Amir Valle: ciudadano del mundo

Suerte del desterrado.
Cuba, mi patria, va conmigo a todas partes
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Amir Valle, considerado por muchos el escritor cubano más polémico de la actualidad, saca sin tapujos sus ángeles y demonios para despejar, de una vez, algunas consideraciones que han convertido tanto su vida intelectual como privada en una serie de mitos y leyendas que lo acompañan por todo el mundo.
Con el exilio a cuestas, desde 2005, ha tenido que evolucionar para adaptarse a las nuevas condiciones impuestas. El frío de Alemania, sin embargo, no le ha hecho ningún mal. Desde entonces ha publicado cinco novelas, un libro de cuentos en edición bilingüe, un libro de historia sobre La Habana y ha preparado para ediciones extranjeras tres antologías del cuento cubano. Su obra actualmente se incluye como parte del programa de estudios en más de una veintena de universidades de América, Estados Unidos y Europa. Todo ello sin contar los premios literarios que reconocen su trabajo y que Amir parece atraer como el polen a las abejas.
Directo, a veces cortante, el periodista aflora tras cada pregunta. No da chance a segundas interpretaciones. Defiende su labor con la misma pasión que a su país. Quizás, diría él, por ese gozo de saber que lo que alcanzaba como persona y como profesional dependía sólo de mi talento, de mi trabajo y de mi esfuerzo, y no de retorcidas manipulaciones políticas.
Demarca con escalpelo dónde habita Fidel Castro y dónde se extiende su nación para poder comprender que la Cultura Cubana es una sola, patrimonio de todos y cada uno de nosotros, por encima de credos, filiaciones, intolerancias y extremismos. Así, no demora en acusar al ex presidente cubano de traidor a los originales valores y propósitos de la Revolución, él tiró por la borda los sueños de varias generaciones de latinoamericanos y europeos que vieron en la Revolución Cubana un ejemplo hasta que él la convirtió en el Estado totalitario y neofascista que es hoy.
Mientras tanto, Amir Valle, observa sus textos irradiando luces y sombras con el transcurrir de los años, le extiende la mano a sus muchos amigos, deja que Dios se encargue de sus enemigos y aprovecha para adoptar como ley de vida eso que antiguamente sólo leía en ciertos sitios: ser ciudadano del mundo.
Empecemos por lo básico, ¿quién es actualmente Amir Valle, fuera y dentro de Cuba?
Esa es una pregunta que debieras hacer a quienes me conocen en la isla y en estos otros espacios habitables que los cubanos llamamos “el extranjero”, con todos los matices que esa definición implica. Pero, claro, atreviéndome a mirarme un poco te podría decir que hoy soy un hombre enriquecido por experiencias de vida tremendas, de toda índole, que jamás pensé tener a mis recién cumplidos cuarenta y tres años. Y mi única verdad, o al menos la verdad que más me interesa, por lo gratificante, es que tanto allá como acá tengo mucha gente que me quiere, me sigue, busca incluso con fanatismo mi obra, se salta todas las barreras para hacerme saber que se me sigue queriendo a pesar de que hace ya tres años que vivo desterrado de mi país; pero también, acá y allá, tengo enemigos y gente que no me quiere bien. Esa verdad me reconforta, con todas las espinas y las flores que encierra, porque me demuestra que mi existencia y mi labor como escritor, periodista y ser humano va irradiando luces y sombras. A los que me quieren bien: amigos, lectores, gente simple que me apoya de muchos modos, los bendigo con mis buenos pensamientos y, en muchos casos, con la reciprocidad de acciones agradecidas que están a mi alcance. A mis enemigos, o a esos otros que no me quieren bien, los he puesto y los pongo a cada rato, en manos de mi Señor y Salvador, Jesucristo, que lucha y vence por mí todas las batallas que el ser humano me impone. ¿Para qué perder el tiempo en odios y rencores si hay tanta vida que vivir y tan poco tiempo para vivirla?
Lo aceptemos o no, es evidente que comenzar a vivir en una nación extranjera implica un cambio radical en la vida de cualquier ser humano. ¿Cuánto ha afectado a Amir Valle, hombre y escritor, no poder regresar a su país?
Sería estúpido quién niegue que irse a vivir a otro país no implica ese cambio radical al que te refieres. Pero ello no quiere decir que ese cambio radical sea para mal. El destierro, al menos a mí, me ha enriquecido. Mientras vivía en Cuba era un ser humano a medias, un intelectual a medias, un periodista a medias. Pero cuando tuve en mis manos la libertad de elegir mi camino sin que “Mamá Revolución” anduviera fisgoneando, corrigiendo y cuestionando mis pasos; cuando pude hundirme de cabeza en la multiplicidad aplastante de información que acá existe al alcance de todo el mundo; cuando descubrí que había vivido durante casi cuarenta años la vida que los políticos de mi país, tiránicamente, querían que yo viviera; cuando pude observar a Cuba, mi tierra, desde otras perspectivas que te resultan imposibles de alcanzar mientras estás viviendo en la isla; y sobre todo, cuando tuve el gozo de saber que lo que alcanzaba como persona y como profesional dependía sólo de mi talento, de mi trabajo y de mi esfuerzo, y no de retorcidas manipulaciones políticas, sentí que crecía como ser humano, como cubano y como creador.
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Fidel Castro no es Cuba y Fidel Castro no es la Revolución Cubana |
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No quiero hablar de esas mentiras políticas que descubrí en relación con Cuba, porque sería caer en tópicos que detesto. Pero sí quiero referirme a algo que, como escritor, me resultó más asqueante: las autoridades culturales cubanas, es decir, esos colegas nuestros que han puesto sus talentos al servicio de la política, se han empeñado en crear la imagen de que cuando sales de Cuba mueres como escritor, desapareces como creador, te “desarraigas”. La razón es simple: inyectar al artista cubano el miedo a la nada, algo a lo que siempre teme todo creador. Es un método de control similar a ese veneno paralizante que algunas víboras lanzan sobre sus presas sin que éstas ni siquiera lo noten hasta que no están ya engullidas. La primera piel de esa mentira se desprende con facilidad a los ojos de todos, pero muy pocos lo notan: eso que llamamos “gran literatura latinoamericana”, en su mayoría, fue escrita desde el exilio, como también fue escrita en el exilio gran parte de la mejor literatura hindú, africana o árabe. Ese mismo fenómeno sigue sucediendo hoy con la literatura de esas naciones. Pero claro, en ninguno de esos países hay un sistema totalitario que reniega de los hijos que piensan distinto y deciden hacer sus obras fuera de su tierra. En Cuba sí. Y como sabes, yo en Cuba era conocido, tenía mis libros publicados, había ganado unos cuantos premios importantes, y acá afuera, según esa “norma” de los ideólogos de la cultura cubana, encontraría un féretro. ¿La verdad?: desde que me desterraron en octubre de 2005 hasta hoy he publicado cinco novelas, un libro de cuentos en edición bilingüe, un libro de historia sobre La Habana y he preparado para ediciones extranjeras tres antologías del cuento cubano, a lo cual se suma que mi obra ha sido incluida como parte del programa de estudios en más de una veintena de universidades de América, Estados Unidos y Europa y yo he asistido ya a tres discusiones de doctorado donde se analiza mi obra, y también que desde 2007 dirijo una revista, Otrolunes – Revista Hispanoamericana de Cultura, que ahora en marzo llegará a su número doce; revista, por cierto, donde escriben y colaboran, gratuitamente, más de dos centenares de los más importantes intelectuales europeos y latinoamericanos de la actualidad. Si a eso se puede llamar muerte, debo decir que es una muerte gloriosa.
Entonces, lo que quiero precisar es esto: ojalá los escritores cubanos descubran, como lo descubrí yo, que el mundo de la literatura no tiene fronteras; ojalá salten por encima de esa mentira que nos hicieron creer y que incluso algunos intelectuales importantes repiten sin detenerse a analizar la propia historia de nuestras letras donde hay montones de ejemplos que sirven como desmentido a esa absurda manipulación de la política cultural cubana. Descubrirán que han estado presos doblemente: dentro de los límites políticos de la isla y dentro de los límites de esa otra isla política que es la mentira inyectada por la propaganda oficial cultural de que para realizarse como artista y como escritor hay que vivir y crear en Cuba.
No parece existir consenso sobre la llamada “literatura del exilio” en Cuba. Mientras algunos defienden con obras, temas y autores su existencia, otros hablan de un corpus único que, sencillamente, no respeta fronteras. ¿Qué piensas al respecto?
A eso hacía referencia en mi respuesta anterior. Antes te hablé de la primera piel de la mentira, porque la segunda piel es todavía más maquiavélica: toda la literatura que se ha escrito fuera de la isla, por cubanos que han emigrado, es literatura de segundo o tercer nivel. Eso lo hemos oído en Cuba cientos de veces. Por la amistad que tenía, mientras vivía en Cuba, con escritores que habían emigrado, siempre tuve una idea distinta y sabía que fuera se escribían excelentes obras, aunque en la isla las autoridades culturales y los estudios literarios no hablaran de esas obras. Pero cuando empecé a buscar y leer literatura para mi doctorado sobre la novela cubana, descubrí una verdad que nadie podrá negar: fuera de la isla se ha escrito tanta y tan buena literatura cubana como en la isla, y te estoy hablando de un volumen de obras cuyas temáticas y abordajes estéticos enriquecen y expanden asombrosamente la literatura cubana de todos los tiempos. Cada día está más cerca el momento en que ese muro divisorio absurdo se derrumbe, lo sé porque es fácil intuirlo cuando analizas el amplio movimiento silencioso y cómplice que está uniendo hoy a los escritores cubanos de todas las orillas que existen cuando se hablan de nuestra Cultura. Ya se verá.
Dice Amir Valle en la presentación de su sitio web “...amo mi isla con la misma rabia en que la padezco. Amo su diversidad y padezco sus cegueras. Amo a Benny Moré y a Celia Cruz, a Fernando Ortiz y Moreno Fraginals, a Lezama Lima y Eugenio Florit, a Carpentier y Cabrera Infante, a Enrique Arredondo y Guillermo Álvarez Guédez; y padezco las razones absurdas que intentan negarle lo que son: patrimonio de todos los cubanos, por encima de credos, filiaciones, intolerancias y extremismos”.
Alguien podría acusarte de adoptar una posición cómoda donde intentas quedar bien con Dios y con el diablo...
La verdad es que me importa un bledo, Edgar, que alguien pueda pensar así, aunque sería una tontería de su parte. Esa misma posición: la del respeto por el diálogo, la mantuve en Cuba y quizás a ello deba mi destierro: no canté la nota que otros colegas querían que yo cantara. Y vivo convencido de que esa es una asignatura que los intelectuales cubanos, todos, tenemos pendiente: entender que la Cultura Cubana es una sola, patrimonio de todos y cada uno de nosotros, por encima de credos, filiaciones, intolerancias y extremismos. Y en ese patrimonio nuestro, aunque a unos cuantos les pese, se incluye por igual a un revolucionario convencido como Alejo Carpentier y a un anticastrista furibundo como Guillermo Cabrera Infante. El tiempo lo dirá. La lección podría extenderse al resto del país y de los cubanos: Cuba es patrimonio de todos los cubanos y, aunque a unos cuantos les pese (y a otros les duela, con razón), en ese patrimonio nuestro se incluye ese pobre viejo que ahora mismo está vendiendo en los portales de Galiano los cigarros que le dieron por la libreta de abastecimiento, ese cubano que mira caer la nieve en algún lugar frío de este mundo a cientos de miles de kilómetros de su patria y hasta ese otro viejo llamado Fidel Castro que sigue ensuciando la historia política de nuestro país con sus dislates y chocherías.
¿Qué hay de diferente, pero sobre todo, qué hay de similar, entre tu primer libro de cuentos Tiempo en cueros —Editorial Universitaria, La Habana, Cuba, 1988— y tu última novela Largas noches con Flavia —Editorial Almuzara, Córdoba, España, 2008—?
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Saber el verdadero alcance de responsabilidad, revolución, país, nación, cubanía, me puso ante el reto de responder con mi obra la eterna pregunta del compromiso del escritor con su tiempo
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La inocencia, la ingenuidad… y el tiempo… y la responsabilidad. Desde niño supe que iba a ser escritor y mis padres se ufanaban de que yo escribía pequeñas historias y de que prefería estar leyendo a estar mataperreando por el barrio, aunque también mataperreé mucho, como me recordó un amigo de mi infancia a quien encontré acá en Alemania luego de más de treinta y cinco años sin vernos. Pero Tiempo en cueros es un libro que yo sigo queriendo porque allí escribió el muchacho ingenuo que yo era entonces y la ingenuidad, lo sabemos, está permeada de una especie de encantamiento del que muy pocos escapan. El tiempo, y especialmente la amistad y los consejos directos que recibí de los escritores Aida Bahr, Salvador Redonet y Eduardo Heras León, en materia de técnicas narrativas, me ayudó a entender que la escritura tenía mucho de orfebrería y eso provocó un crecimiento de calidad en mis historias. Luego, un día de fines de los ochenta, cuando todavía estudiaba en la Facultad de Periodismo, unos días después del enfrentamiento que tuvimos los estudiantes de periodismo con Fidel Castro, uno de esos policías que “cuidaban la integridad de los futuros propagandistas de la Revolución”, ya sabes, uno de esos a quienes llamamos “segurosos”, me citó en la secretaría de la Facultad y me preguntó si yo había pensado en la responsabilidad que como periodista y escritor tenía con la Revolución, con mi país, con mi nación. Lo curioso es que recuerdo perfectamente que no mencionó esas palabras: revolución, país, nación… dijo “Fidel”, pero me dejó claro en su discurso posterior que cuando los periodistas le fallábamos a Fidel Castro le estábamos fallando al país, a la nación. Y salí de allí haciéndome tantas preguntas, Edgar: ¿en qué consiste esa responsabilidad?, ¿por qué razón decir Fidel Castro es decir Revolución, país, nación? que mi espíritu inconforme, ése espíritu que me lanza siempre en busca de descifrar lo que no entiendo, se lanzó detrás de las respuestas y a esa búsqueda le debo haber asumido la responsabilidad como escritor, luego de hurgar y hurgar en libros el significado real de aquellas palabras: responsabilidad, Revolución, país, nación, cubanía. Y fue un gran impacto para mí descubrir que en ninguna de las muchas fórmulas donde aparecen esos términos, cabía la palabra “Fidel Castro”. Era un término forzado, una ecuación inventada por la propaganda política. De modo que saber el verdadero alcance de responsabilidad, revolución, país, nación, cubanía, me puso ante el reto de responder con mi obra la eterna pregunta del compromiso del escritor con su tiempo. Yo decidí que mi compromiso, mi responsabilidad era con mi propia conciencia como ser humano con capacidad para contar mundos a partir de la realidad que vivo. Y obviamente nada de eso pasaba por mi cabeza cuando escribí mi primer libro: Tiempo en cueros.
Cambios de horizontes, también implican cambios en las reglas de juego para un escritor. Si en Cuba debías luchar contra una burocracia cultural exacerbada, censura y escasez evidente de recursos para publicar, fuera de la isla el mercado impone a fuerza su doctrina. ¿Cómo sobrevivir a ello? ¿Se imagina alguna vez Amir Valle escribiendo, por ejemplo, de magos, vampiros y hombres lobos?
Un escritor escribe, Edgar, es así de simple. Conozco a varios escritores que jamás han tenido la suerte de que le publiquen un libro, pero ellos mismos se pagan la impresión y regalan la obra entre sus amigos, lo envían a las universidades, a las bibliotecas. Lo que les importa es escribir sin que medien las leyes del mercado. La mayoría de los escritores que conozco, casi todos nombres importantes de las actuales letras latinoamericanas, no escriben para ningún mercado: simplemente escriben, y después mueven sus obras a ver si alguien se interesa. Y debo aclarar algo: aunque haya mucha cáscara comercial con esos asuntos, también conozco muchos autores de literatura fantástica donde hay magos, vampiros, hombres lobos y otras criaturas, que son escritores en toda regla y que tienen mucho que enseñar en términos de calidad y profesionalidad a otros que se hacen llamar escritores.
Ah, y ya que lo preguntas, no me parece nada mal la idea de escribir algo con magos, vampiros y hombres lobos, me siento tentado, aunque la verdad es que no creo tener la fantasía suficiente para escribir de esos otros mundos.
Sin embargo, muchos escritores —especialmente los que radican en isla— consideran que escribir novelas críticas sobre el sistema cubano es la manera más fácil de venderse a las leyes de mercado exterior. ¿Cuánto hay de cierto en ello?
Eso es un mito que murió hace ya varios años, aunque las autoridades culturales en la isla se han encargado de que los intelectuales y escritores no se enteren de tan importante deceso. Inicialmente fue así como dices; fue una norma impuesta por las grandes editoriales y por ese camino salieron a la luz internacional unos cuantos escritores de los que hoy, por cierto, muy pocos son respetados. Pero después sucedió el proceso contrario: las editoriales estaban hartas de literatura escrita contra el sistema político cubano y ya te miraban con ojeriza: “¿un cubano?… ¡jum! seguro que viene con otra novela contra Fidel” y ni siquiera leían la obra. En estos momentos es justo eso lo que sucede: no importa que seas cubano ni que hayas escrito el gran libro contra la dictadura en la isla. Importa que tu obra valga, y salvo los casos de aquellos escritores que ya están colocados como “anticastristas” en el mercado, si te fijas bien se están publicando muchas obras con temas cubanos pero donde lo que importa es la calidad de la obra en sí: La Viajera, de Karla Suárez, Djuna y Daniel, de Ena Lucía Portela, Chiquita, de Antonio Orlando Rodríguez, por sólo citar las que ahora me vienen a la mente, son obras esenciales para las letras cubanas, han tenido excelente acogida de crítica y público, y no tienen ese sello. Nuevamente volvemos a la manipulación: justo ese es el discurso de la política cultural cubana y por ello es que muchos escritores en la isla se tragan ese anzuelo. Se les dice que los que habitamos acá afuera tenemos que escribir contra la Revolución para poder publicar y eso es una mentira más grande que nuestra isla: casi la totalidad de la literatura cubana que hoy se hace en el exilio es de asuntos cubanos, hay bien poco de crítica contra el sistema cubano en ellas y se publican y se venden por pequeñas, medianas y grandes editoriales. Te doy un dato: para mi doctorado llevo fichadas doscientas treinta y cinco novelas de escritores cubanos en el exilio publicadas en los últimos veinte años; y de ellas sólo una veintena puede considerarse literatura crítica. Pero hay algo más: casi todas esas novelas “profundamente críticas” han sido publicadas por pequeñísimas editoriales cubanas en el exilio que no han podido ni distribuirlas bien.
Por tu elevado sentido crítico contra la revolución cubana y el hecho de encontrarte ahora mismo resistiendo un exilio impuesto por el gobierno de la isla, muchos te considerarían enemigo acérrimo de Fidel Castro. Sin embargo, de cierto modo, su existencia justifica en buena medida el éxito de tus obras. ¿Cómo asumes esta aparente contradicción?
Tristemente los cubanos nos vemos obligados a cargar una cruz: cuando vas a un lugar y la gente se entera de que eres cubano vienen las preguntas: “¿Cubano de Fidel o de Miami? Es una condena innegable. Pero hasta donde tengo conocimiento, la existencia de Fidel no justifica el éxito de mis obras, al menos en el exterior. Mis obras se publicaron fuera de Cuba gracias a mi agencia literaria y a escritores latinoamericanos amigos que fueron a Cuba, descubrieron el impacto que estaban teniendo mis obras en la clandestinidad de la isla y me ayudaron a contactar editores. Luego ha venido el éxito de ventas, los premios internacionales que han ganado algunos de mis libros… Pero tú mismo ahora caes en un error típico en los cubanos: estás poniendo en el mismo plano a Fidel Castro y a Cuba. El éxito de ventas se debió a que mucho de lo que viene de Cuba se lee bastante por dos razones: por ahí dicen que los cubanos escribimos bien y porque la Revolución Cubana despierta tantos odios como pasiones. Y fíjate que hablo de Revolución Cubana, pero te recuerdo que Fidel Castro no es Cuba y Fidel Castro no es la Revolución Cubana. Él traicionó los originales valores y propósitos de la Revolución, él tiró por la borda los sueños de varias generaciones de latinoamericanos y europeos que vieron en la Revolución Cubana un ejemplo hasta que él la convirtió en el Estado totalitario y neofascista que es hoy. Los premios que he tenido, además, han sido por la calidad de las obras y no por el tema, pues sólo uno de mis libros ha obtenido un premio que pudiera entenderse como “por la cubanidad”, y lo curioso es que han sido concedidos varios de ellos por jurados integrados por escritores latinoamericanos y europeos que viajan con frecuencia a la isla y apoyan de muchos modos aquel sistema.
Claro, que en broma yo he dicho que si mis libros no se hubieran prohibido, no se hubieran censurado, yo no fuera tan famoso porque esa prohibición lanzó a la gente detrás de toda mi obra. Tú mismo fuiste testigo de que yo en Cuba era conocido sólo dentro de la intelectualidad, pero desde que se prohibieron mis libros me convertí en un mito popular y mis libros se vendían como pan recién salido del horno.
Ahora mismo, la editorial española ALMED acaba de publicar mi libro La Habana. Puerta de las Américas, que ha tenido elogios asombrosos de la crítica y muy buena respuesta por parte del público; además, dos grandes editoriales, en dos lenguas distintas, acaban de firmar contrato para publicar una novela que he escrito y que habla del único conquistador negro de las Antillas, novela histórica que sólo toca a Cuba de refilón en tres de sus capítulos. ¿Debo agradecérselo también a Fidel Castro?
Vargas Llosa lo intentó en Perú y aunque quizás no te interese ser presidente de ningún país, si hubiese una apertura en términos de democracia en Cuba, te postularías para asumir un cargo político.
No creas que no han existido políticos europeos y cubanos del exilio y de la isla que me han hecho esa propuesta, especialmente a partir del impacto de alguno de mis libros en miles y miles de lectores cubanos. Pero en esa apertura democrática, que estoy seguro no llegará hasta pasados al menos unos quince años, la única responsabilidad política que aceptaré será la de expresar mi opinión ciudadana y contribuir como escritor y periodista a sanar las heridas y afecciones que hoy pudren el cuerpo agónico de la nación cubana.
“¿Pero no sería mejor ayudar a Cuba con soluciones prácticas en lugar de cuestionamientos teóricos?”
Soy periodista, Edgar. Y creo que desde el periodismo, en una nación democrática, puedo dar muchas de esas soluciones prácticas a las que te refieres. Te recuerdo que el daño mayor que han provocado en Cuba estos más de cincuenta años de dictadura castrista está en la conciencia social, en el pensamiento social, en la pérdida del protagonismo de la sociedad civil. Y en esos tres estancos de la vida de un país los intelectuales, los escritores, los periodistas, utilizando las libertades de una sociedad democrática, tenemos mucho que hacer y que aportar.
¿Te atreverías a hacer público qué sucedió con Jineteras —entonces Habana Babilonia— y el premio Casa de las Américas? Conozco la ocurrencia de chiflidos de desaprobación en plena ceremonia y la existencia de cierto documento donde recibiste un sinfín de firmas de apoyo.
Es un asunto que no merece la pena ser recordado. Tendría que hablar de la responsabilidad culposa de algunos intelectuales importantes de la isla a quienes, a pesar de su indecente postura, respeto por la obra literaria que han escrito. Tampoco me interesa que algunas mentes oportunistas o rabiosas entiendan mis palabras como un ataque a una institución que, a pesar de estar afiliada a la Revolución, respeto por el inmenso trabajo que ha desplegado en estos años a favor de la cultura latinoamericana. Lo que importa es que mi libro Habana Babilonia salió fortalecido de ese embate y es considerado por muchos críticos y estudiosos un clásico del testimonio en la isla y Latinoamérica. Lo que importa es que ese libro haya sido elogiado por escritores tan importantes como Manuel Vázquez Montalbán, Jesús Díaz, Paco Ignacio Taibo II o, más recientemente, Elizabeth Burgos. Lo que importa es que ese libro ganó en 2007 el Premio Internacional Rodolfo Walsh que se otorga cada año al mejor libro de no ficción publicado en la lengua española. Eso me hace olvidar todas las heridas. Alguna vez, no lo dudes, contaré todos los detalles.
Sin la existencia de una Cuba revolucionaria, ¿qué temas abordaría Amir Valle en sus novelas?
Tu pregunta podría confundir a mucha gente porque, ahí están los libros, yo escribo de Cuba, no de Cuba revolucionaria. Creo que si Cuba fuera una democracia y tuviera los problemas que existen (los he visto, y muchos) en las sociedades democráticas, Amir Valle seguiría escribiendo de Cuba aunque quizás cambien las situaciones que vivirían mis personajes. Además, si aceptara que escribo sólo de esa Cuba revolucionaria, ¿en qué sitio quedaría esa otra parte de mi obra donde Cuba aparece, sí, pero donde la mirada es, digamos, bien poco o menos crítica, por ejemplo, en mis novelas eróticas, en mis novelas históricas, y para abrirme a otros géneros, en una buena parte de mis cuentos, en mis ensayos? Y para actualizar un poco más: ¿dónde pondríamos a mi próxima novela histórica Nunca dejes que te vean llorar, en la cual Cuba ni siquiera se menciona?
¿Crees que tendrás la oportunidad de alguna vez de regresar a tu patria?
Te confieso que ya no es una preocupación, como lo fue durante el primer año de mi destierro. La posibilidad de trabajar, de emprender proyectos personales sin censuras, el modo en que mis dos hijos se adaptaron a la vida en Alemania, y la enorme hospitalidad del pueblo alemán, me hicieron recordar que siempre, incluso cuando ni siquiera pensaba que viajaría fuera de la isla como escritor, quise saber qué cosa era eso que leía en ciertos sitios: ciudadano del mundo. Lo he adoptado como ley de vida. Mi sitio está allí donde mi familia y yo seamos felices y podamos desarrollar nuestros sueños y capacidades. En definitiva, Cuba, mi patria, va conmigo a todas partes y eso nadie me lo ha podido quitar.
De suceder, ¿cómo imaginas que te recibiría la gente, con vítores, abucheos o de manera indiferente?
Sé que ahí estarán los verdaderos amigos, porque a los otros, los falsos, el tiempo les habrá dado su verdadero color. Estará mi familia, que a pesar de las diferencias políticas que tenemos, ha sabido mantener el respeto por la opinión del otro. Lo más triste es que sé que veré un país más destruido, más depauperado, más pobre del que dejé atrás en 2005. Y quizás tal vez descubra que ya ese no es mi país, que mi país sólo existe en la memoria que tengo de los años duros y difíciles pero también hermosos que yo viví en esa isla antes de que me echaran al destierro. Por eso mi mente se ha adaptado a mi sueño de juventud: ser un ciudadano del mundo, ir y volver de todas partes, persiguiendo esa cosa tan etérea que es la felicidad propia y la de los míos.
Si pudieras hacerle una —y sólo una— pregunta a Fidel Castro, ¿cuál sería?
No me gustaría perder el tiempo, querido Edgar, preguntando nada al ser humano más mentiroso, más traidor y más manipulador que he conocido en mis cuarenta y tres años de vida. Creo que ya los cubanos le hemos aguantado demasiadas mentiras y, al menos yo, no tengo alma de masoquista. |