Amigos de fiestas, no de negocios

SINA. La fiesta del "enemigo"
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La noticia de que la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba no invitó a su acostumbrada recepción diplomática a ningún representante de la disidencia y sí, en cambio, a un buen número de artistas y personajes vinculados de un modo u otro con la esfera oficial del gobierno castrista, es un balde de agua fría para la oposición que deja en claro dónde los tiene la administración de Barack Obama.
Luego de más de una década de hielo cortante —en este lado del mundo no cesa realmente la Guerra Fría— es lógico que este cambio de rumbo llame la atención. Las otras recepciones, básicamente, servían para reafirmar la intención de apoyar un cambio político en la isla, por parte de La Casa Blanca, y en ese sentido bastaba abrirle las puertas por unas horas a intelectuales y dirigentes políticos contrarios a la Cuba comunista. Ahora, sin embargo, la idea es diametralmente opuesta y muchos hablan de “mejores relaciones” y una apertura de la nación al mundo —con todo y concierto de Juanes en medio—.
Como si supieran con que están jugando —y lo saben, eh... claro que lo saben— las autoridades de la SINA invitaron a todos los representantes de la prensa extranjera para asegurarse de que al día siguiente la noticia fuera el cuchicheo de las agencias informativas a escala mundial.
Según la BBC, un funcionario de la Sección de Intereses de los Estados Unidos confirmó que "los disidentes no fueron invitados" en esta ocasión y que, por primera vez desde el gobierno de Bill Clinton, "solo se cursaron invitaciones a artistas, intelectuales y académicos" y los funcionarios estadounidenses de mayor rango, incluyendo al jefe de la Sección, recibieron a todos los cubanos en la mismísima puerta de la residencia, estrecharon la mano de cada uno de los invitados e intercambiaron palabras amables con ellos.
Entre los más de doscientos invitados destacaron la presencia de los pintores Fabelo, Choco y Medivez, el ceramista José Fuster y los músicos Chucho Valdés y Juan Formel.
Ahora, mucho cuidado, una cosa es que te invite a mi casa para bailar y otra, muy distante, a mi cama para... lo que corresponda. El suceso es, ante todo, anecdótico, mas no olvidemos que menos de dos semanas atrás —exactamente el 14 de septiembre—, el presidente Obama renovó las sanciones económicas contra Cuba, al menos, por un año más.
Su mensaje es claro: puedo venir con las mejores intenciones del mundo, pero sigo siendo el máximo representante del país más poderoso del mundo. O sea, no regalará nada a nadie, excepto los panquecillos de una recepción y esos, porque los pagan otras naciones.
El cartel de “socialista” que muchos le han colgado al inquilino de La Casa Blanca le queda muy grande y no pasa de ser una mofa por parte de quienes no la tienen todas con Obama y no encuentran por donde endilgarle una buena sacudida política o ideológica.
No olvidemos que la relación Washington-La Habana ha dejado de ser terreno exclusivo de la diplomacia para pasar a ser un tema de política doméstica, particularmente en estados como Florida y Nueva Jersey, donde se concentra la mayor parte de la población de origen cubano.
Las negociaciones entre ambas naciones son demasiado delicadas para pensar que una fiesta en la SINA lo resolverá todo. Este detalle apenas se suma a una amalgama de intenciones (insisto, pretendidamente buenas) que intentan, a fuerza de acumulaciones, pesar lo suficientes como para provocar un cambio práctico que trascienda los estrechos horizontes de una mesa llena de papeles y diplomáticos.
Mientras tanto, pues lo de siempre. Esperar, esperar y esperar... a ver, para la próxima, a dónde nos invitan. |