A escondidas de la memoria, al descubierto de mí
Un libro ve la luz como lo hace un hijo, al menos antes los ojos de su padre, algún dichoso autor. En mi caso el parto, lanzamiento, suceso en fin, que ronda la aparición de mi último título se ha ganado un lugar en el relicario de anécdotas que me acompañarán el resto de mis noches. Dicen que la literatura es un reflejo (consciente o no) de la realidad circundante. Pues en este caso sucede justo lo contrario. La realidad duplica (acaso justifica) mi propia literatura.

Rafael de Águila. En plena lectura
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Se lee... o mejor, me comentan que se lee en la nota de contracubierta que el juego con el tiempo y el recuerdo, y el dramatismo de un instante en el que se concentra toda la existencia, son los centros imantadores de estas historias, marcadas también por el deseo, la envidia, la traición.
No pueden esas líneas describir mejor mi existencia actual y quizás, incluso, la esencia de A escondidas de la memoria. Del libro no sé (conozco poco de mí mismo, tanto menos de lo que a veces escribo), pero de los días que hoy se acumulan sobre mis espaldas puedo asegurar que tiempo y recuerdos ocupan las horas y, con las horas, cada minuto que dedico a saberme presente.
La extraña circunstancia de un libro huérfano no debe ser motivo de congoja, ni siquiera para mí. Se lo comuniqué más o menos así a Rafael de Águila, amigo que tuvo la bondad de hacer la presentación necesaria a sabiendas de que yo no habría de acompañarlo. Así también se lo comuniqué a Aida Bahr, directora de la Editorial Oriente, quien afortunadamente no puso reparo alguno por mi ausencia cuando otros bien pudieron evitar cualquier riesgo con una conservadora retirada del título.
Y es que a ese suceso raro que llaman “lanzamiento” acuden presuntos lectores que desean conocer una obra literaria, no al tipo ignoto y medio raro que desveló sus palabras. O, quiero pensar, la presencia del texto no debe ceder su lugar al autor. La primera ha de justificar al segundo, nunca a la inversa.

El libro. En las mejores manos
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Así insisto en tomarlo porque así es la única forma en que puedo asegurar que todo salió bien. Cuando en una sala calurosa se reunieron familiares, amigos, colegas de oficio y, los más importantes, completos desconocidos que pretendían acercarse a la obra del tal por cual cubano con dudoso apellido inglés. Cuando Rafael de Águila leyó su discurso “Edgar London o la memoria como ludotecnia del tiempo”, pieza literaria por sí sola. Cuando adivinó, además, mis intenciones y concluyó su texto con un pedido extraordinario:Ahora quiero hacer algo que estoy convencido Edgar hubiese hecho de estar acá, a nuestro lado, quiero llamar a su pequeña hija de cinco años, para que sea la primera que toque el libro de su papá, y lo enseñe a caminar hacia ustedes, los lectores. Cuando aparecieron las lágrimas de mi niña. Cuando las personas aplaudieron. Cuando el evento concluyó y abandonaron el recinto, en curiosa afinidad genealógica y causal, un libro sin autor, una madre sin hijo, una hija sin padre.
A uno y cada uno de los que estuvieron presentes mil gracias por asistir y una disculpa por no haber hecho lo mismo yo. Una vuelta de página jamás cubre una vuelta de vida. A mi hija, si se me permite la distinción, un agradecimiento infinito por existir y mil disculpas por no ser yo quien la aburra con mis historias antes de acostarse a dormir. Quiera la suerte que nuevamente, como alguna vez la salvó de las palabras y el adiós, su corta edad la ponga a buen resguardo de mis más grises tendencias.
Hoy apenas sé que me ha nacido un libro allá en Cuba y no cuento aún con la suerte de acunarlo entre mis manos. Pero sé también que los pequeños dedos de mi hija ya repasaron sus páginas, que de cierta manera acariciaron mis sentimientos, mis congojas (las viejas y las recién abiertas) y puede que hasta esta añoranza demasiado antigua que me recuerda con kilómetros y días el aroma de sus cabellos en mi última caricia. A ella todavía le debo la falta de imágenes graciosas entre tantas páginas y un beso que no por tardado deja de asomarse desde su escondite favorito, allí, en el fondo de ese bolsillo agujereado que continúa siendo mi memoria.
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