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Con libertad y paella

Que el mundo gira y uno nunca sabe mañana dónde se va a encontrar, es algo que todos asimilamos de oídas, pero que no dejamos de sorprendernos cuando realmente algún acontecimiento fortuito insiste en demostrarlo.

Recuerdo que a mi llegada a Saltillo, en septiembre de 2006, sin dinero en el bolsillo y con un puñado de tabacos cubanos que supuestamente me ayudarían a sobrevivir los primeros días de mi estancia —cosa que nunca sucedió pues terminé regalándolos todos— andaba por la ciudad maravillado con las novedades publicitarias y propagandísticas que inundaban mis desacostumbradas pupilas y que hoy, por el contrario, llegan a aburrirme.

No obstante, en aquella fecha me asombraban los enormes espectaculares anunciando indistintamente productos… y políticos. De los rostros que entonces se permitían aún posar en las vallas sólo recuerdo dos. Uno inevitable, el de Humberto Moreira, y el otro, el de Ernesto Saro, aunque confieso que por alguna razón que hoy sencillamente no puedo explicar, el orden de aparición no concuerda con la manera en que los cito. En efecto, primero fue Saro.

¿Quién me iba a decir que menos de dos años después tendría la oportunidad de compartir con el ahora senador y por invitación suya, además? La excusa inicialmente me hizo sospechar. Se trataba de un encuentro informal de Saro con trabajadores de los medios de comunicación de la ciudad para no pasar por alto el día de la libertad de expresión.

Un poco por cortesía y un mucho por curiosidad asistí al evento. Apenas en la llegada noté que la actividad iba a estar matizada con tintes muy diferentes a los acostumbrados. En lugar de una larga mesa con la detestable cabecera, se hallaban dispuestas otras circulares. Tampoco encontré un montón de políticos vestidos de cuello y corbata. Los únicos micrófonos que estaban a la vista serían utilizados por un minúsculo grupo musical que animaría la ocasión. ¿Y Saro?

¿Saro? Pues andaba en jeans y camisa parapetado tras unas cazuelas enormes cocinando —sí, dije cocinando— una paella que iba a sernos servida minutos más tarde.

En efecto, nos encontrábamos allí reunidos representantes de diversos medios. Lógicamente Espacio 4, personal de Vanguardia, Palabra, el entonces recién inaugurado Zócalo Saltillo y otros miembros de la radio y la televisión. La armonía que reinaba en el ambiente no daba margen a las falsas apariencias. Quizás por lo natural, resultaba sorprendente. Tanto que yo siempre estuve temeroso de que en un momento determinado nos pidieran hacer silencio para “dedicarnos unas breves palabras”. Afortunadamente, estaba equivocado.

Nos habían citado para un encuentro fraterno e informal y eso era justamente de lo que se trataba. Dice Antoine Saint-Exupéry en su obra más conocida “El pequeño príncipe” que no se ve bien sino con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos. Pues parodiando la frase podría asegurar que en aquella cita se habló no con la voz sino con el corazón. La idea de hermandad y libertad que nos habíamos propuesto celebrar quedó cumplida sin la necesidad de furibundos discursos o esas aburridas charlas que nunca parecen tener fin.

Eran pasadas las doce de la noche y casi en el instante de despedirme me acerqué a Saro para felicitarlo por la iniciativa y de paso —no puedo quitarme de encima el estigma del periodista— sondearlo en torno a los rumores de su posible candidatura para la alcaldía de Saltillo en las elecciones venideras. “Vamos a ver que sale”, me responde risueño y conservador. “Esperemos que sea algo bueno”, le replico entonces con absoluta sinceridad y ya, antes de darle la espalda, le pregunto si su tabaco es cubano. Hacía rato lo observaba fumar, creo que toda la noche. Me responde que no… que es veracruzano. Lástima de suerte que ya no me quede de los míos, pienso. Le hubiese podido obsequiar al menos uno.

 

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