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2008: Odisea de otro espacio

Periodista: ¿Qué desea, en el futuro, para sus hijos?
Bill Gates: Que puedan leer un buen libro.

De juntar piedras a combinar ceros y unos digitales. Mientras la evolución humana tardó millones de años, la sociedad echó a correr en apenas unos miles. Sin embargo, la aceleración mostrada por la creciente oleada de adelantos científicos no tiene precedente alguno. Su velocidad es vertiginosa y, para no pocos, representativa del camino a seguir. Ello, de seguro, nos encanta con sus múltiples perspectivas. Hay quienes hablan ya de una segunda Ilustración, otros del neoperiodismo y muchos se preparan para ingresar en la nueva comunidad virtual.
En el umbral del siglo XXI una singular odisea se presenta ante todos nosotros, Ulises obligados en el tiempo que nos ha tocado vivir. Las tecnologías de la informática y la comunicación viven su momento de máximo esplendor. Ítaca ha dejado de ser destino para convertirse en punto de partida. ¿Qué sentido tiene un retorno cuando persiste un horizonte por descubrir? Si hay un más allá, es imprescindible alcanzarlo. Así lo dicta la dinámica que nos rodea, donde todo parece tan rápido,  tan fugaz… hasta nosotros mismos.

Solo sé que no sé nada… la que sabe es mi PC

El terror pudo haber comenzado con Sócrates. El insigne filósofo denostaba furibundo en contra de la escritura. Aquello de resumir con símbolos las bondades del pensamiento terminaría por atrofiar el cerebro humano, decía, y conspiraba directamente contra el uso de la memoria y la obligada reflexión. La sabiduría entonces se almacenaría cual viejos trastes de cocinas que habrían de ser heredados por las generaciones subsiguientes sin que estas se esforzaran lo más mínimo por entender de dónde procedían las ideas atrapadas en los trazos de algún escribano. Asimismo el diálogo, instrumento básico de discusión, se vería afectado por el peligroso anquilosamiento que implicaba la reproducción exacta de los conocimientos dictados de bocas de otros. ¿Dónde quedaría la innovación? ¿Dónde el margen de error capaz de propiciar una nueva arista de especulaciones en torno a un asunto? ¿Dónde, pues, el dinamismo imprescindible para que el intercambio de ideas deviniera fuente de sabiduría?  
Y luego, por si no bastara la aparición de la escritura, los rumores resultaron ser absoluta verdad. Se había inventado una máquina capaz de multiplicar caracteres imprimiéndolos a una velocidad infernal sobre pliegos que amenazaban con cubrir el mundo entero. Ya no se hacía imprescindible la paciencia del monje, encerrado en su torre monasterial, y que convertía en obra de arte cada trazo esgrimido encima de un papel. Cientos, miles de hojas rellenas a mano, duplicaban la valía de cualquier creación gracias al esmerado empeño de un hombre que doblado día y noche sobre un escritorio convertía en motivo de admiración las más diversas quimeras intelectuales, así desfilaran por entre sus dedos la esencia bélica de ciertos reyes o la magnificencia incomparable de los milagros divinos. Allí, en la consecuencia de su trabajo, en el aliento único de su esfuerzo personal, podían converger al unísono los quebrantos humanos o la perfección de Dios. Para unos y otra se hacía el espacio necesario y, también, a cada uno se le dedicaba el tratamiento justo acorde al tema, a la fuerza y el amor particular que sólo aquel escribano dedicado podía descubrir entre las líneas que iba dibujando, con selecta ortografía y singular pasión. ¿Qué máquina, por veloz que fuera, podría competir con la silueta sempiterna de ese ser anónimo? ¿Qué artefacto supliría el disfrute de la gratitud percibida ante la continua corrección?
Sin embargo, la imprenta muy pronto dejaría ser la novedad a reverenciar. A la necesidad de leer las historias sucedió el placer de escucharlas. Así, la radio logró una cercanía inaudita con un público que pasaba horas y horas cerca de su electrónico cuchicheo. Ya las noticias no parecían cosas del pasado, en buena medida se convirtió en una especie de diálogo —al menos esa mitad en que nos toca oír— donde un buen amigo nos pone al corriente de los sucesos importantes. Suerte de vecino omnisciente y con la capacidad de relatarnos indistintamente lo acaecido a unas cuadras de distancia o en el país más remoto. Se podían compartir las novedades con otras ocupaciones que en el caso de la prensa jamás se hubiese concebido. Mientras un operario de cualquier fábrica trabajaba se mantenía a la par actualizado con las crónicas nacionales. Ya las amas de casa no tenían que detener sus quehaceres domésticos para conocer el estado del tiempo al siguiente día o el último escándalo cultural.
La información, paulatinamente, se había convertido en comunicación. Mas fueron las imágenes, el entorno acostumbrado en el que a diario nos movemos, las encargadas de aportar el último empujón.  De cierta manera, la ciudadanía comprendió que el intermediario se había tornado transparente. Había un medio, sí, pero que apenas se limitaba a mostrarnos exactamente lo que antes había presenciado él. Nadie nos contaba el desastre a documentar. La hecatombe estaba allí, las llamas, los gritos, el hongo… lo estábamos viendo con nuestros propios ojos sin que persona alguna adornara la escena con adjetivos estrambóticos, sin que una mano tuviese la necesidad de redactar explicaciones. De alguna forma maravillosa, tecnológica, nos convertimos en co-protagonistas de cada suceso acaecido. La barrera que se interponía mediante esos códigos alfanuméricos que nuestro cerebro debía interpretar para darnos idea de cómo funcionaba el mundo circundante se había reducido a una sencilla pantalla de vidrio. Ella encerraba la verdad. Estaba en todas partes. Parecía emular al mismísimo Dios.
Entonces un proyecto universitario —aunque algunas fuentes lo circunscriben al ámbito militar— dio un nuevo paso en pro del desarrollo. Unió dos computadoras, y otras dos, y otras dos. La pequeña red se integró a una segunda red minúscula ya existente y ambas a una tercera por el estilo, y otra vez, a una cuarta, quinta... hasta que los pequeños núcleos interlazados perdieron su propia hegemonía para ayudar a conformar una telaraña funcional que enviaba ceros y unos de un microprocesador a otro, todavía de forma rudimentaria y acoplado a una alta dosis de conocimiento computacional para ser inteligible y accedido por el resto de la población mundial pero que, de cualquier forma, alguien arriesgó el término Internet a la hora de bautizarla.
En sentido paralelo, la velocidad muy pronto se convirtió en el as que todo buen científico ocultaba en su manga. Los chips multiplicaron su eficacia, también las conexiones y unos y otros dieron cabida al potencialmente flexible concepto WWW. Mecanismo proveedor de información electrónica para usuarios conectados a Internet. El acceso a cada sitio Web se canalizaría mediante un identificador único de cada página de contenidos. Atrás quedaría el vetusto Gopher, sistema que obligaba al usuario a moverse entre herméticas carpetas, siempre ligado a la benevolencia y habilidades del gestor de la información, único ente responsable de organizar la misma entre un sinfín de servidores disponibles.
Nada de eso,  el nuevo sistema permitiría a los usuarios —que ya se hacían llamar cibernavegantes— acceder a una gran cantidad de información: leer publicaciones periódicas, buscar referencias en bibliotecas, realizar paseos virtuales por pinacotecas, compras electrónicas o audiciones de conciertos, buscar trabajo y otras muchas funciones. Siempre auxiliados por un entorno amigable y donde un simple clic puede devorar kilómetros de distancia con tal de traer el contenido requerido por su ejecutor.
De esta fortuna Web —y no precisamente Internet, como muchos opinan— se encargó de poner la información al alcance de las personas sin que, para ello, cada individuo tuviera que hacer alardes de conocimientos de programación. Nuevamente la ama de casa, igual que antaño con la radio, podía compartir sus tareas domésticas con las novedades mundiales. Incluso podía superar las expectativas de entonces pues no sólo era capaz ya de acceder a la música que la “top ten list” daba por válida en el instante mismo que ella habría de inquirirla sino que podía proponer desde su casa temas musicales nuevos. Eso, en caso de que no prefiriera, sencillamente, dedicarse a escuchar la canción de moda mientras volvía a la cocina para fregar la vajilla.
Todo cambio tecnológico incide directamente en la conciencia de las personas. Nuevos vocablos se incorporan al léxico de las mismas. Hoy es absolutamente normal escuchar hablar de  hipertexto, hipermedia, calcular velocidades no por kilómetros y horas sino por bytes y segundos, comentar acerca del último software o las capacidades descubiertas en un componente del hardware. Los temas y el modo de conversación de algunos de nuestros hijos hoy, más parecen fragmentos sacados al azar de alguna novela de ciencia ficción que lo que realmente son: plática diaria.
Para la mayoría de los habitantes de países del primer mundo —no se puede decir lo mismo de quienes tuvieron la mala suerte de nacer en los de tercero dentro de esta  escala— tener acceso a una computadora es algo elemental, no un prodigio exclusivo de la alta sociedad. De ahí que la posibilidad de contar con una herramienta común para visualizar los datos necesarios los hace cómplices del desarrollo y cualquier complicidad, ya se sabe, hermana. En tal sentido el denominado explorador o browser (Navigator, Safari, Explorer), facultado para mostrar en la pantalla una página con el texto, las imágenes, los sonidos y las animaciones relativas al tema que previamente se ha seleccionado, ha logrado mucho más que los miles de tratados y reformas que en términos sociales distintos gobiernos han proclamado en aras de crear un lenguaje y sentido afín a las distintas comunidades, no digamos ya en el ámbito mundial, si acaso en un estrecho espectro nacionalista. Curioso que el citado browser —conjuntamente con Internet y la plataforma Web— haya aportado mucho más que las proclamas ideológicas de los años ochenta y haya unido más a la gente que el miedo al terrorismo pregonado y recontrapregonado por los líderes políticos de hoy. La verdadera globalización, no hay duda, comienza en la pantalla de una PC.

Del dicho al hecho y del hecho al dicho

Espacio y tiempo parecen continuamente violentados a partir de las facultades que nos regalan los adelantos tecnológicos. La celeridad con que una noticia de último minuto —que pudo haber tenido lugar en los confines de Asia, África o la Antártida— llega a nuestros hogares se nos antoja espeluznante, cuando no antinatural.
De igual manera, el cúmulo de datos que ponen a disposición los diferentes medios de comunicación sobrepasa con creces las posibilidades humanas de ser debidamente asimilado. Hoy pues, el reto del profesional de la información ha dejado de centrarse  en las ventajas que antaño involucraba saberse poseedor de una primicia porque esta, en apenas segundos, dejaría de serla para convertirse en hecho debatido y multiplicado por cientos de miles de emisoras de radio, canales de televisión, artículos escritos y, claro está, sitios webs actualizados de inmediato en Internet. Pero el dilema sobrepasa la mera instancia de ser primero o segundo… hay que aportarle un extra a la circunstancia cimera del ya “ser”.
Por ejemplo, antiguamente en el ámbito noticioso, la televisión constituía —y actualmente todavía lo hace— una ventaja por sí misma al comparársele con la prensa o la radio. Aún cuando se ve limitada como ningún otro medio por los intereses de los dueños, el gobierno, las concesiones oficiales que le permiten salir al aire y la presión directa que ejerce la sociedad al ser cada uno de sus miembros parte de un público potencial de la programación que esta promueve, la sensación de cercanía y convencimiento que emana de sus imágenes no las tiene ni su prima hermana (la radio) ni su madre por antonomasia (la prensa). Era en el formato, que no en la noticia, donde residía su mayor poder.   
Con el arribo de Internet, sin embargo, esta facultad se vio fuertemente lacerada a partir de una realidad inédita. El singular espacio digital permite la conjunción de distintos formatos. Ya no se trata de escoger entre lecturas, audiciones o imágenes. Todas están disponibles, a veces independientes, a veces superpuestas o combinadas. Basta seleccionar a nuestro antojo para tener un caos informativo a disposición. Queda apenas optar por unos y otros para conformar los rasgos del mundo circundante y que, perfectamente, puede ser en consecuencia un lugar muy distinto al que habita el sujeto de la habitación de al lado. La tecnología simula habernos aproximado un poco más a Dios. Por tanto, nos creemos capaces de adecuar la naturaleza virtual —y/o real— según los caprichos que nos abordan y entender del mundo lo que queremos, cómo queremos y cuando queremos.
La gnosis del homo sapiens del siglo XXI evoluciona acorde a las necesidades de su entorno —así ha sucedido siempre—, sólo que la rapidez con que cambian actualmente esas necesidades responden a un estímulo hiperbólico ascendente. A esta situación ha de ajustarse también el periodista moderno. Ya se sabe que dominamos nuevos vocablos, nuevas herramientas, pero ¿y la información? ¿Hasta qué punto se puede considerar novedosa?
Buscar en Internet un término cualquiera produce, por lo general, millones de fuentes supuestamente provechosas. Basta dar un vistazo a algunas de ellas para convencernos de que el efecto es una falacia que se multiplica con infinita apariencia y nos lleva a pensar en cierta falla de origen técnico.  El detalle a estas alturas no resulta novedoso. Mucho se ha comentado en torno a la falta de seriedad de la información que se expone en la red de redes y tanto o más se ha criticado esta realidad. Sin embargo, la verdadera causa que provoca dicha proliferación de datos erráticos, lejos de ser un problema, resulta un beneficio. Y es que la facilidad con que hoy cualquier persona puede “subir” —sí, ya el verbo adquiere nuevos matices semánticos, al igual que en su momento lo hizo el sustantivo “ratón”— noticias, artículos o simples reflexiones para que todos accedamos a las mismas es particularmente notable. Nada de editores, nada de correctores, nada de censuras.
Nunca como antes, del dicho al hecho parece un trayecto mucho más arduo de seguir que del hecho al dicho. Concluido el motivo de noticia, comentar la misma y ponerla a disposición de la humanidad puede tomar un tiempo proporcional a la capacidad del periodista. Su talento es el único factor limitante. De esta premisa se deriva un corolario inevitable. La tecnología puede potenciar la habilidad de un trabajador de la información en la misma medida que es capaz de evidenciar su inaptitud. La esencia humana sigue siendo el eje del periodismo moderno. El ojo crítico, saber seleccionar la escena certera, buscar el vocablo exacto, no viene impulsado por modernismo alguno. José Martí, con pluma y tintero, fue en su tiempo un excelente periodista. De haber nacido hoy, también lo hubiese sido, mas no por Internet o una computadora de último modelo, sino por la fibra y la sensibilidad que siempre lo acompañaron. Aquel que para hacer valer su labor dependa estrictamente de ceros y unos, posiblemente en ceros y unos encuentre evaluado mañana su trabajo.
Igual sucede con los usuarios —lectores, espectadores, oyentes— que esperan encontrar, desde la facilidad de un clic, la respuesta a cada una de sus dudas. El siguiente ejemplo me parece ilustrativo. En una ocasión pedí a un grupo de alumnos que elaboraran un trabajo sobre organizaciones no gubernamentales establecidas en la comunidad. Al día siguiente nadie pudo entregarme una respuesta acertada. ¿Motivos? No aparecía nada en Internet, así dijeron. Curiosamente, a escasas cuadras de donde se desarrollaba nuestra clase, residían un par de ONG.
En uno y otro extremo de esa extraña cadena de articulaciones que conocemos por comunicación siguen apostados el emisor del mensaje y su receptor. Los códigos pueden haber variado, pero la esencia permanece invariable. Uno y otro no pueden desprenderse de la responsabilidad que les es intrínseca. No importa si utilizan señales de humo o pulsaciones digitales.
Por tanto, las arduas imprecaciones que uno y otro se lanzan a menudo, culpándose mutuamente por la escasa calidez y la difícil asimilación del ente informativo que ambas partes conforman, revela un sinsentido que viene a ser sustentado por la velocidad y nulo compromiso con que asumimos la vida. El mal periodista predice erróneamente que sobre adelantos científicos descansa el núcleo de su labor comunicativa. Por su parte, el aún peor usuario se adjudica la facultad de saberse complacido por el tumulto de fuentes viables que le salen al paso con cada pesquisa. Primero y segundo convergen en la facilidad de que un tercero —técnico o humano— satisfaga sus necesidades. El despertar, para esos casos, suele ser abrumadoramente frustrante.
Y es que el manantial capaz de saciar nuestra sed de conocimientos no se halla en ninguna otredad sino en nosotros mismos. Ello conforma la mayor paradoja ha inicios del siglo XXI. Hoy, cuando al fin tomamos conciencia del número de seres pensantes que representamos y los disímiles intereses que nos mueven, cuando podemos entablar contacto directo con ese individuo de religión extraña, nación de nombre impronunciable o sexo indefinido, cuando por fin el sueño añejo de una aldea global ha sido sellado, descubrimos con espanto que, mientras más comunicados estamos, más solos nos encontramos.

 
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