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22 de abril de 2010
Saltillo, Coahuila

Labor intelectual en la emancipación de América Latina

Latinoamérica
Nuestra América.
Exótica, profunda, querida e intelectual

Cuando oigo hablar de cultura, quito el seguro de mi Browning. No por socorrida la frase de Hermann Goering, creador de la Gestapo en tiempos de Hitler, ha perdido su impacto y vigencia. Aquel nazi empedernido en modo alguno hacía referencia a los cuentos infantiles de los hermanos Grimm o a las historias que se contaban en las tabernas de su Alemania natal. Al mencionar el término cultura incluía en un mismo conjunto intelectual a artistas, investigadores, periodistas, filósofos, escritores, todos ellos potenciales gestores de ideologías, lo que es decir, formadores de un núcleo de pensamiento alrededor del cual puede tener cabida y adecuado impulso un movimiento organizado, capaz de contrarrestar el pandemónium político-social que imperaba a mediados del siglo pasado en la vieja Europa o, en diacrónica homologación, hace doscientos años en nuestra joven América.

 
Un levantamiento en armas que no se sostenga sobre ideales bien cimentados no pasa de ser un laberinto de sangre y plomo, donde nadie avista el futuro y cada quien sospecha en la muerte un remedio para su frágil día a día
 

El proceso emancipatorio de los países al sur del río Bravo, presas siempre de las dictaduras —primero coloniales, después criollas—, estuvo a cada momento sustentado por la labor de intelectuales, algunos de los cuales incluso participaron directamente en campaña. No importa si se trataba de independizar la nación de la ocupación extranjera o, como en el caso de la Revolución Mexicana, liberar al pueblo de la tiranía ocupante; abogados, poetas, docentes, académicos en general, despejaron con su trabajo y ejemplo buena parte del camino a seguir. El desempeño de estos intelectuales deja en claro que el proceso de emancipación de cualquier país no se reduce al recuento de sus batallas, como general y erróneamente se acostumbra en los libros de Historia, sino que resulta obligatorio destacar la labor ideológica que sus representantes de pensamiento fueron capaces de gestar, a veces, a costa de su propia vida y porque, como bien expresara el cubano José Martí, ser culto es el único modo de ser libre.

Quienes alguna vez nos llamaron indios con actitud discriminatoria y aparente conveniencia xenofóbica, pretendían relegarnos a los estratos más bajo de la sociedad, allí, donde la sumisión colinda con la inopia. Estos individuos que para nada son prenda exclusiva del pasado, erraron no en la calificación de nuestra comunidad sino en la simplicidad con que intentaron tipificarnos. Indios fuimos e indios somos, pero indio también consideramos a “El inca”, nuestro Garsilaso de la Vega, cuya palabra, durante la época colonial del siglo XVII, reivindicó la organización de la cultura aborigen y, de camino, nuestra condición de mestizos. 

Juan Pablo Viscardo
Juan Pablo Viscardo y Guzmán.
Por la independencia americana

También de Perú, transcurrido poco más de un siglo, nos llega Juan Pablo Viscardo y Guzmán, considerado por muchos el precursor de la independencia americana, autor de “Carta a los españoles americanos”, documento exento de precedentes similares y que constituye la primera declaración y solicitud de independencia en nuestras tierras.

Podríamos citar bastantes más actores, desperdigados a lo largo y ancho de Latinoamérica. Allí están Francisco de Miranda, pensador que también se hizo presente en África y Europa; Félix Varela, sacerdote que insistió en asirnos a nuestra propia identidad; Andrés Bello, humanista de alto vuelo y miembro activo del proceso revolucionario de su país o, ¿cómo obviarlo? su discípulo mejor, el Libertador, Simón Bolívar, quien supo preservar un justo equilibrio entre las proezas militares y el calado de su pensamiento. A él pertenecen las palabras nuestras discordias tienen su origen en las dos más copiosas fuentes de calamidad pública: la ignorancia y la debilidad. Acaso, me arriesgaría a enlazar, porque la primera engendra a la segunda en el seno colectivo y hace propensa a su gente a ser manipulada bajo la fusta de explotadores de toda calaña.

La necesidad de un cambio en las directrices del gobierno de México, cuando ya se había proclamado nación soberana, también resultó iniciativa de intelectuales. Fue en San Luis Potosí donde un reducido grupo de ellos se dio a la tarea, en 1900, de reclamar los objetivos del liberalismo del siglo XIX —democracia, anticlericalismo y libre empresa— así como desenmascarar la política dictatorial del presidente Porfirio Díaz, a quien acusaban de traicionar los principios de ese mismo liberalismo puro que él había defendido al asumir el poder.

Simón Bolívar
El Libertador.
Contra la ignorancia y la debilidad

El movimiento intelectual de la Revolución Mexicana encontró fieles exponentes en los nombres del profesor Librado Rivera, del periodista Práxedis Guerrero y del abogado Antonio Díaz Soto. No debemos olvidar que el mismísimo Francisco I. Madero —hombre no sólo de armas, sino de ideas—, fue postulado candidato a la presidencia para las elecciones de 1910 por el Partido Antirreeleccionista que incluía a Filomeno Mata y José Vasconcelos, dos de los más reconocidos intelectuales mexicanos, sin importar el período histórico que se comprenda.

El primero creó El Diario del Hogar, periódico donde firmó artículos críticos contra el régimen imperante —que bien conocía por haberlo apoyado en sus inicios— y que devino tribuna abierta para respaldar al movimiento maderista, posición que le valió continuas persecuciones y hasta la cárcel. Filomeno Mata, además, serviría de guía y mentor a los hermanos Flores Magón para la fundación del diario Regeneración donde se publicaría posteriormente el Programa del Partido Liberal Mexicano.

Este documento, que vio la luz el 1 de julio de 1906, con la rúbrica de los integrantes de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano —entre los que se destacaron, junto con los hermanos Flores Magón, Antonio I. Villarreal, Juan Sarabia, Camilo Arriaga— nace como parte de una estrategia más amplia que tenía por finalidad llevar a cabo una crítica frontal al gobierno de Porfirio Díaz, empleando la fuerza si esto fuera necesario, y es considerado el único instrumento del período previo a la Revolución Mexicana que contiene clausulas socioeconómicas, además de un notable contenido social progresista.  

José Vasconcelos
José Vasconcelos.
Parte de la Revolución Mexicana

Sobre José Vasconcelos, por otra parte, nunca es demasiado hablar. Pocos hombres influyeron tan notable y acertadamente en la conformación de las bases de lo que sería México en el siglo XX, como él lo hizo. Aun cuando participó por invitación de Madero en la Revolución Mexicana su pensamiento levita en el tiempo. El propio Vasconcelos intuía el alcance de su trabajo, tal vez por eso podemos encontrar en el prólogo de El Desastre la siguiente aclaración:

Estas memorias escritas, si no me equivoco, en el tono mayor del proceso ascendente que es toda vida que no se malogra, con el presente libro alcanzan su tercer volumen. Más diestro que nosotros, el destino que nos rige, nos deja caer, luego nos levanta, pero no se acomoda a situaciones perversas, ni se serena, porque su meta está más allá, en lo incorruptible y eterno.

¿Qué habría sido de la Revolución Mexicana sin la participación directa de sus intelectuales? Quizás pudiéramos conjeturar una respuesta desde la facción insurreccionista de Emiliano Zapata, de carácter campesino, unida y coherente, pero con pocas posibilidades de triunfar debido a la limitación de sus planteamientos sociales, centrados en el problema agrario, y la incapacidad de proveer a su ejército de un recurso ideológico eficaz para extender la revolución por todo el país.

 
Ya no sólo queda velar por las sutiles estrategias de dominación que ensayan continuamente modernos imperios sino también por los residuos de caudillismo —hecho en casa— que sobreviven en nuestros lares
 

Un levantamiento en armas que no se sostenga sobre ideales bien cimentados no pasa de ser un laberinto de sangre y plomo, donde nadie avista el futuro y cada quien sospecha en la muerte un remedio para su frágil día a día. Por eso, hoy mismo, son varias las naciones que procuran validar su derrotero político y social desde aportaciones teóricas, ya sean aquellas que certificó la historia u otras nuevas recién horneadas por nuestros contemporáneos. En la actualidad, donde con sólo escuchar los vocablos “invasión” o “guerrilla”, la sociedad se levanta airada por el oprobio, las palabras que persiguen gestar un razonamiento conveniente pueden ser más peligrosas que las balas atravesando diversas carnes. El sistema de lucha del siglo XXI apunta más al cerebro que al corazón.

José Martí
José Martí.
Autor intelectual de vez en vez

Por eso en naciones como Cuba se habla de batalla de ideas y se traslada el peso ideológico de este nuevo sentido bélico-intelectual a héroes nacionales probados —José Martí, el primero— mientas otro tanto hace Venezuela y su revolución bolivariana. Carmen Bohórquez, coordinadora de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad e integrante de la Comisión para la Celebración del Bicentenario de la Independencia de Venezuela, celebra que por fin doscientos años después de la Independencia de América, tenemos al pueblo en las calles diciendo cuál es el camino.

No obstante, si bien las bases ideológicas acreditan, no siempre ameritan. Hay que ser muy cuidadosos, como lo fueron nuestros antepasados, para echar a un lado la hojarasca que acompaña a la retórica turbia y manipuladora en aras de encontrar la verdad y, de tal suerte, determinar si esta promete un futuro valedero para defenderla o, por ignominiosa, ser extirpada de raíz junto con los oradores que la encubren.

En los albores del siglo XXI, con una América Latina dos centurias más experimentada desde que se propuso sacudirse la tiranía extranjera, las hostilidades no cesan, posiblemente se acrecientan. Ya no sólo queda velar por las sutiles estrategias de dominación que ensayan continuamente modernos imperios sino también por los residuos de caudillismo —hecho en casa— que sobreviven en nuestros lares. A las selvas que algunos grupos armados todavía infectan debemos sumar los púlpitos nacionales e internacionales donde se despliegan verdaderas contiendas a favor de prácticas democráticas, preservación de derechos humanos, bienestar político, económico, social y defensa a toda costa de la justicia a escala universal.

Acaso lo más importante es recordarnos a diario que en el inacabado proceso emancipador de América Latina nosotros, intelectuales todos, mantenemos en pie el sentido de lucha y somos los encargados de cumplir con una doble tarea. Primero, avivar la memoria histórica para que el sacrificio de quienes nos precedieron no forme parte de ese habitáculo común y peligroso que es el olvido; segundo, velar por que el resultado de las contiendas de ayer se respeten en la actualidad y, en aquellas naciones que todavía siguen bajo el lastre de dictaduras seculares, no dejar de correr la pluma sobre el papel como quien pone, otra vez, el dedo en la llaga.

Muchas gracias...

 
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