Sólo tú, los otros (y yo)
Porque te sientes especial, o al menos distinta, para estar más acorde con los términos habituales (habituales para ti, no lo olvides). Por esa sencilla e indiscutible razón te atreves ahora a correr desnuda por las calles, ante un millón de espectadores (profesionales sin tiempo, soldados de guardia, viejas meciéndose en portales). Porque hoy es el día según los caracoles, con una semana de atraso, pero eso no importa, aquella vez llovió, y no es que a ti te intimide el agua, o ni el agua, es que hoy, además de los caracoles, tu biorritmo es el adecuado, y porque no necesitas dar explicaciones ni nunca lo has necesitado. Ese tipo de excusas se las dejas a la vecinita de enfrente que las utiliza a montones. Para papá, mamá, amigos y hasta para ella misma. Tú, en cambio, tan liberal. ¿Padres? Semen, óvulo, con suerte algo más. ¿Amigos? Esos varían según el barrio o las deudas. De ti nadie tiene que ocuparse. Tú te bastas y te sobras y si eres demasiada carga puedes dejarte a un lado, tirada en la cama. No, en la cama no, bajo la cama y en caso de ser posible y el bolsillo lo soporta y los testigos aparecen, con una botella de ron vacía a tu lado. Lista para ser fotografiada, igual a como un día soñaste (y disculpa que te delate). De cualquier forma los otros se (des)mentirán al verte con ese jeans apretado, sin insinuar formas, y no porque no las tengas sino porque las ocultas con tu caminar aspaventoso, los brazos bien hacia adelante y bien hacia atrás, con estilo de boxeador antes de propinar un uppercut. Tu cabeza calva, casi calva, idéntica a la O'connor, pero sin su rostro de ángel. Que en un final para nada lo quieres pues toda la vida te has burlado de la belleza. Superficialidades (sin usar esa palabra). La cosa está ahí, aseguras públicamente, en el cerebro de cada cual, y nadie lo niega. El problema está en definir "cosa". Según los otros tú misma eres una cosa. Eso cuando no te gritan lesbiana. Y a ti tampoco te importa, ni lo uno, ni lo otro. Cosas somos todos, dices, y lesbiana no eres (ni eso eres). Aunque a solas disfrutas tanto o más que un hombre de la forma de tus senos, el calor en la entrepiernas y la opresión sobre tus dedos. A menudo es tan violento el placer que tus dedos no te alcanzan y deseas un buen consolador (que este país de indios no te brinda) o el extintor de aquel chiste tuyo, pero no el pomo de colonia, no la punta de una zapatilla, no otra vez. Afortunadamente el sexo, para ti, ha sido siempre eso, puro sexo. Sin negar, por supuesto, que te gusta (porque te gusta). Te gusta hacerlo por rachas, como perra en celo, un mes, dos meses seguidos, y arriba, invariablemente arriba, sin gemidos, sin cerrar los ojos, separando las piernas por puro convenio, tú arriba, sentada, acostada, para observar a la víctima (las víctimas), cada gesto, desde los poros al abrirse hasta el invariable suspiro final. Sin embargo, tampoco eres puta. Las putas se maquillan y tú odias pintorretearte. Así sueles decir: pintorretearte. Y si lo consideras un detalle demasiado insignificante, recuerda entonces que ninguna puta oculta secretos entre sus piernas. Imagínate cuánto bochorno si se riega la noticia. Por eso evitas constantemente el tema de tu primera "experiencia" (y discúlpame, si puedes, las comillas). Ocultas ese asunto top secret de que fue con un dedo ¡con un dedo! ¿índice? ¿pulgar? no, no, del medio seguramente, ¿eh? Él se disculpó como un bendito, no era para menos, también estaba sorprendido, quizás, incluso, asustado. No pensó que eso ocurriría y era verdad, a pesar de que no lo oíste y lo culpaste y lo insultaste a él y a toda su generación. Eso ya pasó, relájate. Los otros no se han enterado aún. Puedes seguir mirando a los hombres de frente y directo a los ojos. A diferencia de la vecinita tuya que apenas se arriesga a hablarle a su novio y no lo suelta. Te repugna, dices, verla con él mañana, tarde, noche, y mañana y tarde y noche y... Es comprensible que camines tan espigada sabiéndote por encima de esa mojigata. Capaz de lidiar codo con codo con el sexo fuerte. No obstante, (discúlpame por tercera ocasión) no eres de las duras. Todos conocen aquella historia de maletas y platos rotos. Te jodió. Confiésalo sin rodeos. Te jodió. Y acto seguido acabaron tus merodeos por la ciudad. ¿Dónde te escondiste? ¿Bajo la cama? Después de eso comenzaron los ataques de histeria y tu capricho de ir a un babalao. Nadie comprendió las razones. Nunca habías creído en eso de los caracoles y fuiste un día sin creer y saliste de allí sin creer igual. Pero volviste a ir, y a ir, y al final crees haber creído. Eso no vale la pena discutirlo. Alguna gente dudó de tu cordura y alertaron a sus hijos para que no se te acercaran. Se crearon las leyendas. Mataste a tu novio, fuiste violada por tu padre, raptaste niños, practicaste cultos satánicos, danzaste a la luz de la luna llena, y todo eso mientras contabas estrellas, como la vecinita de enfrente. ¿Acaso no fue ella la primera en llamarte loca? ¿O los niños que jugaban? Tú, para colmo, les seguiste la rima. No me sorprende. Te pusiste a correr de una esquina a otra sin motivo aparente y gritabas y gritabas, a coro con la risa de los otros. Acéptalo, por mucho que te duela y por grande que sea tu mala suerte, no estás loca. Y eso es lo más triste. Porque con las correrías buscas rendir por cansancio los aullidos dentro de tu cabeza, los que no te permiten dormir y te obligan escalar a la azotea por las noches. Porque mientras corres la vergüenza se te pega a la cara como un cáncer y entonces sí deseas, imploras, un segundo de locura. Mas no lo obtienes, o para ser exacto, te lo niegan, la Naturaleza, Dios, o la mosca que rondaba el lugar. ¿Qué más da? Quizás si fueses menos inteligente no preguntaras esas cosas. Para desgracia tuya sí eres inteligente o fuiste o volverás a ser. Por eso te metiste en un enredo de soluciones (y las intentaste todas). Una por una. Desde practicar ejercicios hasta contar ovejitas. Nada sirvió. ¡Ah!, y olvida lo de matarte. No lo pienses más. Para eso se necesita cojones y tú no los tienes ni los tendrás, por muchos pelos que te arranques o por muy varonil que sea tu forma de caminar. Convéncete. No sirves para suicida, en otro caso ¿por qué no saltaste, eh? ¿Porque los del edificio de atrás te habrían visto? ¿Y...? No te mientas. Bajaste las escaleras llorando, reprochándote tanta cobardía. ¿Ves que eres inteligente? Sin embargo, lo de las pastillas fue una estupidez. Entiendo que necesitaras calmantes. Uno o dos habrían sido suficientes. Todavía titubeo al pensar si lo hiciste o no a propósito. Diez es un número grande. En tratos con pastillas cualquier número de dos cifras es un número grande. Si la puerta no llega a estar abierta. El hospital queda bastante cerca de tu casa. ¿Tuviste miedo? O verdaderamente fue un accidente, un descuido tuyo. No respondas. Medítalo con calma cuando puedas. ¿Tuviste miedo? Castigo sí sé que tuviste. Fueron esas visiones, a juicio de muchos, efecto secundario por la sobredosis de calmantes (sumado al cansancio perenne de tus ojos). Las visiones son como fantasmitas, y descrito así, no suena peligroso. Para ti, no obstante, reconozco que son algo mucho más terrible. No porque te asusten. No creo que te asustes de ti misma ¿o sí? Tus visiones se reducen a eso, a siluetas muy parecidas a la tuya moviéndose de un lugar a otro. Con un cigarro y un par de chancletas, sin ropa interior, con una botella, sin fuerza en la mirada, sin mirada. De nada valieron tus intentos por ignorarlas. De nada valió luchar contra ellas (una cortada por confundir la imagen del espejo). Tampoco llorar. Pero eres inteligente y lo fuíste y lo serás (si sobrevives). No pretendo intimidarte. Saliste de abajo de la cama y sentada sobre el colchón te llamaste por tu nombre. Ya era tarde para eso, está bien, pero lo hiciste. Y aceptaste que tu biorritmo estaba por el suelo y que no saliste a correr la semana pasada (cuando lo pedían los caracoles) porque no creías en eso. Y te desvestiste para salir a la calle, consciente de que no estás loca y sin vergüenza alguna. Y te decides a correr porque te sabes distinta (distinta de ti misma) y confías en escapar de tus visiones y mueves rápido los pies aunque no buscas cansancio, no lo necesitas, eres tú quien aúlla, no tu cabeza, la cabeza la olvidaste junto a las pastillas. Y disfrutas ese pedazo de vida, posiblemente el único que te ha tocado, aún sabiendo que ya es tarde. Que tus visiones aparecen de nuevo. Que ha surgido una, al frente, corriendo hacia donde te encuentras. Que sigues estando sola. Que la vida sí es condenadamente corta. Que no puedes dejar de correr ni tampoco estar sola. Que necesitas una mano urgente pues la visión se acerca. Y yo te entiendo de maravillas. Conozco lo que pasa por tu cabeza y lo siento dentro de mí y sonrío. Estás aterrada, lo sé, pero sonrío de nuevo y me burlo del tiempo, de los finales trágicos y de ti, mujer tonta, de tu expresión de asombro al descubrir que estás en un error, que el tiempo sobra, que no estás sola y que no hay tales visiones, que sólo soy yo, desnudo, corriendo hacia ti. |