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Ese misterio de enseñar
¿No he tenido que estar en relación con la soledad,
saber el vacío y a la vez enseñar a los demás?
J. W. Goethe
Fausto
Sospecho que se trata de cierto misterio genético.

Entrega total.
Hoy el magisterio forma parte indeleble de mi vida
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Mi abuelo materno fue maestro. Su casa constituía apenas una extensión de la escuela en que impartía clases. Aunque quizás llamarle “escuela” sea una definición inexacta. Se trataba, con mayor rigor, de un par de cubículos que servían de aulas en medio del campo habanero. A ello agréguele una tercera recámara que de alguna manera fue creciendo hasta convertirse en un domicilio escueto y siempre ocupado por la penumbra. Otro enigma que nunca llegué a solventar en mi infancia, ¿por qué, con tanta luz afuera, prevalecía tamaña oscuridad adentro? Quizás era el exceso de mosquiteros para cuidarse de los insectos o el moho que poco a poco carcomía las paredes. Todavía lo ignoro. En cambio, sí puedo asegurar que todos los habitantes de la zona conocían dónde habitaba “el maestro”. Incluso cuando dejó de enseñar a diario. Incluso cuando la escasez de viviendas obligó a convertir los salones en nuevas moradas para otros inquilinos que jamás pensaron en estudiar. Incluso, me gustaría creer, después de su muerte.
Mi padre, por el contrario, jamás pensó en ser docente. No obstante, sin serlo (y yo sin comprenderlo todavía), se alistó en la campaña de alfabetización a inicios de la Revolución Cubana. ¿Cómo le fue o a cuántos instruyó? ¿Quién sabe? No habla mucho de ello, pero conserva la medalla que le otorgaron por la gesta. (Desde muy temprano la Cuba socialista empezó a repartir iconos que alababan el comprometimiento político social). La imagen de mi padre frente a un grupo de estudiantes se me antoja tan extraña como la mía propia tras un torno, donde él ve pasar su jornada diaria de trabajo. La única diferencia es que mientras sus manos alguna ocasión se mancharon de tiza, las mías siguen vírgenes de limalla. Acaso un día valga la pena comentar su experiencia o, tanto mejor, sepultarla para siempre. Otra vez, ¿quién sabe?
Mi madre, así suele acaecer a menudo, personifica el polo opuesto. Aún no alcanzaba la mayoría de edad cuando ya socorría a mi abuelo en sus funciones magisteriales (siempre le ha parecido injusto que no consideren los años que impartió clases siendo menor para calcular esa prolongada trayectoria educativa que ya rebasa de manera oficial las cuatro décadas). Es tarea cuasi imposible señalar un cargo docente que no haya ocupado. De sencilla maestra escaló posiciones hasta convertirse en directora (también sencilla porque los ingresos de cualquier académico en Cuba son bastante magros). Como sólo sucede con las profesiones que se atienden por verdadero amor hizo hasta lo increíble para alcanzar el grado de licenciada sin perder un día de trabajo. Con sus medallas y diplomas puede abarrotar un museo (reconozco que a veces me duele ver tanto papel sin respaldo en oro) y por su desempeño laboral tuvo el privilegio de pocos pedagogos nacionales: el Consejo de Estado la invitó para, ya es de imaginar, reconocerla con otro de sus estímulos espirituales. El propio Fidel Castro, entonces presidente de la República, sirvió de anfitrión y se tomó una foto con ella, misma que prometió enviarle a nuestra dirección. Desafortunadamente, ya son harto conocidas las lagunas que inundan la memoria del ex Comandante en Jefe. Temo que mi madre, en secreto, sigue a la espera de la dichosa estampa. De todas maneras, gracias a su profesión (que, insiste, jamás cambiaría por otra) atesora lindos recuerdos y una complicada cuenta que no logro entender sobre el tiempo que le resta por trabajar para que en el momento de su jubilación el porciento a recibir de su salario parezca menos ridículo que otro más o menos igual.

Estirpe docente. Madre, hermana, padre… de un modo u otro se entregaron a la enseñanza
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Tal vez por eso mi hermana ni siquiera cumplimentó el tiempo que le correspondía a su servicio social para ratificar la carrera de Licenciatura en Pedagogía. Un viaje a Rusia, primero, y un cambio de ocupación a su regreso, la apartaron de aulas y estudiantes luego de cinco años de estudios universitarios. Sin embargo, en la actualidad, no creo realmente que le doliese mucho su obligada metamorfosis.
El sector educativo en Cuba adolece de una circunstancia singular y francamente paradójica: su imagen externa no combina con su realidad interior. Al estilo de esas familias que se visten con los mejores atuendos al salir a la calle sin tener nada que comer en la alacena de su casa, el gobierno de La Habana ha recreado una curiosa leyenda alrededor de su sistema educativo. La estrategia propagandística le ha funcionado muy bien al otro lado de sus fronteras. La condición de gratuidad que gozan los nacionales para recibir clases en todo el archipiélago —no importa el nivel académico—marca una pauta cualitativa que incide en el cuestionado funcionamiento de las escuelas privadas a escala internacional. Si a este distintivo sumamos la exportación de maestros a zonas rurales o marginadas de países tercermundistas (a cambio de otros recursos, claro está) no puede menos que considerarse a los docentes criollos como excelentes herederos de las prácticas de Diógenes.
Acaso porque igual que el viejo griego, los maestros no sólo deben transmitir sus conocimientos sino que más de uno puede haberse visto tentado a vivir en un barril (no por voluntad, sino por una necesidad que poco le debe a metáforas). El cetrino contexto que emparenta a los educandos cubanos sobresale por encima de las sonrisas con que se adornan ciertos anuncios en fechas específicas (verbigracia, el día del maestro).
Sin duda, el éxodo masivo de los educadores es la máxima demostración de un fenómeno que intenta ser disimulado a toda costa por el gobierno. Ahora el vacío de las aulas se intenta equilibrar con tecnología. Las teleclases conforman una herramienta idónea siempre que se utilice para apoyar al profesor, pero de pobres resultados si pretende sustituir a este. También se multiplica la presencia de los polémicos “maestros emergentes”, jóvenes que aceptan asumir tan delicado rol para aprovecharse de los beneficios inéditos que no poseen otras carreras (vivir en la capital, quedar eximidos del Servicio Militar, por citar un par) y cuyo promedio de estadía en una escuela finalmente no supera los tres años. Ello, cuando no reclaman la “voluntariedad” (advierto que las comillas implican ironía, no duda por un gesto que se reconoce apócrifo) de profesionales abortados de otros ramos, sin dominio de la pedagogía, pero colocados frente a un grupo de muchachos que lo observan con la misma curiosidad que su forzado preceptor.
Ese pudo haber sido mi debut magisterial. El día que, en Citmatel, mi primer centro de trabajo (si la memoria no me falla, entonces aún respondía a las siglas de Cedisac) firmé un papel donde me comprometía a impartir clases para ayudar a la Revolución. ¿Dónde? No sabía. ¿Cuándo? Tampoco. Pero muchos dejaron su rúbrica estampada en el documento.

Primeros pasos. En 2000, mientras impartía un curso de computación
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Afortunadamente tuve la suerte de no ser requerido. Temo que una experiencia para la que no estaba listo psicológicamente me habría desterrado del camino que hoy sigo con gustoso ahínco. Habría sido lo mismo que truncar la posibilidad de hacer el amor con la ocurrencia de una violación.
Por supuesto, la curiosidad ya germinaba en mí y, poco a poco, como una caricia, como un beso furtivo, fui descubriendo ese cuerpo hermoso que resultó ser la enseñanza. Muy joven aún arriesgué los primeros pasos. Cursos pequeños, repasos, talleres de escasa duración, asesorías a mis propios colegas, conformaron los primeros acercamientos. Me gusta pensar que sus buenos resultados me animaron a seguir adelante.
Ya en 2001 decidí someterme a exámenes para impartir clases de manera profesional y el Instituto Superior de Relaciones Internacionales de Cuba (ISRI) me confirió la Categoría Docente Principal de Instructor Adjunto1. Allí mismo me contratarían cada año para hacerme cargo de algunos cursos de computación, especialmente los relacionados con el diseño y creación de sitios webs. De esa época no se me desprende la extraña sensación que me causaba conocer a mis alumnos el primer día. No era para menos, por mucho tiempo siempre fui el más joven de los que ocupábamos el salón.

En Acuña.
El taller literario es uno de mis trabajos preferidos
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Sin embargo, fue México el lugar que me dio la oportunidad de adentrarme por completo en las labores docentes. Primero la Universidad Autónoma del Noreste y posteriormente la Universidad del Valle de México (ambas en sus respectivos campus Saltillo) me abrieron con gentileza sus puertas. Así lo hizo igualmente el Instituto Coahuilense de Cultura al poner en mis manos la conducción de talleres literarios en distintas ciudades, una modalidad a la cual le tengo inmenso cariño por mi propia relación con otros talleres en Cuba. Quizás mi nacionalidad sirvió de ayuda a la hora de ingresar... no sé, y verdaderamente no me interesa averiguarlo. A fin de cuentas mientras la fama de mi país me salva, su realidad me estremece. Prefiero pensar que de alguna manera se distinguen por sobre mis hombros las horas de planificación, las charlas educativas y la aureola pedagógica que siempre caracterizó mi entorno hogareño.
Si de pedir se trata, (si soñar se puede), quisiera descubrirme en los años venideros formando parte de alguna institución docente, perpetuando esa secuencia que inicié con shorts en algún círculo infantil y que no murió (sólo cambié de posición en el aula) tras mi graduación en la universidad. Por eso no me llamo maestro ni estudiante. Acudo al término académico, más amable y flexible, aunque (imposible negarlo) pocas cosas me dan más goce que voltear la cabeza en el lugar menos esperado cada vez que alguien, para saludarme, me llama “¡profe!”.
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Materias impartidas en universidades y otros institutos docentes
Asignatura |
Carrera |
Universidad del Valle de México (2009 hasta la fecha) |
| Guión y producción documental |
Lic. en Comunicación |
| Informática avanzada para mercadotecnia |
Lic. en Mercadotecnia |
Universidad Autónoma del Noreste (2008 hasta la fecha) |
| Periodismo electrónico |
Lic. en Comunicación |
| Periodismo en radio y televisión |
Lic. en Comunicación |
| Redacción para medios de comunicación |
Lic. en Comunicación |
| Lenguaje cinematográfico |
Lic. en Comunicación |
| Producción cinematográfica |
Lic. en Comunicación |
| Seminario de educación y tecnología educativa |
Lic. en Comunicación |
| Análisis semiótico de mensajes |
Lic. en Comunicación |
| Historia de la literatura española |
Lic. en Idiomas |
| Introducción a la lingüística |
Lic. en Idiomas |
| Preceptiva literaria |
Lic. en Idiomas |
| Seminario de conflictos culturales |
Lic. en Idiomas |
| Comercio electrónico |
Lic. en Mercadotecnia |
| Diseño de sistemas |
Ing. en Sistemas |
| Proyectos de desarrollo de sistemas |
Lic. en Sist Computacionales |
| Desarrollo de aplicaciones en Internet |
Lic. en Sist Computacionales |
| Administración de la función de la informática |
Lic. en Sist Computacionales |
| Planeación Estratégica |
Lic. en Sist Computacionales |
Instituto Superior de Relaciones Internacionales (2001-2006) |
| Creación, diseño y programación de sitios webs |
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1. Cuatro años después el Instituto Superior de Relaciones Internacionales me ascendería a la Categoría Docente Especial de Asistente Adjunto.
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