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Edgar London o la memoria como ludotecnia del tiempo

Por Rafael de Águila

Olvidar: ¿es eso un consuelo?
Thomas Mann

 
Si la teoría narratológica identifica al narratario como el ser virtual al que habla esa otra virtualidad que es el narrador, en este libro puede no seamos meros lectores, sospecho que el autor nos desea a todos narratarios, a todos se nos habla desde estas páginas
 

En 1896 el filósofo francés Henri Bergson aduce en Essai sur la relation du corps à l'esprit que los límites de la percepción se amurallan en la memoria, oficio cardinal del espíritu, sostiene Bergson, no es el de representar el mundo, sino el de inventarlo. La memoria como génesis de la utopía. Quizá eso haya pretendido Edgar London en A escondidas de la memoria1, el tercero entre los libros que ha publicado, obra donde cuerpo y espíritu se entrelazan para (re)inventarnos tiempos y (re)crearnos espacios, versionarlos, llevarnos desde la utopía que se anhela a la distopia que arruina, demuele, inunda.  Un centro tripartito rige esas páginas: amor, sexo y muerte. Centro tripartito que ha tutelado desde siempre y por siempre las historias humanas. Eros y Tanatos. Y Ella. Un Ella con mayúsculas. La mujer que es Eros, y es, a un tiempo, destierro y maceración de Tanatos. Sabemos muy bien que del Tres suele, impenitente, emanar siempre un Cuarto. La mujer corre por estas páginas y es que sin la mujer quizá no existieran los libros. Centro mitopoético, mito y poiesis, la mujer conforma un ente no vislumbrado por Galileo, un universo sexocéntrico. La X es una mujer de brazos y piernas abiertas, leemos en este libro. Extraña metamorfosis en la que una letra se transmuta en mujer. El lenguaje como ideograma de lo femenino. El libro como ideograma. Lo eterno femenino nos empuja hacia lo alto, escribiría Goethe. Siete serán aquí las historias, por todas ellas pulularán, divinas, malditas, atemporales, violadoras de la memoria que jamás podrá olvidarlas, tan sólo esconderlas, mujeres. Reales o virtuales serán, desde este libro, desde ese aquí y ese ahora que es todo libro, mujeres leídas, que es decir, mujeres vivas.

Una marcada intertextualidad infiltra y filtra algunas de estas piezas. Tras milenios de historia escritural todo libro es hoy, al decir de Gerald Genette, un hipertexto. El libro como exudación del tiempo. Del homo sapiens. Se escribe desde los libros que nos han antecedido. Todo libro se levanta desde el impacto de las personalísimas lecturas de su autor con el maderamen de las obsesiones que le animan, obsesiones que no son sino meras versiones de las obsesiones de otros, memoria genética que une a vivos, fallecidos y nonatos, maderamen de obsesiones conformadas en Edgar London desde la subjetiva recepción de letras urdidas por Margarite Duras, Borges, Cortázar, Kundera, Hemingway, Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante. A algunos se les menciona, a otros se les invoca, ahí, desde la sombra, como en una liturgia, una ascesis.

Tengo la no confirmada sospecha de que, páginas mediante, el autor intenta, si bien no como tesis sino como técnica, travesear con el Tiempo. No es la tesis del tiempo, es la hechura desde el tiempo. Desde esa travesura, esa ludotecnia, se levanta este libro. Se me antoja este un libro ludotemporal. Desde el título se nos anuncia: esconderse de la memoria, suerte de cobijo de autodefensa según el cual se perpetúa el recuerdo y se queda a salvo de sus ominosos dardos. Esconderse de la memoria: anular el tiempo. Eso soñaba Berkeley. No alcanzo a dilucidar si el rasgo lúdico alude a una mera sacadura de lengua o a un resignarse entre sus fauces. No logro visualizar, de seguro alcanzarán a hacerlo los lectores, si este afán lúdico nos coloca a lomo del tiempo o bajo sus siempre luctuosas patas. Mas trastocando el tiempo (y seguramente trastocado por él) se escribió este libro. Para tales travesuras con el tiempo se regodea el autor en la temporalización retrospectiva y prospectiva, una focalización difuminada por prolepsis que nos arrojan al futuro o analepsis que nos crean, recrean y descrean el pasado. Sobre los personajes (y sobre nosotros, sus lectores) será lanzados, en ucrónica alternancia, un pamdemonium de pasados, presentes y futuros, para devolverlos (devolvernos) a un presente que casi siempre los (nos) pierde. El autor parece lanzarse desde aquel postulado de la física einsteniana que nos lega al tiempo como cuarta dimensión del espacio. O desde los enunciados poéticos de Novalis: el tiempo es espacio interior, el espacio, tiempo exterior. En no pocas de estas historias el narrador mueve su lente desde un recodo del futuro, ángulo desde el que comenzamos a recibir, movientes y semovientes, fragmentos de hechos, escorzos de cuerpos y de espíritus, ¿representaciones o invenciones del mundo?, nadie lo sabe, en cualquier caso exudaciones de la memoria. Si la teoría narratológica identifica al narratario como el ser virtual al que habla esa otra virtualidad que es el narrador, en este libro puede no seamos meros lectores, sospecho que el autor nos desea a todos narratarios, a todos se nos habla desde estas páginas. Para el autor, de algún modo, todos estamos acá dentro.

Todo este vendaval cronotópico permite alguna vez a la primera persona, narrador homodiégetico, como suelen llamarle los teóricos, el barrunto de la omnisciencia, primera persona que, oculta durante todo el relato, se mueve (y desde su lente nos moverá a nosotros al otro lado de la página) en una multiplicidad de planos temporales espaciales que parecen hurtarle a la tercera persona, extrañamente, el privilegio de la omnisciencia. Tómese, por ejemplo, la pieza inicial de este libro, aquella de la que el conjunto de la obra toma el título, conjunto que, elemento significativo, tiene los inicios en el furtivo devaneo de una frase que alude a esa incertidumbre que es la memoria misma, remembranza que (regresando al filósofo Bergson) se ignora si representa o inventa. Debió suceder algo más o menos así: puede leerse al abrir este libro, será la primera frase de un narrador elusivo, un narrador que tan sólo al final descubrirá su rostro, la  sibilina ubicación de su lente. La serenidad de un caos de historias dentro de historias termina por conformar la Historia.

 
Si los humanos necesitan de un espacio donde criar su soledad, como sostiene uno de los personajes de este libro, tendrán los lectores en él (y por él) un espacio donde negarla
 

Libros hay en los que el lenguaje deviene personaje, el lenguaje un actante. A escondidas de la memoria exhibe esa suerte de asepsia lingüística que alguna vez  señalé al autor, asepsia fría y precisa, escalpelo de cirujano que demuda (y desnuda) la emoción, asepsia que, no obstante, se permite la reincidencia en ese otro juego, no menos atrevido que aquellos devaneos con el tiempo, el solazarse con el lenguaje, el ingenio de la frase, lo que aventuro en llamar iconografía verbal. Juego ese, que, lo sabemos bien, seduce y arrastra. No se deja arrastrar, sin embargo, el autor. Es este un libro donde el Qué se narra y el Cómo se narra, esa dúplice entidad que, permítasenos el reduccionismo, es toda obra, se mixturan, se imbrican, se entreveran, sin desbalance alguno, historia y técnica narrativa quedan acodados ahí, asomados a la página, mirándonos, regodeándose, haciéndonos guiños quizá, todo en natural armonía, sin que una empoce o deslustre a la otra, partes ambas de ese calidoscopio multánime que es un libro.  

Si los humanos necesitan de un espacio donde criar su soledad, como sostiene uno de los personajes de este libro, tendrán los lectores en él (y por él) un espacio donde negarla. Quizá negar la soledad sea el primero de los motivos que nos mueven a escribir y a leer historias. El segundo puede sea mantener vivo el recuerdo, latente, ubicuo, aunque ello ocurra, a escondidas de la memoria, sesgo de permitida autodefensa, manera esa sin duda sagaz de eternizar y negar el tiempo, premisa que supone la negación de la muerte. Una y otra vez: maceración de Tanatos.

De alguna manera, así como ha intentado burlar al tiempo, ha burlado el autor los espacios. Lo ha hecho entregándonos versiones de ambas entidades. Disímiles versiones del tiempo, desiguales versiones del espacio, heterogéneas versiones de eso que tras las brumas de un día fuimos, de lo que en el apócrifo presente quizá no somos, aquello que nadie se atrevería a asegurar que seremos. Digamos pues, Libro: he aquí tus lectores. Lectores: he aquí un libro. Libro: haz lo que un día Lázaro: resurge et ambula. Levántate y camina. Lectores: nieguen la soledad, saquen la lengua al tiempo, maceren por siempre a Tanatos, mantengan lo más sagrado a salvo, a cubierto el divertidísimo Eros, intactos los cuerpos e incólumes las almas, aquellos, los de alguna vez, queden  bien adentro, imperceptibles, sin dardos que laceren, mas sin olvidos que lastren, queden ahí, ad aeternum, a escondidas de la memoria. Representación o invención, nadie lo sabe. Que ya lo sostuvo hace más de cien años Henry Bergson, la memoria es el mejor de los demiurgos. En la memoria urdimos, amantísimas, a las mujeres que jamás nos amaron. Alabada sea la memoria. No olvidemos la tesis que sostiene la última de las oraciones de este libro: tal vez todo cuento no sea sino otro cuento con nombre de mujer. Tal vez eso sea la vida. A escondidas de la memoria.

Notas

1. A escondidas de la memoria. Edgar London. Editorial Oriente. 2008.

 
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