Cuba y las migajas de la Casa Blanca

Mendrugos yankees.
De mano con la necedad criolla
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Quizás desde la caída —física— de Fidel Castro no se habla tanto de Cuba en la comunidad internacional. Incluso su separación del cargo de Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros no tuvo el seguimiento que algunos esperaban, en buena medida porque se sospechaba que ya fuera desde un hospital o cualquiera de sus casas, el viejo líder de la Revolución Cubana seguiría con la batuta en la mano ostentase o no los cargos que avalan dicha responsabilidad y, de esta suerte, el proclamado “cambio” que algunos imploran y otros temen seguiría sin llegar.
No obstante, hoy el nombre de la mayor de las Antillas suele adornar los titulares de las primeras páginas de los diarios extranjeros. Y es que ya no se trata únicamente de cubrir los movimientos internos que estremecen a la isla sino de las acciones políticas que Estados Unidos lleva a cabo en relación a ella.
El anuncio, el pasado 10 de marzo, por parte de la administración de Barack Obama sobre el levantamiento de algunas restricciones que afectaban no a Cuba —esa es una generalización engañosa, aunque muy a la larga pueda ser cierta— sino directamente a los cubanos que intentan disimular con dinero y fotos la escisión familiar, fue bien recibida por casi todos los que permanecen en el interior de sus fronteras.
No sucedió lo mismo para quienes engordan bajo el sol miamense. La autorización a sus connacionales para viajar al terruño natal anualmente —no cada tres años como exigen las normas vigentes— y el envío de remesas por un monto máximo de ciento setenta dólares diarios a sus parientes hiere los propósitos de quienes luchan contra Castro meciéndose en los portales de sus residencias.
Claro, ¡clarísimo!, que las remesas implican una entrada fácil de dinero para el gobierno cubano —irónicamente por causa de la pésima situación económica que este mantienen en el país—, pero la crisis vitalicia de Cuba no será solventada por los dólares que los buenos “gusanos” manden a su parentela, aunque bien puede oxigenar la precaria situación de quienes lo reciben.
Digámoslo así: colocarle gafas oscuras a un ciego no le hará recuperar su vista, pero sí lo hará sentir mejor. Ese es el parecer del cubano común. Cuando colocamos en una balanza lo que se lesionó a la administración castrense y lo que se lastimó al pueblo mientras permanecían las restricciones que acaban de anularse es obvio que los segundos llevan la peor parte.
Resulta fácil para quien no las sufre promoverlas. No es de extrañar entonces que dos senadores de origen cubano —Mel Martínez, de Florida, y Bob Menéndez, de Nueva Jersey— rechazaran inicialmente la propuesta en el Congreso. Tampoco que un grupo encorbatado de Miami insista en tensar las relaciones con Estados Unidos, a sabiendas que de esa tirantez cuelgan sus ingresos.
Es obvio que la luz no va a regresar a Cuba por la nueva misericordia de La Casa Blanca, pero al menos las tinieblas se harán más llevaderas para algunos. El embargo permanecerá inalterable por el momento y con ello ya tienen para darse por satisfechos los que pretenden arreglar los problemas de Cuba a noventa millas de sus costas.
Las verdaderas preocupaciones siguen pesando en las espaldas de quienes están en la isla. El más importante levantamiento de restricciones debe proclamarse desde adentro y no desde afuera del país. Nadie vaya a pensar que por la última movida norteamericana van a desaparecer las colas en los establecimientos, las precarias condiciones del transporte público —¿qué decir del particular, prácticamente inexistente?—, las limitaciones para desarrollar la iniciativa privada, las prohibiciones para viajar a otras naciones o, más sencillo, el pedazo de carne que se ajuste a todos los bolsillos.
Un grupo de afortunados verá aumentar su patrimonio a costa de la rebaja en el número de sus familiares; los pioneros en las escuelas entenderán cada vez menos la utopía nacional de que “todos somos iguales”; el número de vagos en las esquinas se multiplicará; el mercado negro adquirirá nuevos bríos; las pruebas de que “afuera” las cosas son mejor se materializarán y, por tanto, los planes de escape se incrementarán.
Mientras tanto, Estados Unidos esgrime la iniciativa frente a la comunidad internacional para remendar su maltratada imagen y Cuba, como de costumbre, acepta las migajas del norte igual que antaño, cuando era la URSS quien lanzaba los mendrugos. |