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A escondidas de la memoria
Cuento
Editorial Oriente
Año 2008
Número de páginas: 109
ISBN: 978-959-11-0564-6
 
- Mención "Luis Rogelio Nogueras" en 2000

- Incluye "Cuento de una señora sin nombre", Mención "Casa de Teatro", 2006; y "Época de Celo", Mención "Cirilo Villaverde", 2005

A escondidas de la memoria
 
Fragmento

No concibo el amor sin cartas. La sombra encorvada de un enamorado que hilvana líneas y líneas cada noche me convence. Mejor que las serenatas, digo, que una mujer histérica corriendo al lado de un tren en marcha. Agotadores pergaminos infectados por frases cursis. Te adoro. Te amaré toda la vida. Sentencias inevitables como la muerte. Y es que tampoco concibo el amor sin una muerte que lo enaltezca. Comienzo pues.

Y me detiene una idea mejor. Posiblemente la exégesis de mis intenciones artísticas. Si pretende convertirse en actriz debe aprender a sobrevivir sin su nombre. Una buena actriz, le explico, comienza siempre por renunciar a su nombre.

Te llamarás Lucrecia (así como otra mujer, a la orilla de un mar tranquilo, se dejó llamar Inocencia).

Querida Lucrecia.

Leyendo estas líneas te llevarás la sorpresa de tu vida y, acaso, me despreciarás. Pero no importa.

¿De qué se trata todo esto?, me interrumpe, recelosa. ¿Tiene que ver con la obra? Le pido que se deje llevar por la trama, pero le preocupa verdaderamente que pueda llegar a despreciarme. Es una especie de guión, resumo. El curso que seguirán nuestras vidas. De cualquier forma, asevera, no le gustaría verse en la obligación de despreciarme. Luego sonríe y me pide continuar.

Nos encontraremos el sábado 17 en el aeropuerto Kennedy, de New York, tú procedente de Lima en el vuelo de Lufthansa, y yo de Boston.Ahora critica abiertamente. ¿Qué hace ella en Lima y yo en Boston? Se me ocurren un montón de razones que no vale la pena definir. Le hago retomar por un segundo la insalvable distancia que separa al actor de su personaje, idéntico al abismo que nos separa de Dios. Es muy simple: mientras intentas hacer tuya la vida de otra mujer, ella asiente, todavía escéptica, yo pretendo hacer mío el ingenio de otro escritor. Me observa extrañada y, antes que imponga alguna nueva objeción, sigo extendiendo la carta que he de rendirle al final. Una limousine nos llevará a la Suite del Plaza Hotel. Tendrás tiempo para descansar, ir a la peluquería, tomar un sauna o hacer compras en la Quinta Avenida, literalmente a tus pies. Profesional, imbuida, la veo en medio de un esfuerzo agotador, trocando la limousine por un bicitaxi, la Suite del Hotel Plaza por la escalera del solar que usualmente me acoge, sin tiempo (ni dinero) para peluquería, sauna o compras. Para descansar sí, accedo, procurando ser jovial. Todo el que quieras. Apuesto que en ese momento le hubiese resultado incluso natural llegar a despreciarme. Esa noche tenemos localidades en el Metropolitan para ver la Tosca de Puccini, con Luciano Pavarotti y la Orquesta Sinfónica del Metropolitan. Con Radio Musical Nacional el detalle habría resultado oportuno y devastador. Un apagón, sin embargo, dio al traste con la idea. Quedamos, pues, apoyados en un escalón nosotros tres: Lucrecia, mi desvencijado Selena y yo. Creo que ya sé lo que buscas, asevera, tranquila. Trato de no escucharla. Cenaremos en Le Cirque, donde, con suerte, podrás codearte con Mick Jagger, Henry Kissinger o Sharon Stone. Ella insiste en pedir la palabra y, presuroso, advierto: me conocerás por Modesto, pero puedes decirme, cariñosamente, Pluto. ¿Por qué Pluto? inquiere, nacionalista, cuando Guaso o Carburo es mucho mejor. ¿Y para qué toda esta mierda? Se levanta, tremebunda. Si lo que quieres es templarme, aquí estoy.


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