"Todo tiempo pasado fue mejor". Es una máxima embustera que solemos aceptar sin mayores dificultades y que, en mi caso al menos, se justifica por la abundancia de temas que antaño poblaba mi cabeza. Ahora, en cambio, siento que con cada despertar pierdo cabellos e ideas a mares.
Por esa razón cuido con frenético interés cualquier argumento que me parezca medianamente interesante. Lástima que, también con los años, incorporo manías que poco ayudan a la suma de tópicos asequibles. Me he vuelto selectivo hasta la crueldad y, por si no bastara, desconfío bastante de mis propias ocurrencias. La combinación resulta nefasta para desarrollar una obra que alguien pueda llamar “prolífica”.
(Des)afortunadamente otros elementos inciden para, a veces, salvarme, y en ocasiones, hundirme. Puede ser un jefe autoritario que impone temas como quien reparte acusaciones; la ocurrencia de una fecha que obliga a la conmemoración, el aniversario, la remembranza; un concurso literario conveniente en extensión, tiempo de entrega, pero, ah, sobre cuestiones inexploradas; incluso, una apuesta —la cual jamás he de pagar— que me anima a escribir algo baladí.
Habría más razones, pero no vale la pena enumerarlas. Basta decir que este hato de circunstancias alrededor del cual gira mi vida me ha llevado a circunscribir, asimismo, una órbita en torno a ciertos temas que me parecen lo suficientemente atractivos para dedicarles algún tiempo —el arte, Cuba, México y azarozas incidencias mundiales—. No aseguro que sean todos ni que mañana jamás varíen. Sin embargo, por el momento, es cuanto me animo a ofrecer. |