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Con la excusa de cierta nostalgia

Yo no me fui.
Yo me alejé un poquito.
Habana Abierta
“La vida es un divino guión”


Rincón cubano.
Cada quien espanta el gorrión a su manera

Somos pocos cubanos en Saltillo, esta ciudad azteca e inimaginada —que no inimaginable— para la mayoría de quienes permanecen en la isla. Alguien me comentó que por esta geografía sumábamos unos catorce criollos, quizás menos, quizás más, pero nunca comparables con los miles que habitan Monterrey, Guadalajara o el Distrito Federal.

No hay duda. Esta circunstancia destaca mejor la soledad en que nos movemos. Yermo curioso pues sobresale justo cuando un encuentro fortuito nos cruza en el camino de algún paisano. La identidad del otro nos señala, nos reconoce. El subconsciente advierte que así como él, desplazado, impropio, cuasi absurdo, nos vemos nosotros.

Cada quien combate la lejanía a su manera. En mi caso particular he creado una especie de “rincón cubano” —así lo bauticé— donde acumulo cualquier objeto made in Cuba, comunes algunos, simbólicos otros, importantes todos. Defiendo mi acento escuchando la música buena y mala que traje en la maleta; repitiendo las películas, antiguas en su mayoría, que alguien me regaló al decir adiós; incluso sigo las noticias de mi país con un interés sólo comparable a la apatía que me causaban antes de abordar el avión.

Lo mejor es que no soy el único. Un amigo ­—sí, de pronto en el exterior todos los cubanos somos amigos. Traspasar la frontera reduce los contactos familiares, pero multiplica las amistades— me confesaba, hilarante y sorprendido, que jamás se imaginó escuchando a Omara Portuondo ni a Celia Cruz. Ahora hasta busco sus discos, dice y le creo.


Esencia criolla.
Afuera nos volvemos adictos a lo autóctono

Le creo porque de buena gana yo haría otro tanto. Porque por primera vez ese concepto abstracto que llaman idiosincrasia cobra cuerpo y sentido. Porque conocer de quien se habla cuando el resto de los presentes lo ignora hace surgir cierta complicidad que estrecha los ánimos. Porque siendo apenas dos nos sabemos nacionales mientras el resto, millones de mexicanos, se convierten en extranjeros. Porque al final de sus ojos veo los míos, pesarosos.

Y niego de inmediato mi falta —sospecho que él también—, la desecho, extermino, pasa al nunca existir —como muchos de nosotros— pues insinuar que sus pupilas reflejan las mías es un recurso absurdo e improbable. Sus ojos nunca han dejado de serlo. Sólo expresan la idéntica tristeza de los míos.    

No hay escapatoria tras la partida. Paradoja sutil. Somos una raza de cimarrones que constantemente debe huir de un nuevo tirano. Antaño fue la economía o la política. Ahora es el desarraigo. Entre la incertidumbre y la contradicción se agazapa la médula de esa molestia que no termina de soltarnos y debemos soportar cual si se tratara de un vecino escandaloso y pedigüeño. Incertidumbre porque no existe cubano que salga del país y no viva bajo la aprensión de que su regreso pende constantemente de un hilo... cuando aún pende. Contradicción, porque ni el temor ni la añoranza terminan por convencernos de echar marcha atrás. Duele comprobar que la libertad tiene un precio tan alto y que, en efecto, es tan bella como los viejos dicen.

A partir de este axioma acepto con gusto mi desconcierto emocional. No hay nada peor que salir de tu propio terruño para después lamentarte por el peso de la distancia. Es un lugar común bastante anunciado y que azuza la mediocridad creativa. Lo confieso sin asomo alguno de remordimiento. Antes me preguntaba ¿qué idiotez sentimental llevaba a tantos y tantos escritores a derramar añoranzas en las mismas páginas que antes de partir habían prometido atiborrar con las experiencias espectaculares de un nuevo mundo? Hoy la pregunta es otra, más oscura y sencilla. ¿Cómo evitarlo?
Aún no sé.

 

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