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Ya lo dijo José Martí: En silencio ha tenido que ser, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.
Este axioma justifica el recelo de los cubanos a la hora de hacer público cualquier proyecto laboral —no digamos ya cómo nos sentimos al tratarse de un plan personal—, sin embargo, he notado que tal costumbre no es privativa nuestra y más parece parte de la naturaleza humana.
Pertenezco a esa clase de individuos que, si no se proponen una meta, carecen por completo de la espontaneidad que los salve del fracaso. Dicho de otro modo, tengo que encontrar la manera de sentirme bajo presión o corro el riesgo de dejarme llevar por la corriente de la holgazanería.
Así pues, he de mantener constantemente un nuevo trabajo cociéndose a fuego lento. En este caso —y ya suma algunos años— pretendo terminar cierto libro de cuentos cuyo título, al menos por el momento, debe ser “Locas mías cosas”.
Espero que tanto sus historias como discursos justifiquen tan atolondrada referencia, pero como suele suceder, al final serán los lectores quienes le den el visto bueno en sus bibliotecas o lo sentencien al ostracismo para siempre.
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