Donde el silencio termina

Silencio. A falta de libertad
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Siendo niños, una de las primeras órdenes que aprendemos a acatar es la de hacer silencio. Si viene una visita importante a la casa, no debemos interrumpir la conversación de los mayores. Si vamos a conocer un museo, la boca ha de permanecer cerrada y, la peor de todas, cuando alguien te regaña debes escuchar sin posibilidades de réplica.
El asunto es que uno va creciendo con la esperanza de ver en qué momento saltamos la barrera y empezamos a jugar dentro del equipo que sí puede hablar e incluso exigir que los demás se callen. Para algunos ese cambio llega más rápido que para otros. En mi caso, al menos, demoró bastante, y no por el entorno familiar que, afortunadamente, tuve la dicha de que resultara agradable y harto comprensivo —sospecho que en ocasiones mucho más de lo que yo mismo mereciera— sino porque no todos nacemos en el mismo lugar ni con los mismos derechos.
En mi primera visita a México —año 2004—, cierta noche me tocó la suerte de compartir una cena con tres sujetos —dos de ellos amigos míos ahora, al tercero temo haberlo sumado a mis múltiples olvidos—, cada uno de ellos seguidor de un partido distinto. Yo, que hasta entonces la única representación política que conocía era el Partido Comunista de Cuba, me quedé sencillamente sorprendido por la tranquilidad y hasta armonía con que aquella tríada de individuos exponían sus respectivos criterios, alababan las virtudes de la facción con la que simpatizaban y —al menos por esa noche— criticaban, sin caer en vituperios, los errores de segundos y terceros.
Comprendí en ese momento cuán irónico podía resultar para alguien como yo, hijo de esta era temeraria y graduado en Licenciatura en Ciencias de la Computación, que no me espantase por los más estrambóticos descubrimientos tecnológicos y, sin embargo, sí me asombrara la facilidad con que varias personas con ideologías distintas se podían sentar a compartir. Uno con la certeza de saberse momentáneamente en el poder y los otros con la sana esperanza de lograr intercambiar los papeles y aportarle al mundo, de camino, parte de esa dinámica que siempre ha de corresponderle.
Aprendí, también, en unas horas y sin profesor ni bibliografía latentes, que el sentido evolutivo de la historia humana ha de tener sus simientes en la conciencia de los hombres, y a partir de ahí discurrir en una misma dirección, pero en ambos sentidos. Hacia fuera, proyectando su capacidad de desarrollo en pro del resto de sus congéneres y hacia adentro, asimilando dicho avance y utilizándolo para el bien propio y colectivo.
De poco pues ha de valer ensalzar adelantos tecnológicos en las comunicaciones cuando estos, al mismo tiempo, sirven para multiplicar los métodos de censura. ¿Qué importancia tiene publicitar día y noche cinco círculos entrelazados en una nación que mata monjes y guarda silencio? ¿De qué valen los aportes educacionales de cualquier país si a la postre el intelecto generado ha de conformarse con un monólogo interno so pena de recibir algún castigo? Incluso suele suceder que la verdad más trivial se premie con un disparo en la cabeza.
Es importante recordar que en el proceso de maduración, cuando nos alejamos cada día más de la virtud de considerarnos niños, algunos percibimos el temor de no lograr cruzar jamás esa otra anhelada frontera. No la de Estados Unidos o la Europa completa, sino la del mutis recio y sempiterno. Llámese mamá, papá, maestra o gobierno, alguien constantemente mantiene su índice en nuestros labios.
En más de una ocasión he escuchado la pregunta de si primero acude a nuestro cerebro la palabra o el pensamiento. Al margen de una respuesta que por engorrosa y academicista pudiera terminar siendo aburrida, y parafraseando tal cuestión, prefiero lanzar una nueva interrogante —ahora sí, con respuesta incluida—: ¿Dónde inicia la palabra y dónde la facultad de sabernos independientes? Usted, estimado lector, puede esgrimir sus propias teorías, pero desde mi más humilde opinión considero que la libertad comienza allí, justo donde el silencio termina. |