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Crisis financiera mundial… ¿y luego?

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Los pobres. Últimos en la lista

Es difícil que una buena noticia logre el efecto unificador que, en cambio, suelen provocar las malas nuevas. Si no, vivamos juntos este ejemplo que ahora mismo nos sacude a todos. En Estados Unidos, en México, en cualquier país, los entendidos y los no tanto se la pasan comentando la debacle económica que sacude al país más poderoso del mundo y catalizador directo de las estadísticas financieras en todo el orbe.

Sin embargo, acerquemos la lupa más de cerca. ¿Qué sucede realmente? Leemos en primera instancia que los valores de la bolsa en Wall Street andan por el suelo, que el peso mexicano cae con respecto al dólar y que el presidente de la República anuncia algunos movimientos estratégicos para que los ciudadanos no se vean afectados por la amenaza de recesión en el vecino del norte.

Es decir, una serie de fenómenos que poco o nada le importan al obrero o campesino promedio. Más parece una excusa para que los políticos hagan su juego. Al menos así lo demuestran McCain y Obama que rápidamente echan mano del asunto para mover las piezas a favor de sus aspiraciones presidenciales. Mientras tanto George W. Bush aprovecha la reunión de los siete grandes para impulsar iniciativas que oxigenen a los bancos. Ni que decir de Calderón, quien ya se había parado a declarar, meses atrás, que México no sería afectado por estos vaivenes económicos, sin contar el ridículo anuncio con bombos y platillos de la regularización de unos precios ya gravados, para ahora anunciar otras medidas con la intención ­—sí, ya sé que mueve a risa— de evitar esa crisis que supone no afectará, pero que a todas luces zarandea al país… ¿sino, a qué  viene tanta urgencia y necesidad de disposiciones?

Ahora, analizado desde esa perspectiva, alguien erróneamente pudiera considerar que la debacle norteamericana es problemas de los poderosos empresarios. La pregunta entonces sería: ¿cómo afecta a la clase media y baja? Pues para empezar están los desempleos. Los grandes propietarios en aras de amortizar sus ganancias, ya que no pueden preservarlas, comienzan echando a sus empleados. La escasez de trabajo, además, obliga a muchos paisanos que trabajan en Estados Unidos a regresar a su tierra natal, desechando el trascendental envío de remesas, una de las principales entradas de dinero para el país azteca. Los precios de los productos, por su lado, ascienden constantemente y los préstamos bancarios, cuando no se niegan, se disponen bajo condiciones difícilmente aceptables.

No obstante, la diferencia fundamental entre estas dos perspectivas nos llega desde la antigua Grecia en forma de fábula. Esopo nos cuenta de un sabueso a quienes todos criticaban luego de haber dejado escapar una liebre. “Entiendan, señores”, alega el can en su defensa, “que las recompensas de la carrera no eran las mismas para ambos. Yo corría por un pedazo de carne, la liebre lo hacía por su vida”.

De eso se trata, realmente, el impacto en la crisis financiera estadounidense. De las cosas que están en juego para cada quien. Los candidatos a la presidencia estadounidense ven en riesgo su estancia final en la Casa Blanca; los millonarios, la merma en sus cuantiosas ganancias.

El señor que administra una tienda en la esquina o el obrero que labora en una planta automotriz siente que peligra la única manera en que pueden llenarle la barriga a sus hijos, así sea con un poco de tortillas de maíz.

Lo peor del asunto se agazapa en el tiempo. Puede que sea en seis meses o en seis años: la potencia norteamericana saldrá de este escollo y, con ella, gradualmente lo harán las demás naciones y sus habitantes. Sin embargo, en la pirámide de la futura reconciliación monetaria son los más pobres los que ocupan la base, por tanto, también son los primeros en ahogarse bajo este océano de desolación y los últimos en respirar llegado el caso.

Un día los medios se ocuparán de otros asuntos, de cualquier incidente de violencia, de alguna elección en turno. Incluso algunos libros se escribirán sobre el susto que minó al imperio moderno.

¿Y de los pobres? Nadie dirá una palabra. Ellos no son noticia. Con los pobres no se gana dinero. Si salen a flote o se hunden, ¿qué más importa? Las cifras estadísticas lo cubrirán todo.

 

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