijos y nietos sobre los basamentos de defender dicho sistema y a sus representantes.

Lo curioso del caso es que tanto a detractores como a seguidores los une la pregunta: ¿Qué sucederá en la isla después de la muerte de Fidel? La respuesta a tal interrogante resulta, en consecuencia, el trasfondo que define sus posiciones.

Por un lado (cabría señalar, el derecho) sale a relucir la llamada transición. Término que muchos cubanos esperanzados ya emplean en voz baja dentro del país y a gritos fuera de este, pero sin que unos u otros logren precisar con un mínimo de garantía hacia a dónde apunta esa transición o cambio, dentro de los marcos políticos, económicos o sociales que imperan hoy en la nación. Pecan de ilusos e ignorantes quienes intentan convencer al mundo de que el sentir de los cubanos es convertirse en una estrella más de los Estados Unidos de América.

Pobres de aquellos que crean en sus promesas, haciendo caso omiso de las advertencias del mismísimo José Martí. No se puede, ni se quiere, renunciar a la soberanía alcanzada. Hacerlo implicaría dar un paso atrás en la extensa historia independentista de la mayor de las Antillas y, ciertamente, alejaría la posibilidad de un auge económico autónomo, así como la posibilidad de ganar la libertad imprescindible para que la ayuda a los cubanos llegue desde los propios cubanos.

Cabe recordar que en el discurrir gubernativo de la humanidad no ha existido una nación que le brinde apoyo a otra sin que, luego y a conveniencia, le exija el tributo correspondiente. No es, pues, responsabilidad de los Estados Unidos de América ni de ningún otro país, despejar el conflicto cubano que se avecina.

No obstante, por el otro lado, es sencillamente imposible elegir un sucesor con el carisma y la personalidad necesaria para mantener al país en boga de los principios establecidos por Fidel, cuya mera presencia servía (y el verbo en pasado invoca su ausencia en el máximo escalón de poder, no su fallecimiento) para alentar a sus partidarios y frenar a sus opositores. Ni su hermano Raúl, ni ningún otro ex miembro del Ejército Rebelde podría mantener por mucho tiempo el precario equilibrio que pende sobre la isla, donde paz y carencias van de la mano. Punto menos para el resto de los integrantes del Partido Comunista, en cuyas filas (el tiempo hará denuncia) se esconden no pocos oportunistas que revelarán su verdadera faz a la primera coyuntura política.

Cuarenta y ocho años completos de Revolución no se borrarán en cuarenta y ocho horas y habrá un lapso de tiempo donde imperará cierta abstinencia en los movimientos sociopolíticos, sin que se anuncien grandes transformaciones. Desafortunadamente, es de presagiarse la inestabilidad que afectará a Cuba en todos los renglones imaginables pasado ese trance. Tarde o temprano se hará latente la tirantez entre los partidarios del régimen comunista (aunque sólo sea en nombre) y sus antagonistas. Quien sea que esté al mando de la nación habrá de hacer frente a las presiones internas y externas en aras de invocar cambios que no siempre han de ser favorables.

Los cubanos suman casi medio siglo en el cual ni siquiera han experimentado la habitual sucesión de presidentes que caracteriza la democracia en otros países. Acostumbrados, quizás, a las carencias económicas, les resultaría alarmante, en cambio, los pleitos electorales, las acusaciones de fraudes y cualquier otro escándalo que ponga en jaque la paz innegable (aunque impuesta) que ha marcado la isla desde el triunfo revolucionario. Es fácilmente deducible que no sólo los Estados Unidos de América, sino otros países con afanes expansionistas, enarbolen la bandera del socorro mercantil y la ayuda humanitaria para posicionarse, con este pretexto y en un futuro cercano, en una situación política que los favorezca respecto a su influencia sobre Cuba.

Sin embargo, más preocupante será deslindar cuáles de las naciones que hoy se autotitulan amigas de la mayor de las Antillas, a partir de convenios y mutuos favores, seguirán siéndolo una vez que su líder no se encuentre. Mucho se ha comentado desde la caída del campo socialista en Europa de cuán sola se encuentra Cuba en el mundo, pero pudiera suceder que, para ese entonces próximo, dicha soledad se exacerbe.

El destino de Cuba, por tanto, debe y tiene que estar en manos de los cubanos, los de aquí y los de allá, y es compromiso de cada uno poner en rutar y no enlutar al país después que Fidel haya muerto. Distinguir por sí mismos lo bueno de lo malo. Resistir las tentaciones de aquellos que en su momento no movieron un dedo en pro de mejoras, sentándose a esperar, y ahora se llaman dignos patriotas mientras se prestan a hacer leña del árbol caído.

Asimismo, traspasar con hechos el cerco ilusorio que marca indistintamente promesas y consignas. Por supuesto que habrá cambios, pero que estos sean decididos por los que pasaron hambre y no por quienes se la hicieron pasar. Que la paz se salvaguarde por encima de todo interés económico o político. Ha de lograrse de manera verdaderamente pacífica, sin derramar siquiera una gota de sangre que sólo ha de doler a los cubanos justos, insertar a la isla en el movimiento democrático que muchos países han establecido con éxito, siempre a partir de la propia idiosincrasia criolla.

Y claro, pedir respeto ante la muerte de un hombre, que por favor o disfavor, ha trascendido los márgenes políticos para convertirse en figura histórica. Lleno de gloria para algunos, enfermo de poder para otros, su ausencia servirá para que Cuba gane en identidad, y ya no sea medida por los avatares de su presidente, sino por su propio quehacer como nación. Será la hora, pues, de demostrar que Cuba es más que un hombre y seguirá siempre adelante, con o sin Castro.

 
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