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Sexo entre política y religión
Otrolunes.com - 13 de septiembre de 2016

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¡Mira qué…!, me dije cuando, al revisar el presente texto, comprobé que su título se presta para libidinosas confusiones. Si bien mi intención no pasa de ubicar el jaloneo que sufre la sexualidad (y sus derivados con conflicto social y progenie natural incluidos) cada vez que la ubican entre los grandes ejes de dominio que siempre han representado la Iglesia y el Poder Ejecutivo, es innegable que algún lector, avezado o muy bien intencionado, pueda visualizar a los dos entes estrujándose sobre una cama. Por supuesto, el título de esta columna bien podría haberse arreglado con una simple coma, pero no me sustraeré al placer que me causa la pequeña dualidad semántica.

Lo que no se presta a discusión es el enfrentamiento que desde México, pero con repercusiones en todo el mundo, se está dando (ahora sí) entre el Estado y la Iglesia a causa de que, el primero, promueve la iniciativa de avalar el matrimonio entre personas del mismo sexo, con la consiguiente aprobación de la adopción de menores por parte de las parejas homoparentales.

Evitaré en tan corto espacio extender argumentaciones sobre si se debe o no dar luz verde a la llamada “ideología de género”, como ya la nombran en este lado del mundo. Mientras unos reclaman respeto a las minorías y exigen igualdad de derechos, otros llaman la atención sobre el riesgo de contaminar la más sagrada de las instituciones, la familia, pilar, además, de la sociedad.

Entablar un debate sobre este punto me parece mucho más rico que arriesgar un monólogo por escrito, donde tendría que jugar a ser juez y parte… ejercicio, que ya sabemos, va en contra de nuestra condición humana, siempre proclive a favorecer una de las partes en disputa.

Sin embargo, la palabra escrita suele ser impositiva, por lo que prefiero llamar la atención sobre un aspecto de esta polémica, que muchos pasan por alto, en lugar de emitir juicios a favor o en contra de la razón de la misma.

Y es que resulta ofensivo para la sapiencia humana, que un altercado social sirva de excusa para que se recueza el antagonismo que persiste, desde tiempos inmemoriales, entre la Iglesia y el Estado y que no significa más que una extensión de su eterna lucha por el poder en lo que podemos considerar, la única modalidad de guerra fría, que sobrevive a la fecha.

Cuando en diecinueve estados de México miles de personas salieron a protestar en contra del matrimonio igualitario y otros miles se aprestaron a responderles, la mayoría de las consignas hacían alusión a las sagradas escrituras o frases de próceres de la historia.

Basta leer entre líneas (a veces, ni falta hace) para encontrar que, tras el concepto de familia tradicional, por un lado, y la confirmación de un estado laico, por el otro, lo único en juego es la necesidad que tienen los grupos eclesiásticos de señalar la inoperancia del gobierno y, la urgencia con que este último intenta disimular, presentando iniciativas pseudo progresistas, el descalabro real y palpable que sufre. Una estrategia que me recuerda por qué el gobierno de Cuba apoya incondicionalmente los proyectos de género que idea Mariela Castro (hija del presidente Raúl Castro).

La realidad es que los valores que defienden y contraponen las personas que salieron a protestar en buena parte de México, el pasado 11 de septiembre, distan mucho de las intenciones que los jerarcas de sus respectivas organizaciones buscan salvaguardar. Mientras católicos, cristianos y fieles devotos de otras religiones cruzan en la calle insultos, señales obscenas y hasta golpes con homosexuales, travestis o transexuales, aquellos que se mueven en las altas esferas del poder disfrutan del espectáculo a sabiendas de que, es muy poco probable, que alguno de los de “a pie” se entere jamás de que el diputado A. golpea a su hijo por tener inclinaciones homosexual o que el cura H. viola a niños después de misa.


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