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Pero insisten en saber a quién le voy
Sitio Web Edgar London - 22 de marzo de 2016

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Aún no comienza el juego y la gente me pregunta a qué equipo le voy. Si a Cuba, aludiendo al viejo y conocido axioma del patriotismo… o a los Rays, equipo que sigo desde que surgiera, en el año 1998, cuando yo aún vivía en La Habana.

Comprendo la duda que, aunada a la necesidad de una definición que se sustente con un sí o un no, surge de manera natural entre algunos amigos y otros no tanto. Se trata de ubicar, rápidamente, a las personas en el bando que le corresponde. Creo que por eso a los cubanos nos gusta tanto el béisbol, porque es un deporte que no permite empate, como el fútbol, por ejemplo, que en ese sentido es mucho más dúctil, por no decir bondadoso.

Intuyo, asimismo, que la raíz de este carácter intransigente es algo inculcado, sobre todo para quienes nacimos y nos criamos dentro de la Revolución Cubana, cuando en las aulas de la escuela, la historia se impartía en blanco y negro, y resultaba muy fácil definir desde el principio quiénes eran los buenos (los revolucionarios) y quiénes eran los malos (los yanquis, siempre los yanquis).

Por eso, ahora más de uno se siente confundido cuando atestigua en las gradas del Estadio Latinoamericano a Barack Obama sentado al lado de Raúl Castro. Porque, de pronto, los cimientos sobre los que nos indujeron a erigir nuestro patriotismo se ven más sacudidos que las banderas de Estados Unidos y Cuba, ondeando una al lado de la otra, con el batir de un viento caprichoso y variante como la doctrina política que se baraja desde La Habana.

De buenos y malos, de los aquí y los de allá, se hace difícil hablar si los núcleos de uno y otro bando giran, repentinamente, alrededor del mismo eje (aunque, nótese, no en el mismo sentido porque Washington puja por sus intereses y La Habana.. bueno, La Habana sigue con el mismo discurso de siempre). Como sea, este movimiento, más simbólico, que práctico, le pone los pelos de punta lo mismo a los intransigentes que se mueven en Cuba que en el exilio.

Quizás me llamen utópico por excelencia, soñador o comemierda, pero insisto en ver el vaso medio lleno y no medio vacío. No se trata de llamar a milagros. Esto no es un cuento de hadas donde, al morir la bruja, todos sus males desaparecen.

Para empezar, la bruja ni siquiera ha muerto y, en la era de la democracia, se busca a toda costa evitar los linchamientos. Debemos aprender a convivir con duendes y brujas, saber distinguirlos y aprovechar lo bueno y sortear lo malo de cada uno.

Y a quienes insisten en preguntarme pero, por fin, a qué equipo le voy, se los resumo así. En mi armario, guardo una casaca de Longoria, máximo exponente de los Rays, en la actualidad, y a un lado, tengo otra de Rudy Reyes, el jonronero de este juego por el equipo de Cuba, y que tuve la oportunidad de conseguir en uno de mis más recientes viajes a La Habana. ¿Tengo que renunciar a una u otra camiseta porque ambos equipos se encuentren sobre el terreno? No lo creo.

Tampoco considero que, tras la novena entrada, alguien pueda decir que Cuba perdió este desafío. Nada que ver. Cuba ganó… y mucho. Ganó presencia internacional, ganó mayor solidez en una endeble relación que apenas germina, pero sobre todo, ganó esperanza. Esa esencia, ora magia, ora certidumbre, que multiplica los ánimos imprescindibles para lograr los cambios que muchos anhelamos y siguen, a lo cubano, en la lista de espera.


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