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Muerte con M de Mujer
Espacio 4 - 3 de enero de 2017

Guevara
Guevara, nueva víctima
La misoginia no entiende de rangos

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En la obra de teatro “Las Muertas de Suárez” —clara alusión a las mujeres asesinadas en ciudad Juárez—, que se presentó hace algunos años en Saltillo, un personaje, refiriéndose a las víctimas, pregunta “pero, ¿por qué las matan?” y otro le responde con abrumadora sencillez “porque se puede”.

La esencia de la ola de feminicidios que hoy asedia a México y se multiplica por doquier, es esa: a las mujeres las matan porque se permite hacerlo —y vale decirlo, sucede cada vez de manera más abierta—. No se trata, únicamente, de enarbolar pusilánimes leyes o penas penitenciarias que, si acaso llegan a aplicarse, debieron representar para las víctimas el final de un tortuoso camino, plagado de burocracia, desinterés y contubernio machista porque, a fin de cuentas, “es una vieja menos” y que, en múltiples ocasiones, el castigo no cubre el sentido de justicia que busca la víctima de una golpiza, una agresión sexual, trabajo en condiciones de esclavitud o, en el peor de los casos, que los padres exigen porque su hija ya está muerta.

La raíz de esta permisividad es mucho más profunda. Referencia las bases de una sociedad machista, donde, desde tiempos inmemoriales, las féminas son sinónimo de posesión. Las niñas pertenecen a su padre, las jóvenes a su novio, las mujeres a sus esposos. Nótese, incluso, la diferencia entre los términos marido y mujer. El primero delimita un estatus marital, el segundo no distingue nunca la condición de cónyuge del género que representa. Decir “mi mujer” incluye tanto a la consorte como al ser humano. Por eso es preferible utilizar “esposa”, que se ubica a la par de su homólogo “esposo”. No obstante, a pesar de esta posibilidad, es bastante común que la mujer, una vez casada, refuerce su sentido de pertenencia con el cambio de apellido, que en Latinoamérica no se trata de utilizar el del cónyuge sino de antecederlo con un “de”. Así la esposa del señor Martínez, pasa a ser “de Martínez”, una especie de “propiedad de”. Moda es incluso, entre pandilleros y narcotraficantes, que la mujer se tatúe, además, el nombre de su pareja, idéntico a cómo se marcan las reses con el título de su dueño o granja.

La cultura tampoco ayuda mucho por estos días. Temas de canciones populares incitan a la violencia de género de distintas maneras, las mujeres ya han rebasado su consabida imagen de objeto sexual para convertirse en verdaderos fetiches sin cerebro ni ropa. Estereotipos que, en la práctica, las ubican en desventaja cuando enfrentan un proceso judicial desde el rol de agraviadas pues las autoridades suelen trasladar la responsabilidad del delito a la víctima y no al victimario, bajo el argumento atenuante de la forma en que se viste, la hora en que camina por las calles o la clase de hombres con los que se relacionaba.

Desde el momento en que se toma a la mujer como pertenencia, los vínculos con ellas tienden más a ser los que mantenemos con un objeto cualquiera. Especialmente, si dicha pertenencia se ve acrecentada por una subordinación económica —además de la social antes expuesta—. A pesar de la lucha por la equidad de género, las desigualdades entre hombres y mujeres siguen marcando la agenda, sobre todo en obtención de empleos. Acorde al resumen ejecutivo “Las mujeres en el trabajo”, publicado por la Organización Internacional del Trabajo, en 2016, “a escala mundial, la probabilidad de que las mujeres participen en el mercado laboral sigue siendo casi 27 puntos porcentuales menor que la de los hombres. (…) La desigualdad entre mujeres y hombres persiste en los mercados laborales mundiales, en lo que respecta a las oportunidades, al trato y a los resultados (...) las mujeres tienen más probabilidades de encontrarse y permanecer en situación de desempleo, tienen menos oportunidades de participar en la fuerza de trabajo y —cuando lo hacen— suelen verse obligadas a aceptar empleos de peor calidad”.

En este sentido, si por fin encuentran un lugar que las contrate, sus percepciones suelen estar muy por debajo de las que recibe un hombre. De hecho, en América Latina, ellas ganan entre el 64% y el 90% de lo que obtienen los hombres, según revela el estudio “El efecto del poder económico de las mujeres en América Latina y el Caribe”, elaborado por el Grupo Banco Mundial.

Por si esto no resultara suficiente, un estudio del Colegio Jurista reveló que en México, 1.4 millones de mujeres padecen acoso sexual en el trabajo, y lo peor es que rara vez se denuncia.

Estas condicionantes, por tanto, crean el ambiente propicio para elaborar una cadeneta con consecuencias nefastas. El hombre sale a trabajar. El hombre gana dinero. Si el hombre paga, entonces manda. El problema es que, a veces, paga y pega. Y muchísimas ocasiones, cuando pega, mata.

México, de mal en peor

La noche del 21 de diciembre pasado, en Monterrey, una mujer menor de edad fue asesinada por su pareja, quien posteriormente la enterró en el patio de su casa. ¿La razón? Una ruptura sentimental que derivó en una riña. Bastó una segueta para terminar con la vida de la joven de 17 años.

Pero apenas tres días antes, los cadáveres de cinco mujeres fueron localizados dentro de una camioneta en el centro de la cabecera municipal de Juan Aldama, en Zacatecas. Las pesquisas apuntan a un ajuste de cuentas por parte del crimen organizado.

La situación se torna insostenible y la pasividad del gobierno contrasta con la dinámica de los medios de comunicación, redes sociales incluidas, que estallan ante estos hechos.

Un análisis de TrustLaw para la Fundación Thomson Reuters, revela que México es uno de los integrantes del G-20 en el que las mujeres se encuentran más desprotegidas, sólo superado por India, Arabia Saudita, Indonesia y Sudáfrica. Las estadísticas de la ONU no son menos preocupantes, de acuerdo con este organismo internacional, en el país siete mujeres son asesinadas cada día. Para más inri ya en 2014, ocupó el primer lugar a nivel mundial en abuso sexual, violencia física y homicidios de menores de 14 años, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Humberto Padgett, conferencista sobre el tema de feminicidios y autor del libro “Las muertas del Estado”, aporta datos reveladores. Para comenzar, de cada 10 asesinadas solo un homicida es procesado y, desde el año 1993, “el Estado de México acaparó la mayor racha de feminicidios, más que Ciudad Juárez”.

En los 21 años que tomó como base de estudio Padgett para analizar el fenómeno y demostrar cómo se comportaba en territorio nacional, el Estado de México “ocupó el primer lugar de las cifras, tres de esos años fueron durante el Gobierno de Enrique Peña Nieto”.

Los datos arrojados, advierte, no guardan relación con el número de población, “de ello me percaté por los libros revisados de investigadores sociales y especialistas en mortandad, que tasaron el sesgo del Estado con municipio, la tasa es una fórmula en que se permite comparar un lugar”.

Por ejemplo, en el municipio de Ecatepec, en el 2014 y 2015, fueron asesinadas 110 mujeres. Durante los seis años de gobierno de Enrique Peña Nieto, murieron asesinadas mil 921 mujeres en todo el Estado.

Sus datos son confirmados por otro trabajo similar que implementó el Programa Universitario de Derechos Humanos de la UNAM, entre 2013 y 2015, a partir de las estadísticas del Inegi. Este examen contabiliza seis mil 488 mujeres asesinadas, lo que supone un 46% más que en el periodo entre 2007 y 2009. El Estado de México registró mil 045 homicidios de mujeres en los últimos tres años. Le siguen Guerrero, Chihuahua, el Distrito Federal, Jalisco y Oaxaca, con 512, 445, 402, 335 y 291 asesinatos de mujeres, respectivamente, en el mismo periodo. Otras entidades que 2013 a 2015 registraron un elevado número de estos crímenes, por encima de 200, son: Tamaulipas, Puebla, Veracruz, Nuevo León, Michoacán, Guanajuato, Baja California y Coahuila.

Caso Guevara

La golpiza recibida por la senadora Ana Gabriela Guevara deja en claro que la violencia de género en México no distingue rangos. El suceso ha llamado la atención y cuenta con amplia cobertura de los medios por dos motivos fundamentales. Primero) la figura de la víctima, legisladora y ex atleta de reconocidos logros. Segundo) la denuncia presentada, algo que, usualmente no sucede pues la mayoría de las mujeres opta por guardar silencio.

El caso es seguido con suma atención por la ciudadanía y las autoridades. Estas últimas lograron dar con uno de los presuntos agresores. Nada más y nada menos que un ex policía del Estado de México —aquí no caben las coincidencias— de nombre Fabián España Moya. El hombre dio su versión de los hechos, misma que contradice lo descrito por la senadora. Además, solicitó un amparo para evitar la detención por parte de elementos de la Agencia de Investigación Criminal (AIC) de la Procuraduría General de la República (PGR). Mismo que le fue concedido por el juez cuarto de Distrito de Amparo en Materia Penal, quien, asimismo fijó un importe de garantía por la irrisoria suma —dado el peso de los hechos— de cinco mil 500 pesos. Todo ello, a pesar de que España Moya es acusado como probable responsable de los delitos de lesiones y daño en propiedad ajena, entre otros cargos. Aun así, llevará su proceso en libertad debido a que los cargos son considerados por la justicia mexicana como no graves.

El proceso, por consiguiente, amenaza con extenderse y aunque la ex atleta no quiere anticiparse al final, ya sentenció "lo dejo en manos de la justicia. No me corresponde determinar qué nivel de castigo; las evidencias son claras, mi rostro habla por sí solo y, bueno, el parte médico igual", sostuvo.

La sociedad, en cambio, divide sus opiniones. Muchas voces de apoyo se sumaron para respaldar a Guevara y su actitud contestataria valiente. Aprovecharon, asimismo, la oportunidad de condenar el suceso y poner el dedo en la llaga sobre los casos de feminicidio en el país.

Otros, en cambio, aseguran que se trata de un show mediático que ampara a la senadora y acusan el desinterés que se demuestra en distintas situaciones de abuso contra miles de mujeres, las cuales no pueden contar con la asistencia y la agilidad en las investigaciones que sí posee Guevara por tratarse de una personalidad famosa.

En cualquier caso, el ataque perpetrado contra Ana Gabriela Guevara merece condena social y jurídica, y, por lo pronto, ha logrado sacar del conveniente olvido —para las autoridades— la misoginia que hiere a todo México.

Funcionarios misóginos

La problemática, en cuestión, se agrava cuando autoridades y representantes del gobierno, lejos de aunar fuerzas para combatir este cáncer social, lo promueven con sus más disparatadas acciones o comentarios.

Recordemos el enojo que el 1 de marzo de 2015 provocó —y no sólo en el sector femenino— el polémico baile del alcalde de San Blas, Nayarit, Hilario Ramírez Villanueva, más conocido como Layín, quien levantó en público la falda de su pareja de pasos. ¿Por qué? Por broma, por ebrio, por llamar la atención, pero ante todo, otra vez, porque sentía que podía hacerlo. Si, de alguna manera, Layín fue sancionado por la gestión que promovió en aquel momento la Comisión de Derechos Humanos de Nayarit, el efecto no dio resultado. Apenas dos meses después, el 4 de mayo de 2015, el edil volvía a hacer de las suyas, al besar en la boca a otra joven con quien también bailaba.

Sin embargo, ninguno de estos hechos se equipara con los recientes comentarios emitidos por el gobernador de Hidalgo, Omar Fayad, quien, en un encuentro con mujeres en el municipio de Acaxochitlán, dijo, refiriéndose a ellas, “la que menos tiene (hijos), tiene tres, por eso se acaban las estufas, ya les dije que ya duerman con ropa, producen mucho chamaco y el riesgo es que los chamacos se queman cuando dejan las estufas adentro del jacal”.

Inmediatamente, las redes sociales explotaron con publicaciones que criticaban el carácter misógino del gobernador. Octavio Martínez, secretario electoral del PRD, escribió "es lamentablemente la sugerencia sobre reproducción sexual que hace Omar Fayad a los indígenas en Hidalgo". En tanto, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos pidió al mandatario no utilizar expresiones que vulneren los derechos a la salud sexual y reproductiva: "este Organismo Público Autónomo lo exhorta a que las actividades que realice en ejercicio de sus funciones, se lleven a cabo con pleno respeto a los derechos humanos de la población en general y, en particular, de la indígena", indicó el comunicado.

Polémica llega a redes sociales

"Si te rompió el corazón, rómpele la cara", este tuit prendió las redes sociales no sólo en México, también en el resto de Latinoamérica e incluso España. Pero no fue el único. Bajo el hashtag #GolpearMujeresEsFelicidad, aparecieron en internet publicaciones misóginas de toda índole, algunas de las cuales aprovecharon para agredir a Ana Guevara. "A ver si corre la putita de Ana Guevara #GolpearMujeresEsFelicidad" fue uno de ellos.

Lo preocupante del asunto es que el hashtag no sólo generó polémica sino que terminó por convertirse en trending topic.

Por supuesto, muchos se pronunciaron en contra y hubo varias peticiones para que Twitter lo eliminara. Un portavoz de esta red social declaró que "para asegurar que todo el mundo se sienta seguro al expresar distintas opiniones y creencias, no toleramos comportamientos que crucen la línea del abuso, incluyendo el comportamiento que acose, intimide o use el miedo para silenciar la voz de otros".

Sin embargo, la esencia del problema sigue vigente. La descomposición en el seno de la sociedad no se elimina de un día para otro. Resulta de vital importancia que las dependencias de gobierno apoyen a las instituciones educativas para lograr una mayor concientización sobre este problema desde temprana edad, de mano con programas sociales que busquen prevenir el fenómeno porque es evidente que la política de castigar a veces y mirar a otro lado siempre, no está funcionando.


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