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Paz vs justicia, advertencia colombiana
Otrolunes.com - 4 de julio de 2016

Paz en Colombia
¿Paz en Colombia?
Esperemos que se cumpla

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El imaginario colectivo tiende a asociar la bonanza que trae aparejada la paz, con la satisfacción que acarrea, a su vez, la justicia. En Colombia acaban de descubrir que esa relación no se cumple siempre a cabalidad y sus vínculos, cuando los hay, no son exactamente muy nítidos.

Si bien la comunidad internacional se suma a los vítores de la inmensa mayoría de la población colombiana tras el acuerdo recientemente signado en La Habana, donde el gobierno de Colombia y las FARC se comprometieron a un cese al fuego definitivo y dejaron sentadas las bases para poner fin a las hostilidades que han causado más de doscientas sesenta mil muertes en el país sudamericano, sin contar los miles de desaparecidos y millones de desplazados, hay otros que siguen con escepticismo el proceso y no pocos están en desacuerdo.

Y es que el añorado término de los enfrentamientos entre el gobierno, las FARC y grupos paramilitares afines no llega con paridad de términos a ojos de quienes sufrieron, de un modo u otro, los abusos de cualquiera de estas facciones.

Está el que pide cárcel para los soldados que cometieron tropelías, se suma el que exige muerte para los guerrilleros a causa de sus desmanes y no olvidemos a los que aún claman venganza, así sea por mano propia.

Será difícil para los guerrilleros integrarse a la vida civil cuando lo único que han conocido es habitar el monte y portar armas, pero más difícil será para la mujer violada, el niño huérfano o la madre sin hijo –víctimas directas del conflicto interno– hacer fila en un supermercado junto a uno de los posibles culpables de su desgracia.

Y no sólo eso. El indulto que favorece a los paramilitares también les concede la oportunidad de postularse para cargos públicos. Inmediatamente, vienen a la mente los nombres de exguerrilleros que terminaron siendo presidentes. Tal es el caso de Daniel Ortega, actual presidente de Nicaragua, que si bien no desarrolló sus acciones en la selva centroamericana, hizo de las suyas en zonas metropolitanas, como parte del Frente Sandinista de Liberación Nacional. O mucho más querido, el ex presidente de Uruguay, José Mujica, quien ingresó en el movimiento tupamaro a finales de los sesenta. Ambos estuvieron en prisión por sus acciones y ambos fueron favorecidos por el electorado años más tarde.

Pegunto, entonces, ¿votarían los colombianos por un ex guerrillero? Hoy, lo dudo. Mañana, todo es posible. Los políticos actuales suelen hacer tan mal su trabajo que cualquier otra opción siempre parece mejor, aunque a veces el tiempo no le otorgue la razón a la ciudadanía.

Quizás por ello, el ex presidente Álvaro Uribe se mostró en desacuerdo con el pacto alcanzado el pasado 23 de junio. “La impunidad, además de ser la partera de nuevas violencias, pone a los acuerdos de La Habana incursos en violaciones a la Constitución y a los tratados internacionales de los cuales Colombia es signataria”, indicó el ex mandatario.

Sin embargo, son muchos, muchísimos, los que están cansados de vivir con miedo, a expensas de que un día cualquiera, alguien los mate, secuestre o coaccione en nombre de principios libertarios o democráticos que nunca aparecen. Todos ellos están dispuestos a perdonar, o por lo menos a ignorar, las vejaciones sufridas en el pasado con tal de enderezar el curso de sus maltrechas vidas en el presente.

Es por esas personas que se debe respetar el acuerdo, siempre y cuando se conceda verdadera paz. Para nadie es secreto que persistirán grupos paramilitares y no es de extrañar que se creen otros, como siempre, enarbolando la consigna de una nueva revolución, aunque sepamos que la guerrilla latinoamericana se ha convertido en un eufemismo para camuflar acciones ilícitas relacionadas con la droga y, en el caso de Colombia, con el saqueo de recursos minerales.

Habrá que seguir muy de cerca si el tratado se cumple. La entrega de armas, por parte de las FARC, no garantiza en lo absoluto el fin de la violencia. Sin embargo, es el camino más práctico para minimizarla, luego de medio siglo sin poderla erradicar. Tendrá el gobierno de Juan Manuel Santos –y los siguientes– que hacer su trabajo y demostrar que no entregó, junto con los perdones a los guerrilleros, su verdadera autoridad.

No puedo dejar de señalar un detalle al margen. Resulta curioso, y hasta irónico, que este proceso se llevara a cabo en La Habana, aunque me parece prudente advertir que la elección del lugar fue correcta para los organizadores en aras de evitar intromisiones de la prensa libre –algo impensable en Cuba– o de manifestaciones populares –otra quimera cuando la población cubana tiene cosas mucho más urgentes que la ocupan–. Con hermetismo y tranquilidad asegurados, ya sólo quedaba negociar.

Ahora, ¿por qué la ironía? Porque los cubanos también tenemos mucho que perdonar si queremos alcanzar la paz verdadera. Es cierto que, afortunadamente, no existen grupos paramilitares en nuestro archipiélago, pero urge que el gobierno deje a un lado sus atávicos resabios y sea recíproco con las concesiones que Estados Unidos ha comenzado a otorgar. No se defiende la soberanía de una nación sacándola del mundo. Menos aún, hundiéndola en el odio que atizaron generaciones pasadas. Cuba no debe olvidar el ayer, pero es tiempo de que resuelva los problemas que la hieren hoy. Quebrantar, de una vez, la misantropía política y económica que nos agobia hace más de cincuenta años sería la mejor manera de evitar que los enfrentamientos entre la cúpula política de Miami –sustentada por disidentes y herederos de disidentes– y la sempiterna jerarquía que comanda en La Habana echen por tierra los tímidos pasos de apertura que se asoman en Cuba y que aún distan mucho de convencer a nadie.

Aprendamos de Colombia. No se trata de ceder a ciegas ni de perdonar lo imperdonable, pero si queremos impartir justicia a cada arbitrariedad del pasado, nunca llegaremos en paz al futuro.


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