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De la ONU, abstenciones y otros espejismos
Espacio 4 - 8 de noviembre de 2016

ONU
Votación inédita en la ONU
EUA se abstiene... pero ¿y después?

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No por esperado, el suceso resultó menos explosivo. Después de veinticinco años, Estados Unidos y su fiel acólito, Israel, no votaron en contra de la resolución “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”. Las otras 191 naciones, como ha sido costumbre durante las más recientes sesiones, convergieron en apoyar el texto que condena el embargo que pende sobre la mayor de las Antillas desde el año 1962.

Si bien se trató de un par de abstenciones —tampoco era del todo descabellado esperar un “a favor”—, el gobierno con sede en La Habana, a través de su cancillería, calificó de “extraordinaria e histórica victoria de Cuba y de las Naciones Unidas contra el bloqueo”. Esta reacción tampoco debió sorprender a nadie. Imposible cambiar el discurso belicoso —donde alguien gana, alguien pierde, todos pelean— que desde el año 1959 ha conformado un sello distintivo del gobierno de Fidel Castro, luego heredado y también mantenido por su hermano Raúl.

Ahora bien, hagamos a un lado los vítores oficiales, la propaganda gubernamental, las frases prefabricadas que todos los cubanos aprendimos a repetir alguna vez —como el adjetivo mismo, eh, ¿o alguien ha olvidado las casas prefabricadas?— y ¿qué nos queda? Otra vez un hecho que no supera su condición simbólica. Es innegable el acercamiento entre Washington y La Habana, pero sigue pareciendo más el roce de dos fantasmas que un estrechón de mano entre amigos.

Y claro, Cuba y Estados Unidos distan mucho de considerarse amigos, pero si pretenden serlo —dentro de los precarios límites que permiten las relaciones internacionales— deberían ir pensando en dejar a un lado la semiología política y entrar de lleno en acciones menos abstractas y más prácticas.

Dos pasos claros y objetivos serían: 1) Que el Congreso de Estados Unidos ponga fin al embargo comercial; 2) Que Cuba implante un sistema verdaderamente democrático. Sin embargo, uno y otro parecen aún bastante distantes. Mientras el congreso estadounidense cuente con una mayoría republicana nadie debe aguardar por un cambio en este sentido, ni siquiera con Hillary Clinton en La Casa Blanca —y si se trata de Donald Trump, mucho menos—. Por la parte cubana, se trata de poner freno a una dinámica que responde a mecanismos bien aceitados durante más de medio siglo. No se trata, únicamente, de constatar que Raúl Castro deje el poder el 24 de febrero de 2018, según el mismo ha dicho en varias ocasiones, sino que su sucesor no sea asignado a priori, por “dedazo”, y se erija realmente a partir del voto popular, concepto que la mayoría de los cubanos, residentes en la isla, consideran una farsa política.

Mientras las expectativas de ambos gobiernos —con el pueblo cubano de trasfondo— no se conviertan en hechos, seguiremos aplaudiendo utopías y multiplicando consignas… como siempre.


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