Cuba
Edgar London
 
Edgar London
Reconocimientos
Mi desván
Con Voz Propia
Tamba Bay Cuba
Pero insisten en saber a quién le voy
Otros sitios
Cubaliteraria
Isliada
Lecturalia
Otrolunes
REMES
Vercuba
 




José García Rodríguez y tres hermanas sin fronteras
Feria Internacional del Libro en Arteaga - 31 de mayo de 2016

Lanzamiento del libro
En plena presentación
Con Javier Fuentes y un nieto del autor

Más de Arte y Literatura
Literatura en do re mi fa sol
El lado oscuro de la razón
Las paradojas del iceberg
Una historia (de balseros) infinita
El soy que todos somos

Cuentan que alguna vez Pedro Infante estuvo celoso de Jorge Negrete, en particular de la potencia de su voz al cantar y que, a escondidas, incluso trató de imitarlo. Por fortuna para el sinaloense, un amigo suyo se percató de este conflicto y lo convenció de que era absurdo su (des)propósito. Jorge Negrete, le explicó, representaba la clase de hombres que obliga a asomarse a las mujeres al balcón, cantándoles desde la calle. Pedro Infante, no. Él pertenecía a los afortunados que seducen a las féminas cantándoles bajito al oído.

Así –y sin pretender en lo más mínimo señalar un ganador entre estos dos grandes artistas, lo cual, por demás, sería empresa fútil–, nos encontramos a diario con hombres que necesitan hablar fuerte para ser escuchados, mientras otros parecen apenas susurrar, pero lo hacen con tal profundidad de argumentos, que terminan por ser recordados mucho más tiempo que los primeros.

Sin duda, entre estos últimos se encuentra José García Rodríguez, nombre que suele identificarse de inmediato con el del Ateneo Fuente y no sin razón, pues le tocó en vida ser, primero, estudiante y, después, por tres ocasiones, director de esta institución docente, sin olvidar que también cumplió con idéntica responsabilidad en la Escuela Normal.

García Rodríguez, además, es citado por estos lares como uno de los hombres que apoyaron a Venustiano Carranza cuando desconoció la presidencia de Victoriano Huerta. Por si no bastara, Coahuila lo recuerda en el rol de diputado de la XXII Legislatura de Coahuila, de la cual, por si no bastaran los lauros, fue presidente. Y Saltillo, específicamente, encontró en él la persona adecuada para reunir, rescatar y, especialmente, difundir sus costumbres cuando, en el año 1944, le confirió el título de Cronista de Saltillo, labor que, se puede decir, ya llevaba a cabo desde mucho antes y de distintas maneras.

Sin embargo, quisiera magnificar hoy, a propósito del motivo que nos reúne, la valía de García Rodríguez como escritor. Alguien a quien se le adjudica la autoría de más de seiscientos títulos –el primero de ellos, un poema escrito a la prístina edad de 10 años–. Mas no se trata, del destaque numérico de su vasta obra, sino de la calidad de la misma y, esta tarde, contamos con una excelente oportunidad para comprobar tal argumento gracias a la presentación de su novela “Las tres hermanas” que, como ha sucedido con buena parte de sus creaciones, vio la luz después del deceso del autor.

Su lenguaje coloquial, fluido y, ante todo, certero, evita –me arriesgo a conjeturar que con toda intención– el vocabulario barroco que años más tarde adoptarían muchos escritores, sobre todo latinoamericanos. Gracias a esta transparencia verbal las peripecias de Margarita, Isabel y Carmen nos son compartidas con singular naturalidad.

Empero, no es en el discurso, sino en la historia, donde se asoma la astucia de García Rodríguez. La acción transcurre en un Saltillo que no se cita, suerte de ciudad implícita, soterrada, pero cuyo aparente anonimato, lejos de minimizar la novela por su circunspecta geografía, en realidad la expande.

Cual si se divirtiera –y otra vez conjeturo que sí lo hizo– García Rodríguez deja entrever maneras del Saltillo de principios del siglo XX e incluso no demora en referenciar personajes probados por la cultura local como lo es el mismísimo Manuel Acuña. De este modo, se sugiere constantemente, aunque no se explicita, señas de costumbrismo que adornan con fino talante el argumento a narrar.

No resulta tarea fácil para un hombre que le tocó vivir los rigores de la Revolución mexicana escapar del encasillamiento en que cayeron muchos de sus colegas. Si bien hubo quienes gozaron del éxito con novelas que abordaban este conflicto de forma directa –recordemos a Mariano Azuela, con “Los de abajo”, publicado en 1916 o Martín Luis Guzmán con "El águila y la serpiente”, que data de 1928, por mencionar dos claros ejemplos– muchos otros siguieron una quimera temática que hubo de hundirlos.

Los ánimos revolucionarios se dejan entrever en “Las tres hermanas”, pero con sutil delicadeza. Ahí están las palabras de Clotilde cuando advierte que Don Porfirio castiga a los revolucionarios con la ley fuga o Lupe al agregar que la libertad de voto y la participación de la gente en las elecciones, es pura música que pronto se convertiría en desórdenes y crímenes.

José García Rodríguez defiende un estilo muy propio que lo hace navegar entre la influencia de la novelística europea, específicamente el naturalismo francés, y el realismo estadounidense que se vería después reforzado por los exponentes de la generación perdida.

Alejado, en vida, de los reflectores publicitarios y los fuegos fatuos que encienden las loas perecederas, García Rodríguez demostró –y aún demuestra–, con su trabajo, una verdad ineludible: la literatura, siempre que lo es, se impone por sí misma, como el murmullo que seduce, como el sentimiento que en silencio nos regocija.

Y sí, puede Coahuila proclamar con ufano orgullo los múltiples aportes de García Rodríguez como ciudadano comprometido o como funcionario de altos quilates, pero cuando se trata de mencionarlo como escritor, hay que reventar las fronteras de una localidad donde resulta más fácil encontrar la referencia del nombre de otros autores antes que el suyo porque José García Rodríguez más que un escritor saltillense, más que un escritor coahuilense, es un escritor mexicano, es un escritor universal.


Escriba aquí sus comentarios...
Por favor, llenar ambos campos.
   
Nombre:
Comentario::


Recomendado Recomendados
Sin excusas: ¿se hace o no se hace?
Fidel Castro: el fin de una era
Efecto post: tribulaciones de un cubano común
No hay pronóstico que valga
 
 

Inicio Libros Antologías Publicaciones Reconocimientos Mi desván Con voz propia
 
ARRIBA