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Mujica, las arcas y el símbolo
Espacio 4 (Suplemento) - 7 de junio de 2016

Mujica
José Mujica
Austero en bienes, rico en acciones

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El riesgo, para cualquier hombre que se convierta en símbolo, es perder su condición humana. Esta amenaza pende cada día más sobre el nombre de José Alberto Mujica Cordano, conocido como el presidente más pobre del mundo, al menos durante el período que le correspondió cumplir esta función en Uruguay (2010-2015), y a pesar de que el primer ministro de Nepal, Sushil Koirala, amenazó con desbancarlo de tan humilde puesto, y quizás hasta lo hizo.

Sin embargo, resulta muy difícil para el imaginario colectivo despegarse de la imagen sencilla, casi paupérrima, que promovió este anciano con rostro bonachón, metido en su vetusto Volkswagen Beetle, acompañado siempre por su esposa Lucía Topolansky, y su perra de tres patas, Manuela, de la cual, alguna vez afirmó “ha sido la integrante más fiel de mi gobierno”.

Hoy, la figura de Pepe Mujica, poco a poco se deshace, se desfragmenta, y su cuerpo regordete da paso a infinitas recreaciones de su propio ser que –es imposible evitarlo– terminarán por descomponerlo con mayor rapidez que la tierra que lo sepultará algún día… si acaso él accede a brindarle el privilegio de su compañía a la muerte.

Y es que no cabe hipérbole alguna en la vida de un hombre que, aun después de su separación del cargo de Presidente, aseguró que no tenía tiempo para estar escribiendo memorias, que tenía muchos proyectos ideados a favor de la comunidad y tenía que ponerlos en práctica. Alguien que, además, advirtió a sus ochenta años, que si la salud lo favorecía como hasta ahora, volvería a optar por la presidencia en el año 2020.

La solidez con que ha logrado construir esta imagen de trabajador austero e incansable convierte en una ardua tarea la posibilidad de distinguir al ser de carne y hueso, mezcla de acierto y errores como todos los humanos, que sobrevive bajo el peso de su propia leyenda. Para ello, hay que hurgar más allá de los medios de comunicación y las figuraciones recreadas por los mismos. Es imprescindible analizar sus acciones y, escudriñar en el interior de sus discursos y polémicas aseveraciones porque, puede que Mujica sea un hombre de pocos bienes materiales, pero, en cambio, es un tipo de muchas palabras.

Esa vieja es peor que el tuerto

Cuando hurgamos en las declaraciones de Mujica, no siempre encontramos las frases bonitas y elogiosas que, sin duda, ya son una marca de su oratoria. La manera, por ejemplo, cómo se refirió (bajo el desliz de un micrófono abierto) a la entonces mandataria argentina, Cristina Fernández de Kirchner, y su fallecido esposo, Néstor Kirchner, dejó mucho que desear.

La frase en cuestión, advertía que "esa vieja es peor que el tuerto. El tuerto era más político, ésta es más terca", donde el tuerto, por supuesto, era Néstor y la vieja, Cristina. Las palabras le dieron la vuelta al mundo y aunque el uruguayo pidió "sentidas disculpas", las relaciones entre ambas naciones, que de por sí nunca han sido completamente armoniosas, se tensaron aún más.

Ya fuera del cargo, en una entrevista concedida a la BBC, Pepe Mujica retomó el tema y, quizás para concluirlo de una vez, alegó sobre Cristina "no creo que sea una presidenta maravillosa, ni creo que sea una bruja" para justificarla y justificarse en parte al agregar que "es una mujer que le ha tocado enfrentar todo el machismo soterrado que hay en una sociedad. Y como muchos se la han querido llevar por delante, se pasa de rosca para el otro lado".

No obstante, sentencias de esta índole se acoplan a su estilo de vida desenfadado y más de uno, no sólo se las perdona, sino que, además, hasta las acoge con gracia, preponderando así la imagen del viejito bonachón por encima de la dignidad rígida que la historia hace sentir sobre los dirigentes de las naciones y que, poco a poco, va cayendo en desuso, acaso para disminuir, en apariencia, la distancia que separa a un Presidente o un Primer Ministro de un obrero o un campesino. Tendencia moderna que, en la mayoría de los mandatarios, cuando aparecen sin corbata, mangas de camisa recogidas y una sonrisa pegada al rostro como anuncio de pasta dental, más parece marketing político que verdadera humildad. A Mujica, en cambio, le funcionó perfectamente.

No es bonito legalizar la marihuana, pero peor es regalar gente al narco

Sus acciones presidenciales no fueron menos polémicas que sus declaraciones verbales. Paladín de la defensa de los derechos humanos, plantó cara a problemas sociales muchos de los cuales, en su opinión, eran tan antiguos como la historia misma.

Alejandro Magno y Julio César representaron para Mujica figuras históricas que avalan la existencia del matrimonio gay (aunque es válido aclarar que ninguno de estos dos conquistadores estuvo casado jamás con otro hombre) y los citó en más de una ocasión para echar adelante, en 2013, la ley de matrimonio igualitario.

Iniciativa que convirtió a Uruguay en el segundo país de América Latina que reconocía las bodas entre personas del mismo sexo. Hasta esa fecha sólo Argentina había promulgado un reglamento similar.

Sin embargo, aunque esta disposición levantó voces en contra, especialmente por parte de la Iglesia Católica que se opone a conceder este beneficio a las parejas homosexuales, ya un año antes, Uruguay, bajo las riendas de Mujica, había dado un paso mucho más temerario a favor de los derechos de la mujer al conceder la despenalización del aborto voluntario y así evitar las muertes de muchas féminas en clínicas clandestinas.

“Todo el mundo está contra el aborto”, aseveró Mujica, “pero si se le brinda apoyo a una mujer sola que toma esta decisión, hay quienes pensamos que muchas retrocederían”. Para entonces, el país sudamericano y en especial el gobierno de José Mujica, ya empezaba a cobrar fama de liberal.

Quizás por eso, el mundo –y antes que el mundo, Latinoamérica– no se espantó cuando a finales de 2013 el gobierno uruguayo otorgó al Estado la facultad para regular la producción, venta, distribución y consumo de la marihuana. Dato curioso: este paso se concedió a pesar de la oposición de buena parte de los propios connacionales.

No soy adicto a vivir mirando para atrás

Sin embargo, no todo fue miel sobre hojuelas para el presidente más pobre del mundo y su imagen de defensor de derechos humanos recibió fuertes críticas cuando se mostró en desacuerdo con el proyecto que buscaba rechazar la Ley de Caducidad, misma que evita el enjuiciamiento de funcionarios y militares por los delitos y crímenes que éstos hubiesen cometido hasta el 1 de marzo de 1985 (durante la dictadura) a causa de móviles políticos, en cumplimiento de sus funciones o por órdenes de sus superiores.

Mujica, ex guerrillero él mismo, expresó que “como persona, no soy adicto a vivir mirando para atrás, porque la vida siempre es porvenir y todos los días amanece. Pero esa es mi manera de ser. No se la puedo imponer a mis conciudadanos”.

La derogación de esta ley se llevó a cabo tras un apretado resultado de 16 votos a favor del Frente Amplio (FA) y 15 en contra. Se trató también, en su momento, de una respuesta a la decisión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que ya antes había solicitado que el Estado uruguayo modificara, al menos, la polémica ley, que databa de 1986, si no podía eliminarla.

Aunque Mujica, en este caso, no vetó ninguna modificación parlamentaria, advirtió sobre los riesgos que traía aparejado revivir las atrocidades de antaño. “La herida que traemos del pasado hace que, subjetivamente, mucha gente de este país esté inculpando a los militares de hoy por los que lo eran ayer”, sentenció.

No fue este el único caso donde se puso en entredicho la rectitud del mandatario uruguayo. También lo cuestionaron tras negarse a votar en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU a favor de una relatoría especial para investigar las violaciones de los derechos humanos en Irán cuando sí lo hizo para enviar una misión que investigara el impacto de las colonias judías en territorio palestino.

Inmediatamente sus detractores lo tildaron de practicar una izquierda extremista y convenenciera porque Irán y Palestina representan los valores de las sociedades de izquierda en Medio Oriente.

Para Israel, por el contrario, Mujica siempre tuvo declaraciones fuertes y tildó a esa nación de genocida, específicamente por sus incursiones bélicas sobre la Franja de Gaza. “Cuando se bombardean hospitales, niños y viejos me parece que es un genocidio”, puntualizó, y al preguntársele si Israel tenía o no derecho a defenderse de los ataques palestinos en su territorio, respondió: “todos tienen derecho a defenderse, pero hay defensas que no se pueden hacer”.

El político y el humano

José Mujica, el político, será recordado no sólo por su austeridad en términos de bienes materiales, que debería ser imitado por muchos mandatarios alrededor del mundo, sino también por la sencillez de su doctrina. ¿Cuánto existió de espontáneo y cuánto de estudiado en sus exquisitas declaraciones? Es algo que no sabremos nunca. Posiblemente hoy, ni él mismo lo pueda asegurar, pero es evidente que durante todo el tiempo que ejerció sus funciones como presidente de Uruguay fue consecuente con su manera de pensar, algo de lo cual muy pocos dirigentes pueden jactarse.

No resulta descabellado conjeturar que el secreto de Mujica consistió en obrar menos con el cerebro y más con el corazón. Preferir, aún con el cargo presidencial a cuestas, al ser humano antes que al político. Y no sólo vivir con austeridad, sino obrar con esa misma austeridad. Lejos de las trampas y subterfugios con que se escudan los políticos para disponer de su cargo.

A fin de cuentas, las arcas más pesadas no son las que ocultan nuestras monedas sino las que pesan en nuestra conciencia. Mujica, al parecer, salió ileso de este reto. Nada mal para un funcionario que dejó la Presidencia con encuestas que, a nivel nacional, marcaban más del sesenta por ciento de aprobación por su trabajo y sigue convencido de que “la democracia es la mejor porquería que hemos inventado hasta ahora”.


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