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Literatura cubana de hoy, esa cosa medio rara
Otrolunes.com - 5 de marzo de 2012

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“No hay una obra cumbre”, me dice R. entre encabronado y melancólico. “Ni siquiera (prosigue) un autor que marque cierta pauta que nos sirva a los demás como referencia”. Hablamos, o intentamos hacerlo, sobre literatura cubana contemporánea. Eso, entre regaños a mi hijo que no deja de molestar y vistazos a mi hija que juega con la suya (con la hija de R., quiero decir), hermana más que amiguita, como se dicen entre ellas, y como nosotros (también en acuerdo tácito) quisiéramos calificar a esa cosa medio rara que asumimos con el nombre de literatura y el no menos arduo apellido de cubana. Una amiguita caprichosa. Alguien con quien no se puede salir cada vez que se pida, sino cada vez que nos otorgue el privilegio; el mismo que, para colmo de rencores, hemos de compartir con otro montón de colegas. Todos tras la misma meta: que nos abra sus puertas, ya que no sus piernas, y nos permita conformar parte del selecto club de escritores criollos.

Ahora, claro, me permito dos desgloses explicativos. Primero, nadie asocie su carácter selecto con elucubraciones elitistas. Craso error. Su sentir participativo se sustenta con criterios menos diplomáticos; a veces, seudocríticos; a veces, sentimentales; a veces, cualitativos; siempre de pertenencia (y en círculos oficiales, incluso de oportuna exclusión). Segundo, extiendo el calificativo de criollo a sus acepciones originales, pero sin enumerar ramificaciones en el árbol genealógico de alguien. O sea, basta que en algún recoveco familiar ya sea de primer, segundo, n grado, nos debamos a ese archipiélago que solemos simplificar a isla sin que nadie ponga en duda nuestra “cubanidad” porque un código postal denuncie latitudes que se alejan del trópico. Curioso y paradójico que muchos (o para muchos), a propósito del carácter criollo antes anunciado, pierdan su integridad nacional porque radican, justamente, en la madre patria.

Entiendo que R. no quiere, ni necesita, que alguien le indique el rumbo a seguir, pero le seduce la idea de saber dónde se encuentra. Trabajo de campo le llamaríamos en otra instancia del conocimiento. Posiblemente más científica y menos humana. Pienso que la relación con todo proceso intelectual vivo ha de representar, ineludiblemente, una hazaña atemorizante. En buena medida por su naturaleza variable, porque en cada vuelta de página, en cada palabra escrita, acecha constantemente el riesgo del error, cuando no del encono. Entendamos que, a diferencia de los clásicos que descansan aparentemente tranquilos en la eternidad, los autores vivitos y coleando suelen ser seres susceptibles y, la mayoría de las veces, respondones.

Recuerdo entonces a Salvador Redonet (quizás hasta lo menciono), sus múltiples avatares por intentar inscribir en su bitácora (y quienes lo conocimos sabemos que suponer una bitácora en su multiplicidad de papeles y agendas roídas es una exageración bastante benévola) la suerte diaria de un proceso escurridizo y, en ocasiones, literario. A pesar de contar con un espacio bendito para tales empresas, pensemos en la Facultad de Artes y Letras, donde se desempeñaba como profesor, y tener a mano los recursos, las obras y los escritores noveles que justificaban sus estudios de campo, la mayoría de las ocasiones tuvo que lidiar contra infinitos desacuerdos y críticas que, todavía desde su memoria, lo persiguen y, temo, a diferencia de los clásicos, no le dejarán descansar.

Sin dudas, es más sencillo referenciar muertos. Dilucidar, desde el presente, los vericuetos que otros entretejieron en el pasado. Algo así debo haber dicho, pero R. vuelve a la carga y amplía su quebranto. Aduce un océano de literatura contemporánea. Multitud de cuentos, novelas, poemas, ensayos que se entrecruzan en certámenes y tertulias literarias. Sin embargo, es una masa de muy poco profundidad. La ausencia de calidad lacera las propuestas y los temas son recurrentes.

Maldigo pues la sempiterna frase de “todo está escrito” por ponzoñosa, por irreverente, por tajante. Porque cercena los ánimos más furibundos y resquebraja la esperanza de una idea medianamente original. Quedo en desacuerdo con mi propio credo y guardo un discreto silencio. A veces pienso que tanto “cubaneo” deviene espejismo agotador y aburrido. La maldita circunstancia del agua por todos lados agiganta en demasía nuestros aparentes valores. Pero eso tampoco lo comento, quizás porque ya imaginaba el presente texto. Eso sí, acoto, de nada vale un océano de propuestas si no hay fuerza para provocar oleajes.

Lucubro un ejercicio pérfido. Sacar de Cuba a todos sus escritores residentes e intercambiarlos por quienes vivimos afuera. Fundir perspectivas. Arriesgar inéditos horizontes literarios desde la degustación de nuevos paisajes geográficos, con otras necesidades, otras aspiraciones. Por ahí debe nacer esa cosa rara. Por ahí habremos de recrear la literatura cubana. Por la aceptación de su común universalidad. No en una libreta de abastecimiento, no en la facilidad de un Chevrolet 57 que se desplaza frente al Capitolio de La Habana.

Me gustaría encontrar una excelente novela cubana que se proyecte desde una callejuela de París o respire en el desierto de Arizona. Y quiero decirlo al fin, pero mi hijo vuelve con una de sus canalladas. Parece que ha roto algo. Nos reímos. R. más abierto, yo con forzada educación y mayor expectativa. Espero no haya jodido nada importante. Y si algo se jodió que pueda arreglarse. Como si se tratara de nuestro patrimonio cultural, de nuestra rica historia o nuestra preciosa literatura. Asediada hoy por innumerables grietas, sí, pero que, entre tanto cubaneo y tema fallido, confío en que seamos capaces de recomponerla. Algo de esfuerzo puede servir, no menos perdones y, ¿por qué no? con cierta pizca del más cursi sentido del amor.


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