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Profeta en otras tierras... nuevamente


Un ejemplito.
De este incluso fui fundador

Primera aclaración: Confieso que utilizo el término profeta sólo para apoyarme en la solidez que todo refrán popular aporta y para nada en esas dotes de vidente que los periodistas, a veces y por necesidad, intentamos hacer nuestras.

Segunda aclaración: Decir nuevamente en mi caso puede resultar pretensioso porque ya es sabido que Cuba no se incluye en la lista de naciones que permite rubricar extranjerías con mucha facilidad y la suerte que me ha tocado de traspasar sus fronteras se debe en buena parte a una burocracia mal estructurada, mi extrema perseverancia personal y alguna disposición celestial que favorece a este agnóstico reflexivo, acaso con mayor frecuencia de la que verdaderamente merece.

Tercera aclaración: Asegurar en el mismísimo título de esta columna que se trata de otras tierras es una fanfarronería imperdonable y a la cual sucumbo por mero acomodamiento léxico pues acudir al singular en lugar de ese plural turbio y por tanto menos inmediato se me antoja terrible a la par que harto comprometedor. Quizás sea cierta mariconería intelectual pues para mí, hasta hoy y con la esperanza de que esa marca cambie pronto, como otra no ha habido sino una única tierra —México, para ser exacto—, pero a la cual le estoy enteramente agradecido por sus puertas abiertas... y los tacos, claro está.

Ahora bien, inexactitudes a un lado, el núcleo de estas líneas engulle la extraña circunstancia de un propósito que me fue esquivo en mi propio país. Recuerdo que los años de 1997 y 1998 resultaron apocalípticamente1 exitosos para mi incipiente carrera como escritor. Se anunciaba entonces la aparición de El nieto del lobo —que tardó otros dos inviernos en realidad—, me hice de varios reconocimientos a nivel nacional en concursos, una beca, se me solicitó muy pronto otro libro para ser publicado, ingresé a la Asociación Hermanos Saíz, acepté temerarias lecturas en público2... en fin, toda una serie de justificantes que no detallo para no pecar aún más de petulante y que me llevaron a ser estigmatizado entonces con la contagiosa y peligrosa frase de “joven promesa de la literatura cubana”. Leyenda que muchos colegas, tiempo después, aún luchan por sacudirse de encima.

Sin embargo, ninguna de estas señales de avance y posterior consolidación me sirvieron para lograr un pequeño sueño: impartir un taller literario, no importa si por un día o para la eternidad pues intuyo que en algún lugar de mi ser buscaba reciprocar las sesiones de las cuales yo mismo me nutrí por varios años.

A diferencia de lo que suele ocurrir con la mayoría de los escritores que conozco, que se jactan de su carácter autodidacta —sea verdadero o no— para quienes sentimos una fuerte inclinación por la pereza y que, además, solemos sucumbir fácilmente a las más banales tentaciones, resulta imprescindible aferrarnos a la disciplina si queremos salir adelante. Por supuesto, no hay mejor forma para respetarla que saberte comprometido, ya sea con un tutor o con tus compañeros de turno. De esta manera, al menos en mi caso particular, los distintos talleres literarios3 me sirvieron, ante todo, para hacerme de un espacio donde podía confraternizar con otros que compartían mis inquietudes —debo agregar a mi lista de defectos que, además de ocioso y dado a las tentaciones, soy bastante poco sociable— a la par que me imponía una excusa práctica para sentarme a escribir con mayor frecuencia a la acostumbrada y, de camino, ¿por qué no?, acceder a una guía teórica que en muchas ocasiones no fue nada desdeñable.

Entonces, ¿qué pasos debía seguir para que Cuba, símbolo de buena educación a nivel mundial, me diera la oportunidad de enseñar cuánto había aprendido? Sospecho que mi poca relación con las instituciones y los altos círculos académicos pronto me hicieron pagar los dividendos. Lo más que alcancé, poco antes de marcharme, fue la promesa de un local para desarrollar un taller con el auxilio preciosísimo de Rafael de Águila. Temo que, luego de mi partida, tampoco ello fue posible, al menos para Rafa.

De esta suerte, no es raro que me sienta sorprendido y hasta ufano porque recién me acaban de llamar aquí en México, país que me cobija pero en el cual sigo siendo extranjero, para impartir en la Ciudad de Sabinas y Acuña sendos talleres literarios. Sigo sin codearme con los funcionarios culturales —por estas latitudes, tanto peor, conozco si acaso un par—; sigo luchando con mi haraganería habitual para escribir; lo que es más terrible, sigo con el pavor a la página en blanco; pero, por fortuna, sigo también con estos deseos inacabables de enseñar. Ojalá pueda demostrarlo mañana en Cuba, pero por el momento sólo me alcanza la satisfacción para agradecer a quienes eligieron mi nombre de no sé dónde y demostrarle a otros, allá en mi tierra, que la dejadez nunca estuvo de mi lado.

Notas

1. “Exitosos” porque no tengo duda acerca del impuso que me dieron aquellos premios, charlas, lecturas, ingreso en asociaciones y el anuncio de mi primer libro para darme a conocer en el ámbito intelectual cubano. “Apocalípticamente” porque aprendí de la peor manera que ni distinciones, ni convenciones, ni instituciones te hacen mejor escritor.

2. Curiosamente la primera de ellas fue en la Casa México que se encuentra en La Habana, ¿acaso una señal de mi futuro?

3. Y que han sido de los más variados matices, desde sencillos como el municipal de Boyeros, hasta nacionales en el caso del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, pasando por el provincial de Amir Valle o la cofradía cariñosísima que se desarrolló en la Casa de Escritores de 10 de Octubre bajo las alas de Mercedes Melo Pereira.

 

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