Edgar London INICIO INICIO
 
   
...mis reflexiones
...el Top 9 de los lectores
...nuevos proyectos
... algunas noticias
...galería personal
 

Recomendados

 

 

Sólo tú, los otros (y yo)

Porque te sientes especial, o al menos distinta, para estar  más acorde  con  los términos habituales (habituales para ti,  no  lo olvides). Por esa sencilla e indiscutible razón te atreves  ahora a  correr desnuda por las calles, ante un millón de  espectadores (profesionales sin tiempo, soldados de guardia, viejas meciéndose en  portales). Porque hoy es el día según los caracoles, con  una semana  de atraso, pero eso no importa, aquella vez llovió, y  no es que a ti te intimide el agua, o ni el agua, es que hoy, además de los caracoles, tu biorritmo es el adecuado, y porque no necesitas  dar explicaciones ni nunca lo has necesitado. Ese tipo  de excusas se las dejas a la vecinita de enfrente que las utiliza  a montones. Para papá, mamá, amigos y hasta para ella misma. Tú, en cambio, tan liberal. ¿Padres? Semen, óvulo, con suerte algo  más. ¿Amigos?  Esos varían según el barrio o las deudas. De  ti  nadie tiene que ocuparse. Tú te bastas y te sobras y si eres  demasiada carga puedes dejarte a un lado, tirada en la cama. No, en la cama no, bajo la cama y en caso de ser posible y el bolsillo lo soporta  y los testigos aparecen, con una botella de ron  vacía  a  tu lado. Lista para ser fotografiada, igual a como un día soñaste (y disculpa  que  te  delate).  De  cualquier  forma  los  otros  se (des)mentirán  al  verte  con ese jeans  apretado,  sin  insinuar formas, y no porque no las tengas sino porque las ocultas con  tu caminar aspaventoso, los brazos bien hacia adelante y bien  hacia atrás,  con estilo de boxeador antes de propinar un uppercut.  Tu cabeza  calva,  casi calva, idéntica a la O'connor, pero  sin  su rostro  de ángel. Que en un final para nada lo quieres pues  toda la vida te has burlado de la belleza. Superficialidades (sin usar esa  palabra).  La cosa está ahí, aseguras  públicamente,  en  el cerebro  de  cada  cual, y nadie lo niega. El  problema  está  en definir  "cosa".  Según  los otros tú misma eres  una  cosa.  Eso cuando  no te gritan lesbiana. Y a ti tampoco te importa,  ni  lo uno, ni lo otro. Cosas somos todos, dices, y lesbiana no eres (ni eso eres). Aunque a solas disfrutas tanto o más que un hombre  de la forma de tus senos, el calor en la entrepiernas y la  opresión sobre tus dedos. A menudo es tan violento el placer que tus dedos no  te  alcanzan y deseas un buen consolador (que  este  país  de indios no te brinda) o el extintor de aquel chiste tuyo, pero  no el  pomo de colonia, no la punta de una zapatilla, no  otra  vez. Afortunadamente el sexo, para ti, ha sido siempre eso, puro sexo. Sin negar, por supuesto, que te gusta (porque te gusta). Te gusta hacerlo por rachas, como perra en celo, un mes, dos meses  seguidos,  y arriba, invariablemente arriba, sin gemidos,  sin  cerrar los  ojos,  separando las piernas por puro convenio,  tú  arriba, sentada,  acostada,  para observar a la víctima  (las  víctimas), cada gesto, desde los poros al abrirse hasta el invariable suspiro final. Sin embargo, tampoco eres puta. Las putas se  maquillan y tú odias pintorretearte. Así sueles decir: pintorretearte. Y si lo  consideras  un  detalle  demasiado  insignificante,  recuerda entonces  que  ninguna puta oculta secretos  entre  sus  piernas. Imagínate cuánto bochorno si se riega la noticia. Por eso  evitas constantemente el tema de tu primera "experiencia" (y discúlpame, si  puedes, las comillas). Ocultas ese asunto top secret  de  que fue con un dedo ¡con un dedo! ¿índice? ¿pulgar? no, no, del medio seguramente,  ¿eh?  Él se disculpó como un bendito, no  era  para menos, también estaba sorprendido, quizás, incluso, asustado. No pensó que eso ocurriría y era verdad, a pesar de que no lo  oíste y lo culpaste y lo insultaste a él y a toda su generación. Eso ya pasó,  relájate. Los otros no se han enterado aún. Puedes  seguir mirando a los hombres de frente y directo a los ojos. A  diferencia  de la vecinita tuya que apenas se arriesga a hablarle  a  su novio  y  no lo suelta. Te repugna, dices, verla con  él  mañana, tarde,  noche, y mañana y tarde y noche y... Es comprensible  que camines  tan  espigada  sabiéndote por encima  de  esa  mojigata.  Capaz  de lidiar codo con codo con el sexo fuerte.  No  obstante,  (discúlpame  por  tercera ocasión) no eres de las  duras.  Todos conocen  aquella  historia de maletas y platos rotos.  Te  jodió. Confiésalo  sin  rodeos. Te jodió. Y acto  seguido  acabaron  tus merodeos  por  la ciudad. ¿Dónde te escondiste?  ¿Bajo  la  cama? Después  de eso comenzaron los ataques de histeria y tu  capricho de  ir a un babalao. Nadie comprendió las razones.  Nunca  habías creído en eso de los caracoles y fuiste un día sin creer y saliste  de  allí sin creer igual. Pero volviste a ir, y a  ir,  y  al final crees haber creído. Eso no vale la pena discutirlo.  Alguna gente  dudó de tu cordura y alertaron a sus hijos para que no  se te acercaran. Se crearon las leyendas. Mataste a tu novio, fuiste violada por tu padre, raptaste niños, practicaste cultos  satánicos,  danzaste  a la luz de la luna llena, y todo  eso  mientras contabas  estrellas, como la vecinita de enfrente. ¿Acaso no  fue ella  la primera en llamarte loca? ¿O los niños que jugaban?  Tú, para  colmo, les seguiste la rima. No me sorprende. Te pusiste  a correr  de  una esquina a otra sin motivo aparente y  gritabas  y gritabas,  a coro con la risa de los otros. Acéptalo,  por  mucho que te duela y por grande que sea tu mala suerte, no estás  loca. Y  eso es lo más triste. Porque con las correrías  buscas  rendir por  cansancio  los aullidos dentro de tu cabeza, los que  no  te permiten dormir y te obligan escalar a la azotea por las  noches. Porque mientras corres la vergüenza se te pega a la cara como  un cáncer y entonces sí deseas, imploras, un segundo de locura.  Mas no  lo obtienes, o para ser exacto, te lo niegan, la  Naturaleza, Dios,  o  la mosca que rondaba el lugar. ¿Qué más da?  Quizás  si fueses menos inteligente no preguntaras esas cosas. Para desgracia  tuya sí eres inteligente o fuiste o volverás a ser. Por  eso te  metiste en un enredo de soluciones (y las intentaste  todas). Una  por una. Desde practicar ejercicios hasta  contar  ovejitas. Nada  sirvió.  ¡Ah!, y olvida lo de matarte. No lo  pienses  más. Para  eso se necesita cojones y tú no los tienes ni los  tendrás, por  muchos pelos que te arranques o por muy varonil que  sea  tu forma  de  caminar. Convéncete. No sirves para suicida,  en  otro caso ¿por qué no saltaste, eh? ¿Porque los del edificio de  atrás te  habrían  visto? ¿Y...? No te mientas. Bajaste  las  escaleras llorando, reprochándote tanta cobardía. ¿Ves que eres inteligente? Sin embargo, lo de las pastillas fue una estupidez.  Entiendo que  necesitaras calmantes. Uno o dos habrían  sido  suficientes. Todavía titubeo al pensar si lo hiciste o no a propósito. Diez es un número grande. En tratos con pastillas cualquier número de dos cifras es un número grande. Si la puerta no llega a estar abierta. El hospital queda bastante cerca de tu casa. ¿Tuviste  miedo? O verdaderamente fue un accidente, un descuido tuyo. No  respondas.  Medítalo con calma  cuando puedas. ¿Tuviste miedo?  Castigo sí  sé  que tuviste. Fueron esas visiones, a  juicio  de  muchos, efecto  secundario  por  la sobredosis de  calmantes  (sumado  al cansancio  perenne de tus ojos). Las visiones son  como  fantasmitas, y descrito así, no suena peligroso. Para ti, no  obstante, reconozco que son algo mucho más terrible. No porque te  asusten. No creo que te asustes de ti misma ¿o sí? Tus visiones se reducen a eso, a siluetas muy parecidas a la tuya moviéndose de un  lugar a otro. Con un cigarro y un par de chancletas, sin ropa interior, con  una  botella, sin fuerza en la mirada, sin mirada.  De  nada valieron tus intentos por ignorarlas. De nada valió luchar contra ellas  (una cortada por confundir la imagen del espejo).  Tampoco llorar. Pero eres inteligente y lo fuíste y lo serás (si sobrevives).  No  pretendo intimidarte. Saliste de abajo de  la  cama  y sentada sobre el colchón te llamaste por tu nombre. Ya era  tarde para eso, está bien, pero lo hiciste. Y aceptaste que tu biorritmo estaba por el suelo y que no saliste a correr la semana pasada (cuando  lo pedían los caracoles) porque no creías en eso.  Y  te desvestiste  para  salir a la calle, consciente de que  no  estás loca  y  sin vergüenza alguna. Y te decides a  correr  porque  te sabes distinta (distinta de ti misma) y confías en escapar de tus visiones y mueves rápido los pies aunque no buscas cansancio,  no lo  necesitas,  eres tú quien aúlla, no tu cabeza, la  cabeza  la olvidaste junto a las pastillas. Y disfrutas ese pedazo de  vida, posiblemente  el único que te ha tocado, aún sabiendo que  ya  es tarde. Que tus visiones aparecen de nuevo. Que ha surgido una, al frente,  corriendo hacia donde te encuentras. Que sigues  estando sola. Que la vida sí es condenadamente corta. Que no puedes dejar de  correr ni tampoco estar sola. Que necesitas una mano  urgente pues la visión se acerca. Y yo te entiendo de maravillas. Conozco  lo que pasa por tu cabeza y lo siento dentro de mí y  sonrío. Estás aterrada, lo sé, pero sonrío de nuevo y me burlo del tiempo, de los finales trágicos y de ti, mujer tonta, de tu expresión de  asombro  al descubrir que estás en un error,  que  el  tiempo sobra,  que no estás sola y que no hay tales visiones,  que  sólo soy yo, desnudo, corriendo hacia ti.

 
Escriba aquí sus comentarios...
Nombre:
Comentario::

 

ARRIBA