Lorca con o sin fusilamiento
Ahora que Lorca anima las salas de teatro de Saltillo y la pasión de su dramaturgia defiende el espacio que siempre ha de corresponderle al también poeta español, me viene a la cabeza una vieja polémica: ¿cuál sería la talla que hoy le adjudicarían a Federico de no haber sido asesinado?
Es una duda recurrente y que se mueve entre fanáticos y detractores cada vez que aparece una obra suya en las tablas o se recitan algunos versos con verdadero acento gitano. Claro que sería una posición demasiado fácil —quizás hasta cobarde— no tomar partido en esta reyerta intelectual. Y aún sin considerarme un experto lorquiano ni nada por el estilo me atrevería a afirmar que sí, en efecto, el nombre del español siempre estaría a salvo del olvido.
Un poeta en Nueva York tiene vida y valores propios, al margen del trágico fin que le tocara a su autor, así también el Romancero gitano. La limpieza de su rima, la habilidad para crear metáforas originalísimas y que no descuellan por sobre el resto del poema sino que se integra con la fluidez necesaria, son elementos indiscutibles de su trabajo.
Otro grande, Borges, comentaba que muchas veces, en el caso específico de las metáforas, no importaba tanto la imagen que nos proponía como la sonoridad de la misma. Recurría a la armonía de la música, una manifestación que no se puede “contar” pero bien que puede crear estados de ánimos en nuestra persona. Con Lorca, tanto sonoridad como contenido suelen venir de la mano.
No obstante, la salvación del granadino ni siquiera se sustenta en su poesía. Basta echar un vistazo a la enorme cantidad de obras de teatro que produjo a lo largo de su breve vida para despejar las inquietudes que pueden generarse en torno al “extra” que —también lo acepto— le aportó a su nombre una muerte trágica y, por demás, injusta.
a profundidad de sus personajes femeninos no tiene igual —y que Ibsen me disculpe—, al igual que el tino con que sacó a la luz la idiosincrasia española sin temor a hacerlo desde su propia realidad. Fue más allá del costumbrismo que el público podía esperar. Impuso un canon, un estilo.
De la península ibérica no poco heredamos. Acaso esta gallardía que a veces roza el vulgar machismo. Aprovechemos entonces la presencia de Lorca en los teatros de Saltillo y vayamos a reencontrarnos no con él, sino con nosotros mismos. |