Los hijos, dicen los religiosos, son la máxima bendición de Dios. Los hijos, decimos otros, son el mejor regalo que nos puede dar la vida. Los libros, diríamos algunos escritores, son como los hijos.
Ese primer momento en que hojeamos la transposición de días y noches de trabajo solitario sólo es comparable al primer momento en que cargamos nuestro vástago. Metamorfosis que más parece salida de antiguos hechizos que de procesos naturales o editoriales. La fragilidad de unos miembros que se escurren entre nuestras manos asemeja la suavidad con que se deslizan las páginas entre los dedos. El deleite con que nos seduce el olor a libro nuevo apenas es comparable al aroma de un recién nacido.
Pero, claro está, todo puede ser reducido a mi propia percepción romántica. A veces quisiera imaginar que se trata de un simple trabajo intelectual. Un producto hecho para venderse. Quizás exento de verdaderos valores. Montón de papeles que responden perezosamente a cierto orden. Nada atractivo, nada seductor.
Y es entonces, con la indiferencia de la gente que pasa frente a las vitrinas, que acaricio la idea de tener ese libro siempre conmigo, en la cabecera de la cama, hablándome, contándome sus últimas proezas lúdicas, describiendo el amor venidero y acompañándome hasta el final de mis horas. Mas nada ocurre. Al final, los libros terminan por marcharse. Así también los hijos.
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