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El aullido del lobo paraliza. Los ojos del lobo miran a través de quien le teme. El aliento del lobo deshiela a la presa y abre un trecho. La belleza del lobo es infinita.

El nieto del lobo, en su inocencia, juega a ser peligroso y agresivo. El nieto del lobo, aunque parezca un cachorro de perro, sabe en sus genes que también es un lobo, que nadie osará invadir su territorio, ni sembrar trampas a su paso, ni cortar su garganta, porque no hay nada más triste que un lobo muerto.

Es preferible jugar con el peligro, arriesgar una oveja, mirarlo fijamente, pero jamás huir. El lobo desprecia al hombre que huye. Ni siquiera persigue a quien le teme. En su infinitad majestad, sólo respeta a quien es capaz de buscar más allá, en el inicio del lobo.

 
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El nieto del lobo
Premio "Eliseo Diego", 1998
Premio "13 de marzo", 1998
Ediciones Ávila
Colección Capitel
Año 2000
Número de páginas: 103
ISBN: 959-7069-17-2
El nieto del lobo
 
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Fragmento

No es mi culpa si Davicito llora, si heredo los caprichos de un abuelo desconocido, si insisto en transcribir una historia (poblada de matices falsos) en una carta de cuya existencia no me fiaría. Si empujo mi vida hacia abismos probados (léase: una madre con afanes prostibularios, un padre borracho, la ausencia proverbial de cuatro paredes) cuando en realidad mi señora madre se casó virgen con mi padre, quien, a su vez (y hasta el día de su muerte) fue un señor muy católico que no faltaba a misa y me enseñó a rezar.

Yo tengo apenas un tercio de mis necesidades satisfechas (el horizonte que me envuelve) pues no consumo drogas y me repugna fumar. Esto (lo sé) no encaja con ninguna biografía que se respete, pero entiendan que sólo soy el personaje y, por tanto, estoy destinado a ocultar las limitaciones de quien escribe. Seguiré doblando muros dentro del infinito laberinto (¡oh, Borges!) de la literatura y lidiaré con la ignorancia (o extrema sapiencia) de mi esposa, que bien pudiera ser mi propia ignorancia (no me dejes caer en la tentación) aun cuando represente, en la mejor de mis improvisaciones, una actuación mediocre y falta de credibilidad (perfecta para cualquier personaje que no sea valorado por un lector: crítico, estudioso, reconocido idiota, otro escritor).

En tal caso, habría sido mucho más eficiente (¡convincente!) una historia así:

“Los buitres se tragan las esperanzas de una imagen que desea perder, incluso, las seis letras que la identifican. Ellos (ahora incluyo pequeñas dosis de estupefacientes o una escena increíblemente erótica, llena de penes rígidos y pezones por morder). Pudo no ser espectro, pudo ser hongo que crece lento, lento, a ojos de quienes (otra artimaña de finales de siglo ¿Marx? ¿Freud?). Dejémoslo como el aroma sublime de una gota a punto de suicidarse (posiblemente hechos reales) con esa muerte heroica que describen los libros de historia (mera leyenda de proyectiles detenidos por intrépidos corazones).”

[Aquí se nota la ausencia de un enlace eficaz para]

La diferencia entre un bolero y una balada es algo que Mariela nunca logró hacerme entender. Canción es canción, y lamento ser yo (y no ella) quien absolutice de tal manera las cosas (simplemente “cosas”) pues siempre imaginé al escritor como un ser hipersensible que capta pasado/presente/futuro de cada suceso en la vida, aceptando, por supuesto, las benévolas fronteras de una imaginación abundante: falacia (lección directa desde un Faulkner mal asimilado).

Me cuesta el peso funesto de una doble personalidad (y no pretendo imitar a Kafka). Soy personaje con ansias de escritor (SE REPITE: estoy destinado a ocultar las limitaciones de quien escribe) y me desgarra la conciencia terrible de mi situación. El juego feroz. La traición cíclica e inevitable. Algo que Mariela (por decir Mariela) nunca podrá asimilar, por más que le explique las mil interpretaciones de un hecho o las mil formas de una interpretación. Igual a cuando se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendida como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer una fílulas de cariaconcia.

Entonces ella abría la boca y yo pasaba a caricatura de gato con pata de palo que corre frente a los balines (intrépidas nalgas mías) disparados por Mickey Mouse. «Si para ti canción es canción, no puedes dártelas de escritor» (quedo invariablemente como personaje) y Mariela gana otra vez. Sin embargo, aún conservo mis dudas. Me pregunto, por ejemplo, si Cortazar además del jazz , era capaz de asimilar un buen tango.

 

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