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Un beso, más que mil marchas
Espacio 4 - 27 de septiembre de 2016

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Ha quedado, sin duda, como la imagen de los Juegos Paralímpicos Río 2016. El beso de la pareja basquetbolista canadiense, conformada por Adam Lancia y Jamey Jewells, quienes están casados desde hace cuatro años, robó aplausos y suspiros, primero entre los asistentes al certamen y luego, en todo el mundo, gracias a la vertiginosa velocidad con que la instantánea tomada por Ueslei Marcelino, fotógrafo de la agencia Reuters, se difundió en Internet.

Más que una felicitación por el resultado de una competencia, ese intenso ósculo ha trascendido el ámbito deportivo para calar hondo en el sentir social. Su entrega y pasión, obnubila por un instante las limitaciones físicas que ambos atletas mantienen. Ella, en silla de ruedas desde los 14 años tras sufrir un accidente; él, obligado a utilizar prótesis desde que tenía un año de edad porque nació sin parte de sus piernas.

Empero, durante ese beso que se eterniza gracias a la magia de la fotografía, para todos aquellos que los ven, se trata de una pareja normal, común y corriente, que demuestran su amor igual que nosotros, nuestros vecinos o dos jóvenes que se detienen un momento, mientras deambulan por doquier. A nadie le importan sus limitaciones físicas, como a nadie debería importarle si se trata de dos hombres o dos mujeres que se aman.

Afortunadamente, Lancia y Jewells pudieron contraer matrimonio y estoy convencido de que ambos, durante su vida, han tenido que luchar duro para imponerse en un entorno donde las minorías suelen ser asediadas. Otros tuvieron que enfrentarse a limitaciones de diferente índole, no en el plano físico, pero sí social e incluso político. Ahí está la conmovedora y dura historia de Seretse Khama, quien tuvo que renunciar a su trono de Bamangwato (en la actual Botswana) para poder contraer nupcias con Ruth Williams, una mujer blanca. Algo que, finalmente logró en 1948 y desató polémica a nivel internacional porque, en aquella época, personas de diferentes razas no podían gozar del derecho de constituir una familia.

Algo similar a lo que ocurre ahora en México —aunque, lógicamente, muchos defensores del concepto de familia tradicional dirán que se trata de algo muy diferente—, donde cientos de miles de personas salieron a las calles para evitar que otros cientos de miles de parejas del mismo sexo puedan ser reconocidas legalmente bajo la institución social y familiar que constituye el matrimonio.

A causa de justificaciones variopintas, sobre todo de índoles religiosas y homofóbicas, la realidad es que pende de un hilo que se homologue lo que hoy se considera una controvertida iniciativa por parte del gobierno —que, otra vez, de ceder, cometería su enésimo error en lo que va de administración— pero que, sin duda, en un futuro no muy lejano, se tomará como algo natural, al igual que las familias conformadas por diferentes razas, creencias o el beso icónico que nos obsequian dos atletas paralímpicos sin importarles, en lo más mínimo, el qué dirán de la gente.


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