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La idiocracia o un tal por cual llamado Donald Trump
Otrolunes.com - 7 de marzo de 2016

Donald Trump
Trump en serio
La política como show... ¡y funciona!

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La película en cuestión la encontré al azar en algún canal de televisión, recién llegado a México, y su título (“La idiocracia”), realmente no me dijo mucho. Seguramente, el haberla visto le debe más a la pereza de presionar otra vez el botón de los canales en el control remoto que a un interés sincero de mi parte por disfrutarla.

El mensaje que maneja la cinta, sin embargo, se me hizo interesante, al margen de un argumento más o menos plausible, donde un hombre sumamente ordinario despierta de un experimento 500 años después y se encuentra en medio de una sociedad caótica.

Resulta que esta post sociedad ficticia rinde culto a todo aquello que hoy algunos aún consideran fatuo y la inteligencia no campea exactamente por sus fueros. Al contrario, le da espacio a mil y una frivolidades que van, desde el furor por las marcas hasta la imagen que proyectan las personalidades, como si se viviera en una eterna alfombra roja.

Hoy, diez años después, me llama la atención el carácter profético de esta película de bajo presupuesto y aún más bajo rating (se comenta que su estreno ocupó la menor cantidad de cines posibles, por el descontento de algunas marcas de productos que salían mal retratadas).

No haré una disertación cinematográfica, en cambio, prefiero centrarme en un personaje, interpretado por Terry Crews, que representa nada más y nada menos que al presidente de Estados Unidos.

Basta comprobar su vestuario para comprender por dónde viene la crítica. Su aspecto y su comportamiento recuerdan más la presencia de un actor de un reality show que a un político. Colores rimbombantes, pelo largo, aditamentos excesivos, gestos marcados, exabruptos constantes y, lo más importante, un interés excesivo por complacer al público, en detrimento de atender a los asuntos del Gobierno, me obligan a pensar en el actual candidato republicano, Donald Trump.

Hoy, la carrera por la presidencia de Estados Unidos, se hace sumamente interesante a causa de los dislates y disparates del magnate neoyorkino. Gracias a él, cada debate republicano es seguido muy de cerca, la gente lo aplaude, lo cita, lo sigue y, lo más importante, votan por él.

Ya el resto de la bancada republicana se percató de que Trump personifica una seria amenaza para los ideales que defiende su partido, pero sospecho que se han dado cuenta demasiado tarde.

La estrategia de Trump (si acaso la tiene escrita) se centra en la sencillez del dogma romano del pan y circo para el pueblo. Sólo que Trump lo ha reducido aún más, y brinda circo y circo. A propósito, con muy buenos resultados.

Muchos le critican su desfachatez, lo tildan de ignorante, los medios internacionales (en especial los latinoamericanos) lo vapulean en cada una de sus páginas… y aun así, Trump, el misógino, el xenófobo, el fascista, continúa a la delantera en las preferencias del electorado y en el número de delegados acumulados que, a la postre, resulta determinante.

La razón de su éxito se resume en una frase: conducir la política como un negocio. Y para nadie es secreto que la política es y ha sido siempre un buen negocio. Sólo que Trump, en ese sentido, no se anda con medias tintas. Le quitó el antifaz y le da al público… es decir, a los votantes potenciales, no lo olvidemos, lo que ellos quieren. Por eso lo acusan de contradictorio. Hoy despotrica contra los mexicanos y mañana asegura que los latinos lo aman. No. No hay contradicción. El cliente siempre tiene la razón. Así piensa este hombre de negocios y como tal actúa.

Muchos políticos, periodistas e intelectuales exponen razones válidas y de peso para no votar por él… pero nada sucede. Es de esperar. La proporción que ellos ocupan dentro de la masa de votantes es ínfima y aunque intentan hacerse escuchar ante la nación entera para convencer a sus semejantes, el grueso de la población estadounidense (y de muchísimas naciones, advierto) hace años que no sigue el razonamiento de los intelectuales, sino los chismes de los actores, las actrices, los músicos y las socialités que pululan por doquier. La soberbia de quienes se consideran a sí mismos el centro del universo y su palabra, la expresión máxima de la verdad, terminará por extinguirlos.

Lo que me preocupa, lo que a todos nos debe preocupar, es cómo se comportaría Donald Trump al frente del país más poderoso del mundo. Alguien capaz de levantar muros, incrementar cárceles, proponer guerras o presionar el temido “botón”. Porque, si algo está claro, es que este showman ya demostró que es capaz de arrastrar a las masas detrás de sí, lo que no se vislumbra aún, es hacia dónde las arrastra.


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