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El lado oscuro de la razón
Otrolunes.com - 9 de mayo de 2016

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Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo… Reencontrar las metáforas adulteradas de Oliverio Girondo en esa delicia cinematográfica que es “El lado oscuro del corazón” me arrastró, de pronto y como el más dulce náufrago, hacia las mareas de un tiempo pretérito en una tierra –mi tierra– que hoy se me antoja más lejana aún que los veinticuatro años que me separan del estreno de esa película en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, causante de enormes aglomeraciones en las esquinas que asedian las vetustas salas de proyección de La Habana, donde cientos de personas nos apretujábamos por la posibilidad de desdibujar los vericuetos existenciales y lánguidos de Oliverio (el personaje, que no el otro poeta), compartiendo en secreto –como viejos cómplices– algo más que el goce de una película. Acaso la posibilidad de volar, con esas alas grandes que siempre terminan por dolernos cuando la esperanza germina en cautiverio.

Hoy –y cuando digo hoy me refiero a hace un par de días que, sin duda, serán muchos más en el momento que algún desocupado lector derrote estas líneas– volver a desandar los pasos del lírico desalmado que busca una mujer capaz de desafiar la gravedad, acompañado por la muerte y varias personalidades, no significó el ejercicio placentero que supuse a priori.

La nostalgia, primero, y el desencanto, después, me hicieron equivocar el sentido de algunos versos o, quizás, acertar una nueva lectura de esas múltiples con que antaño, en talleres literarios y tertulias, justificamos nuestra propia ignorancia, ante una obra demasiado densa o precariamente elaborada, pero que, con el paso de las aguas del río, aceptamos como verdad interpretativa a un tiempo absoluta y a otro, no menos terrible, insoluta.

No importa ya si fue lo uno o lo otro. Al final, el resultado derivó en la laceración del amor propuesto por Subiela a cambio de la sublimación exacerbada de la magra existencia de Oliverio.

En el año noventa y dos, mis amigos y yo salíamos del cine convencidos de que la mujer voladora no era más que una metáfora sutilmente elaborada en algún rincón de Argentina para representar un estilo de vida libre de las mil y una ataduras que nos sofocaban en Cuba y, de inmediato, culpábamos a las carencias que nos limitaban para publicar, para viajar, para conocer, para convertirnos en los escritores encojonadamente buenos que debíamos ser y, por supuesto, culpábamos al régimen que provocaba las carencias y no nos dejaba ser.

En el año dieciséis, de otro siglo, la mujer voladora sigue interpretando su rol de quimera. Sólo que ya no me alcanza, gigantesca, desde la pantalla insaciable de un cine, sino desde la furtiva proyección de un monitor de computadora. Y ya no tengo amigos con quien discutir su esencia. Tampoco un régimen ad hoc al cual achacarle el montón de mis fracasos.

El corazón, por alguna razón, dejó de asombrarme con sus claroscuros para reducirse a un órgano que debo mantener a salvo de mi volátil presión sanguínea y la razón… esa me hunde, poco a poco, bajo los cálculos imprescindibles con que intento sobrevivir a las finanzas del día siguiente.

Es entonces que miro a mi alrededor y me preguntó qué calle doblé con demasiada precipitación. ¿Cuándo accedí a jugar esta partida de jamás encontrarme? Porque, ¿a quién voy a mentirle? Horizontes sobran. Sólo que ya no siento mis alas.


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